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 La pasión tormentosa de Liberato Moncada (1886)

Darío González C.

La edición “Honduras Literaria” de 1899 del destacado historiador y literato Dr. Rómulo E. Durón atrajo nuestra curiosidad, al perfilar el nombre de una pléyade de intelectuales hondureños que hacen gala de sus breves notas biográficas, a la vez adjuntan una selección de artículos bien estructurados, que incitan al lector a una profunda y reflexiva meditación, gracias al citado opúsculo nos enteramos que el ciudadano Liberato Moncada nació en Danlí, departamento de El Paraíso en el mes de noviembre de 1855; fueron sus padres don Benito Moncada y doña Felipa Garmendia, muy joven se trasladó a la ciudad de León Nicaragua, con el propósito de seguir allá una carrera profesional. Muchas dificultades se le presentaron para conseguir su objetivo, debidas principalmente a las pobrezas; pero no desmayó en su empeño, supo triunfar de ellas y a los 27 años, ya había alcanzado con lucimiento el título de abogado. Luego regresó a Honduras, visitó la capital donde se hizo apreciar de cuantos le conocieron y trataron y pasó a Yuscarán a hacerse cargo de la judicatura de Letras de aquella sección.

Portada “Cuentos completos de Lucila Gamero de Medina”  Carolina Alduvín (compiladora)

Portada “Cuentos completos de Lucila Gamero de Medina”
Carolina Alduvín (compiladora)

En 1855 volvió a Tegucigalpa como diputado al Congreso ordinario, por el departamento de El Paraíso. Entre otros de sus importantes labores en aquel Congreso, figura la de haber contribuido eficazmente a que se dictara el decreto de 19 de marzo de 1885, por el que se reformaron varios artículos del Código de Minería. En este trabajo contó con la cooperación de su digno amigo el Dr. don Policarpo Bonilla.

Cerradas las sesiones de la asamblea, regresó a Yuscarán, a continuar en el ejercicio de la Judicatura de Letras en aquella cabecera, se dedicaba al cultivo de las letras en los ratos que sus tareas le dejaban libre, remitía sus artículos a “La República” de la capital, que los acogían siempre con suma complacencia.

Así mismo continúa recogiendo y ordenando las obras del distinguido periodista y orador hondureño, don Álvaro Contreras, para hacer una edición completa de ellas, pero este proyecto como otros muchos que pensaban poner en ejecución, quedó sin realizarse. Él tenía un corazón delicado de esos que al decir Lord Byron, no sirven para soportar durante meses y años la pesada carga de las penas íntimas que otros saben llevar encima, hasta que la vejez los encierra en la tumba. Sobrevino para él una desgracia, que juzgó irremediable: su novia iba a casarse con otro. Esto le fue insufrible. Enfermó gravemente y a los tres días había rendido el espíritu, falleció el 14 de mayo de 1886, en la flor de sus años y cuando estaban convirtiéndose en realidad sus sueños de posición y renombre, fundados en el talento, en el estudio y la virtud.

En el campo literario publicó una serie de artículos entre los cuales se cuentan comedia y drama, escrito en 1885, y dedicado a sus profesores e inolvidables amigos abogados Constantino Ortiz y Mariano Barreto, los dos sepulcros escrito en el Paraíso en 1884 y dedicado a sus menores hermanos. La primera página dedicada al profesor José Clemente Chavarría en 1886.

Del gran tribuno Álvaro Contreras, escribía desde Yuscarán, aquel 9 de octubre de 1884, lo siguiente: Este es el hombre que ha perdido, hace hoy dos años la América Central, y sin embargo la patria sigue en su punible indiferencia, y los lienzos, y los bronces, y los mármoles no perpetúan su memoria, y Honduras ha vuelto la espalda a uno de sus grandes hombres, y los despojos venerados de Álvaro Contreras, continúan bajo una capa de tierra, distante del terruño que lo vio nacer, y con ellos sepultado también la espléndida aureola de su inmortalidad, el Dr. Adolfo Zúniga como redactor que fue de “La Paz” importante semanario de Tegucigalpa, durante la administración del Dr. Soto, anunció su muerte, pero solo como para llenar un espacio de la miscelánea de su periódico, cuando la prensa hondureña debió haberse vestido de luto, y colocar sobre aquel sepulcro coronas de mirtos y laureles; pues roto el puente que separa la vida de la eternidad, solo queda la glorificación de los espíritus superiores, que a su paso por el mundo, han esparcido regueros de luz que absorbe en su provecho la posteridad agradecida.

Cuando aparece el cuento o novela corta “Historia de un amor”, escrita por Lucila Gamero Moncada en 1894, quien por esa época ostentaba su soltería se corrió el intenso rumor que la novelista había tomado los personajes de la vida real, Liberato Moncada, se había enamorado apasionadamente de Goyita, una de las guapas hijas de don Mónico Córdova y Teresa Serra Morazán. Resulta que el noviazgo a punto de convertirse en matrimonio se disolvió cuando un apuesto norteamericano llegó a trabajar al consorcio minero, asentado en Yuscarán, según nuestras fuentes informativas. El destructor de noviazgos no se casó con su prometida, años después, Goyita contrajo nupcias con el joven Cornelio Moncada. Ignoramos si se trata del hijo del médico danlideño Cornelio Moncada y Rosinda Rastrik. Tuvo un hijo que falleció en San Pedro Sula en la flor de su juventud, como epílogo según contaban las ancianas de Danlí que vivieron por aquella época, Liberato Moncada murió de musepo o pena moral.

Cuando nos refocilamos en la lectura “Cuentos Completos” de Lucila Gamero de Medina compilados por la escritora Carolina Alduvín publicados por la editorial universitaria en el mes de agosto de 1997, en Historia de un Amor, nos encontramos con la protagonista Gabriela Cordero, quien correspondía el amor del joven Leopoldo Montero, contando a su vez con la aceptación de su padre don Marcelo Cordero. El lector podrá dilucidar que para nombrar los personajes de la vida real, casi siempre la novelista usaba seudónimos, teniendo el cuidado de valerse de sus letras iniciales tanto de sus nombres como apellidos: el joven enamorado tuvo el golpe falta cuando recibió la carta concebida en estos términos.

Caballero: Entre usted y yo, no hay nada que nos ligue; al menos así lo creo y quiero. Le devuelvo el anillo que de usted conservaba, lo mismo que sus cartas; y espero que usted se servirá enviarme todo aquello que de mi procedencia tenga.

No trate de indagar el móvil que he tenido para adoptar esta resolución, pues no estoy dispuesta a dar a usted explicaciones de ninguna clase.  Olvide para siempre los lazos que en un tiempo nos ligaron; lazos que, ya no puedo desatarlos, los rompo, adiós! Gabriela Cordero.

La narrativa finaliza haciendo hincapié en los dictados del corazón, para no dejarse llevar por los impulsos del dinero o linaje.  La verdadera felicidad estriba en la comprensión que toda pareja conyugal desea perpetuar.

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Última actualización el Sábado, 24 de Agosto de 2013 16:16