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28 diciembre, 2014 - 1:32 pm

El poeta vuelve a Nueva York

De izquierda a derecha: Emilio Aladrén y Federico García Lorca, hacia 1928. Portada de “A Poet in New York and other poems”. Primera edición de “Poeta en Nueva York en inglés, publicado por W. W. Norton & Company, Inc. En Nueva York en 1940, pasaporte de Federico García Lorca. Cuadernillo de 32 hojas impresas. Expedido en 1929.

Por: María Dolores Jiménez-Blanco

**En tres edificios de estos cabe Granada entera”, escribe el poeta en una carta a sus padres
**Lorca acusó el impacto de todo lo visto y leído allí, tal vez sin Whitman no hubiera sido posible una obra como “Los sonetos del amor obscuro”

Intensidad. Esa es la palabra que mejor define la experiencia lorquiana en Nueva York. También hay que hablar de asombro, al menos inicialmente, y luego de angustia existencial, sentido crítico, lucidez. Federico García Lorca (1898-1936) llegó a Nueva York en junio de 1929 huyendo de una profunda crisis personal y estética. Su relación con Emilio Aladrén se había roto y el romancero gitano, que le había dado un gran éxito, había traído también el amargo distanciamiento de sus antiguos amigos Dalí y Buñuel. Lorca, que nunca antes había salido al extranjero, siguió el consejo de Fernando de los Ríos y, bajo su protección, llegó a Nueva York con la intención de seguir unos cursos de inglés para principiantes en la Universidad de Columbia, al norte de Manhattan.

En uno de sus dorms se instala como estudiante de primer año, reproduciendo de algún modo el estilo de convivencia que había conocido en la residencia de estudiantes de Madrid, aunque con compañeros en los que descubre una especie de inocencia salvaje que encuentra, típicamente americana, muy diferente de la rebuscada sofisticación de los que había dejado atrás en Europa. Pronto descubre que, más que aprender el idioma, le interesa la vida de una ciudad y una civilización que le resultan ajenas, pero en algunos de cuyos aspectos se reconoce dolorosamente. Sus impresiones, registradas en su epistolario, en el manuscrito y en sus notas, son variadas, incluso dispares, como lo es la propia ciudad. Le abruman la inmensidad, la rapidez, las multitudes, la riqueza, pero también la crueldad de una ciudad en la que descubre lo excesivo, lo monstruoso de la vida moderna. Toda esa experiencia queda plasmada en la cuidadísima y conmovedora nuestra en la New York Public Library, organizada con la Fundación Federico García Lorca y Acción Cultural Española, con la que Lorca regresa a Nueva York -back tomorrow-, y a la que se añaden una serie de actos que conmemoran su presencia histórica y actual en la ciudad.

Mirando las cartas, manuscritos, dibujos y objetos de la muestra podemos entender que entre 1929 y 1930 el paseante, a menudo solitario, que es Lorca contempla el espectáculo de una ciudad desproporcionada en la que no se ve casi el sol, pero en la que lo humano le asombra más que lo arquitectónico. Todavía más que el tráfico o la altura de los rascacielos -“en tres edificios de estos”, dice a sus padres en una carta, “cabe Granada entera”-. Le impresiona multirracialidad y el desarraigo que esta conllevaba, y reacciona ante el trato recibido por la población negra, cuya cultura admira pronto en locales de Harlem. “Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío, del morisco que todos llevamos dentro”.

Como muestra en su Oda al rey de Harlem -“la ciudad negra más importante del mundo, donde lo más lúbrico tiene un acento de inocencia que lo hace perturbador y religioso”-, lo que siente es la tergiversación, la corrupción de la pureza espiritual de la cultura de los afroamericanos, que percibe en su canto roto por la constatación de ser el otro. Cuando, de vuelta a España, explicase su experiencia neoyorquina, diría que “Nueva York es el Senegal con máquinas. Los ingleses han llevado allí una civilización sin raíces”. Y diría también que quería “hacer el poema de la raza negra en Norteamérica y subrayar el dolor que tienen los negros en un mundo contrario…”. El mismo dolor que él había sentido en su experiencia vital como homosexual en la España de los años veinte. El mismo que sentían las mujeres en la Andalucía rural de la que procedía.

