28 diciembre, 2014 - 1:24 pm
Recuperación. La nueva edición ilustrada de “Un cuarto propio”, que publica la editorial Lumen, da pie a un comentario sobre la vigencia editorial de los libros de Virginia Woolf y su imponente nómina de traductores al español y al catalán.
Por: Robert Saladrigas
La salida hace muy pocas semanas de una hermosa edición de Un cuarto propio (Lumen) que Virginia Woolf publicó en 1929, traducida por Jorge Luis Borges, con un prólogo de Kirmen Uribe y elegantes ilustraciones de la dibujante norteamericana Becca Satadtlander, un libro que a la fuerza destaca por su gusto estético, me ha hecho pensar en que los escritores, como por otra parte le sucede al resto de la humanidad, se distribuyen en individuos tocados por la fortuna y otros que sencillamente parecen marcados por alguna maldición.
Hoy se sabe -la bibliografía es extensa- que la vida de Virginia Woolf no transcurrió plácida, estuvo asediada por su heterodoxia sexual y sus brotes de esquizofrenia que al fin, un día turbio de marzo de 1941, la empujaron a adentrarse en el río Ouse con los bolsillos repletos de piedras. Sobre este trágico desenlace y las implicaciones que tuvieron los más allegados, setenta años más tarde las nieblas no se han disipado y sigue la controversia. Lo que sí está claro es que Virginia (Stephen) Woolf, sometida a una tensión excepcional, fue infeliz.
Por el contrario, desde que debutó en 1913 con Voyage out, la creatividad de Virginia -novelas, cuentos, ensayos, diarios- gozó de una aceptación inusualmente unánime. Aquí se empezó a traducir bastante pronto: en la época anterior a la guerra, el avispado editor Josep Janés incluyó a Virginia en la colección La Rosa dels Vents. A partir de la postrera y sin colisionar con la censura franquista, nunca la gran mayoría de sus libros han estado ausentes de las librerías. Algunos de ellos han conocido numerosas ediciones en diferentes editoriales. A veces resulta más complicado de lo que se prevé seguir su rastro. El intento de pescar en librerías de lance alguna edición antigua o rara de los títulos de Virginia Woolf, puede dar pie a una aventura que junta el apasionamiento a lo Hemingway con las tinieblas conradianas.
Así que los libros de Virginia Woolf aparecen en los catálogos de las mejores editoriales, desde Alianza (Relatos completos) y Destino (Flush), a Edhasa, Valdemar y la pequeña y casi recién estrenada Capitán Swing que presenta La muerte de la polilla y otros escritos.
Y en lengua catalana, se encuentran en Ediciones 62, Proa, Angle… Para ser sincero, Virginia Woolf es como una semilla que se adapta y germina en cualquier territorio editorial; con más motivo, claro está, desde que sus obras pasaron a ser de titularidad pública.
Ahora bien, hace más de cuarenta años, en tiempos de Esther Tusquets y el profesor Antonio Vilanova, que el grueso de los textos de la Woolf, magníficamente traducidos por el novelista Andrés Bosch (1926-1984), se erigieron en vértice de Editorial Lumen. Me refiero a Las olas, Entre actos, La casa encantada, La señora Dalloway, El lector común, Momentos de vida, Escenas de Londres, Noche y día, etcétera. Y en la primera década del siglo actual se constituyó la Biblioteca Virginia Woolf, que ha llevado consigo la paulatina revisión y puesta al día de textos y diseños.
De manera que en el sentido de permanencia, la señora Woolf es afortunada. Pero lo es aún más, en mi opinión, porque dejando aparte el buen gusto y la exigencia de la labor de Andrés Bosch ha contado con ilustres traductores. Véanse algunos. Jorge Luis Borges (Orlando y Un cuarto propio), Carmen Martín Gaite (Al faro), Ramón Gil Novales (La señora Dalloway recibe). Martha Pessarrodona (Tres guinees), César August Jordana (Mrs. Dalloway; de esta obra se anuncia una nueva traducción a cargo de Dolors Udina), María Antonia Oliver (Els anys)… Nombres que constituyen un privilegio, todos ellos presos de su admiración por la obra innovadora, moderna, inmarchitable de Virginia Woolf, valiosa por sí misma en el ámbito de la literatura universal y como imagen del grupo de Bloomsbury, a su vez símbolo de la reacción de los jóvenes artistas británicos ante el agobio de los severos códigos victorianos. Por fortuna, su obra vive y -cosa inaudita- se diría que crece.
Fuente: Cultura, La Vanguardia, agosto 7, 2013
Fuente: http://www.latribuna.hn/2014/12/28/autora-con-fortuna/



