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25 enero, 2015 - 12:01 pm

Doña Julia Ortega nació en enero de 1915, y a sus 100 años se mantiene contenta al lado de 10 de sus 13 hijos, pues tres de ellos ya fallecieron.

Creció en El Piligüin, con padres estrictos, sin luz eléctrica ni transporte, en los tiempos en que no había anticonceptivos, las mujeres no tenían derecho al sufragio y el matrimonio era para toda la vida… Hoy, esta hondureña ejemplar cuenta con orgullo cómo crió a sus 13 hijos, junto a su esposo campesino.

En la aldea El Piligüin del Distrito Central hay una simpática abuelita, tan feliz como una “cipota”… Con espontáneas carcajadas a flor de boca, doña Julia Ortega cuenta a LA TRIBUNA la historia de su vida. Sin embargo, su memoria atesora mucho más que recuerdos familiares… Sus relatos espejan la historia de su comunidad, cuna de la fe católica, por haberse hallado allí a la virgencita de Suyapa, patrona de los hondureños.

Al llegar a El Piligüin, las montañas verdes cundidas de hortalizas y flores deslumbran a los visitantes. Cierta fragancia silvestre se percibe en el aire al pasar por la vereda estrecha, bordeada por cultivos de café, que conduce hasta la casa de la entrevistada.

CON PARTERA

Los nietos de doña Julia la visitan constantemente, en su casa, ubicada en la aldea El Piligüin, a unos 11 kilómetros de Tegucigalpa.

Doña Julia nació en enero de 1915. A sus 100 años es una verdadera “joya”, tanto para sus hijos, como para los pobladores de El Piligüin. “Tuve 13 hijos… ¿poquitos, verdad?”, comenta la simpática anciana, con una risotada, sentada en una cómoda silla, mientras disfruta de los tibios rayos solares, a eso de las 2:00 de la tarde, en el pórtico de su vivienda de adobe y tejados marrón.

No es de extrañar lo numeroso de su familia, pues la píldora anticonceptiva apenas se lanzó al mercado en 1960, cuando ella prácticamente ya había dado a luz a todos sus vástagos.

Cinco de sus hijos y más de 10 nietos la acompañan ese día, escuchando atentamente su conversación con LA TRIBUNA.

El día de la entrevista, parte de la familia de doña Julia posaron con ella, para LA TRIBUNA.

“A mis hijos los tuve aquí no más, con mi mamá que era partera; nunca fui al hospital y a todos les di de mamar… Ese es uno de los chiquitos, ve…”, dice la anciana, señalando a su hijo Juan Antonio, que ríe al escucharla.

Recuerda que ella terminó su educación primaria en la escuela de la aldea y que sus padres, como la mayoría de esa época, eran bien estrictos.

¿Le salían bastantes pretendientes?, se le pregunta a doña Julia, quien contesta con cierto recelo y leve sonrisa: “Unos pocos”. De inmediato, sus hijos ríen en coro, bromeando con ella.

“Bien delicados eran los papás míos. Casi no salía, pero sí fui a algunas fiestas, mi mamá me llevaba, íbamos con muchas amigas y bailábamos música de guitarras”, expresa, refiriéndose a los conjuntos de cuerdas que suelen tocar esa música típica a la que los “catrachos” le llaman “currunchunchún”.

TIEMPOS DE CARÍAS

Esta es la tarjeta de identidad de doña Julia, pero por razones que ella no supo explicar, su nombre aparece como Juana, aunque todos en la comunidad la conocen por Julia.

Como la mamá de doña Julia era la partera de la aldea, incontables fueron las veces que le tocó verla salir a prisa, a medianoche, montada a caballo, cada vez que un afligido marido le informaba que una mujer estaba a punto de parir.

“Ella se acostumbró a ese trabajo, entonces ella los acaparaba (a los bebés); la venían a llevar de muchos lugares, aquí, cerca, como ya sabían que era buena, entonces la buscaban”, relata doña Julia.

Cierto día, su madre la llevó a la zona de El Picacho, donde se habían apostado las tropas del general Tiburcio Carías Andino, en 1924, durante la revolución reivindicatoria contra el presidente Rafael López Gutiérrez. En ese entonces, Carías asumió el poder provisionalmente, entre marzo y abril de ese año; sin embargo, sería hasta 1932 que ganaría las elecciones y gobernaría a Honduras.

Doña Julia, al lado de su esposo, don Marco Zapata (QDDG), en una fotografía del álbum familiar.

“Yo estaba pequeña cuando entró el general Carías. Entraron por aquí, por El Hatillo, estaban sentados allá, por El Picacho; entonces nosotros fuimos con mi mamá a vender comida allí. Yo tenía como nueve años… El general no andaba, solo las tropas que fueron las que entraron por acá”, recuerda.

¿Cómo eran los tiempos de Carías?, ¿es cierto que se podía dormir con la puerta de la casa abierta y no pasaba nada?, se le consulta a doña Julia, quien desde sus 17 años hasta los 33 vivió el mandato del general.

“Dormía bien feliz uno y salía bien, porque nosotros nos íbamos a Tegucigalpa y no nos pasaba nada; nos íbamos caminando, salíamos a las 2:00 ó 5:00 de la mañana, y nos regresábamos a las 3:00 de la tarde, también caminando”.

LARGAS CAMINATAS

Aunque ya no hace ningún oficio en la casa, debido a su edad, doña Julia nos mostró su cocina.

¿Caminaba desde El Piligüin hasta Tegucigalpa todos los días?, se le pregunta a doña Julia con sorpresa, pues esta comunidad se ubica a 11 kilómetros de la ciudad.