Lorca sintió el drama humano de la ciudad como solo un poeta podía hacerlo. Admiró el espectáculo callejero de las luces de Broadway, observó anonadado las multitudes y las atracciones infantiles de Coney Island, y vivió también el drama del crack bursátil de 1929, que se apresuró a contemplar en directo. Pero, sobre todo, fue lúcidamente consciente de las contradicciones de una ciudad que ya se había convertido en el centro del mundo, y del papel de esta en el curso de la historia contemporánea.

Poetas americanos

El poeta vuelve a Nueva York

Entrada a la exposición en Nueva York. FOTO: NEW YORK PUBLIC LIBRARY

Así, entendió que lo que empezó como una crisis bursátil neoyorquina -un episodio que presta aún mayor dramatismo a sus impresiones de la ciudad- pronto se convertiría en una crisis económica de proporciones mundiales. Y entendió también que lo que había ocurrido en la literatura americana no podía dejar de incidir en su propia obra. Mientras estaba en Nueva York, mientras vagaba por sus calles, siguió de cerca las traducciones que sus amigos hacían de la obra de algunos de los poetas americanos que le habían precedido en su deseo de comprender la ciudad y, a través de ella, la humanidad: León Felipe traducía Song to Myself de Walt Whitman, y Angel Flores hacía lo propio con Waste Land, de T.S. Eliot. También conoció en Brooklyn a Hart Crane, que estaba escribiendo su poema The Bridge. Lorca acusó el impacto de todo lo visto, leído, sentido y experimentado aquellos meses y ni su vida ni su obra fueron ya lo mismo. De forma explícita su Oda a Walt Whitman celebraría su visión del amor masculino y sus frustrados sueños para América, como explican los comisarios en la publicación que acompaña la muestra. Quizá sin Whitman tampoco hubiera sido posible una obra como Los Sonetos del Amor Oscuro. Y de una forma más implícita pero igualmente clara, la violencia y la exclusión social como elementos de la vida contemporánea están presentes en sus piezas teatrales posteriores, incluso en las aparentemente más pegadas a la vida rural española como La Casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre o Yerma. Sin embargo, su extraño y premontorio libro sobre Nueva York- a menudo relacionado con el surrealismo por la aparente irracionalidad de sus imágenes, aunque difícilmente reducible a una fórmula estética- tararía en ser publicado.

Lorca volvió a España en 1930, después de tres meses en Cuba. Solo en verano de 1936 consideró preparado el manuscrito, finalmente titulado Poeta en Nueva York. Fue entonces a entregárselo a su editor, José Bergamín. Al no encontrarlo en su despacho, dejó el manuscrito sobre su mesa con una nota anunciando: “volveré mañana”. A las pocas semanas fue fusilado en Granada. Poeta en Nueva York apareció por primera vez en el año 1940 en dos ediciones diferentes, una en castellano en México y otra bilingüe en Nueva York. Pero el manuscrito desapareció misteriosamente, y el libro no llegó a ser plenamente apreciado hasta unas décadas después, quizá cuando el ambiente contracultural proporcionó un marco más propicio.

Ahora, con los ecos de aquella crisis que Lorca presenció en Wall Street tan vivos en nuestra actualidad, esta exposición recupera aquel manuscrito y nos devuelve su mirada alucinada sobre la ciudad, la vida moderna, la literatura contemporánea y, especialmente, su capacidad de comprensión de los fenómenos humanos. Las cartas de Lorca, los documentos y objetos que acompañaron su viaja, sus fotografías de Nueva York, sus manuscritos y los de los escritores que admiraba, invitan a reconstruir una experiencia vital, literaria y cultural decisiva.

Fuente: Culturas, la vanguardia 19 de junio de 2013

Fuente: http://www.latribuna.hn/2014/12/28/el-poeta-vuelve-nueva-york/