“Sí, ¿y cómo hacía, si no había de otra?, por fuerza… Yo salía a vender flores y verduras a Tegucigalpa. Eso es lo que se acostumbra acá. Como aquí no había buses, me iba caminando. Me tardaba hasta tres horas para poder llegar. Me iba con mis compañeras, llevábamos en las manos lo que podíamos”.

Mientras doña Julia vendía flores en el mercado Los Dolores de Tegucigalpa; su esposo, don Marcos Zapata (QDDG), se internaba en la montaña para cultivar zanahorias, lechugas, repollos, entre otros productos.

“Siempre tuvimos nuestra huerta, sembrábamos frijoles, repollos, zanahorias, de todo. Solo íbamos a Tegucigalpa a comprar otras cosas, siempre caminando, hasta que al fin entraron los buses, no me acuerdo en qué año”.

Las familias de más de 10 hijos, las huertas en el patio de las casas, las largas caminatas, los hombres campesinos y las madres vendedoras de flores, resumen cómo era la vida en El Piligüin en esos viejos tiempos…

“Mi esposo se murió, era agricultor, ni me acuerdo qué edad tenía yo… A todos los hijos los mandamos a la escuela, el que trabajaba era el papá, pero yo seguí con la venta de flores”.

SIEMPRE HA VOTADO

Doña Julia, junto a uno de sus nietos más pequeños, Guillermo Antonio Zapata.

A doña Julia le tocó vivir en una época en que a las mujeres no se les permitía ejercer el sufragio, ya que este derecho les fue concedido a las hondureñas hasta en 1955. Es decir, pudo votar hasta que tenía más de 40 años. Aunque no recuerda con precisión en qué año votó por primera vez, lo que no olvida es que siempre le ha dado el voto al Partido Nacional.

¿Usted es nacionalista?, se le interroga a doña Julia, quien responde: “Sí, nacionalista”. ¿Y era cariísta en aquellos viejos tiempos? “Sí, era cariísta y así me quedé”, responde la abuela.

“Todo el tiempo fui a votar. Todavía hace poco que fui, en las últimas votaciones”, afirma. ¿Y por quién votó?, se le consulta. Y ella contesta con una carcajada que votó “por un tal Juan… Juan tremendo…”.

Doña Julia no sabe explicar cómo fue que llegó a sus 100 años sana, sin diabetes ni fracturas, con una lucidez prodigiosa, delgada y con una buena audición, sin más problemas de salud que la poca visión en uno de sus ojos, algunos problemas de la presión y la dificultad para caminar sola, sin su bastón.

“Soy sana por voluntad de Dios”, afirma la abuela. ¿Cuál es la clave para llegar a esta edad, con salud?, se le pregunta. “Pues a saber… Dios sabrá. A saber qué puede haber sido, ¿verdad?”, comenta.

En su juventud, doña Julia nunca se perdió la celebración del Día de la Virgen de Suyapa, en Tegucigalpa, sin embargo, a pocos días de llevarse a cabo esta tradición, el próximo 3 de febrero, la anciana lamenta que no podrá ir “porque no puedo caminar, solo con bastón, pero aquí “nomasito”.

MUJER VALIOSA

La comunidad de El Piligüin es conocida por sus cultivos de hortalizas y flores, ya que la mayoría de sus pobladores son agricultores.

Para las mujeres de hoy quizá resulta difícil percibir cuántos logros se han alcanzado en materia de derechos de la mujer. Sin embargo, al conocer la vida de hondureñas como doña Julia Ortega, quedan en evidencia los avances que a lo largo de las décadas se han dado en materia de salud, educación, participación política y trabajo.

Doña Julia Ortega es una de esas mujeres de antaño, de esas que se “partían el lomo” por sus hijos, que no les negaban la leche materna por cuestiones estéticas, que no buscaban un marido rico porque trabajaban hombro a hombro con sus esposos…

Es una de esas mujeres cuyos valores ya nadie busca imitar porque ser ejemplar no es para cualquiera, pues cuesta años de amor, trabajo, sacrificios, decoro, y sobre todo, fe en Dios.

(Por: Carolina Fuentes/Fotos: Amílcar Luque)

DATOS

¿Y usted se sabe el nombre de todos sus nietos?, le preguntó a doña Julia, hace algún tiempo, don Óscar Lanza, columnista de LA TRIBUNA, amigo de la familia y cuyos padres fueron padrinos de cinco de los hermanos Zapata Ortega.

Con una sonrisa, don Óscar recuerda que “ella me contestó: ay, yo no me sé los nombres de ellos, es que para aprendérmelos primero tengo que aprender chino, inglés y otros idiomas porque los nombres son bien raros”.

SUS HIJOS…

Juan Antonio: “Es una alegría tenerla tanto tiempo, cuando ella tenía 60 años yo estaba cipote”.

Miguel Ángel: “Me siento alegre por tener a mi madre a esta edad, es un milagro de Dios”.

José de Jesús: “Le damos gracias a Dios por la oportunidad que nos da de tenerla con nosotros”.

Salvadora: “Me siento feliz, pidiéndole a Dios que nuestra madre siga con nosotros otro año más”.

Gloria: “Es una bendición de Dios, mi madre siempre pasó riéndose, nunca se amargó”.

Carmen: “Cuando cumple años vienen como unos 150 parientes, es bonito tenerla con nosotros”.

Juan Antonio, Salvadora, María del Carmen, Miguel Ángel y José de Jesús acompañan a su madre, pues viven cerca de su vivienda.

Fuente: http://www.latribuna.hn/2015/01/25/dona-julia-ortega-feliz-como-una-chiguina-sus-100-anos/