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La trágica muerte de Manuel Nover

25 Febrero 2017

 

La trágica muerte de Manuel Nover

Por: Carlos A. Contreras

Pocos de los que lo conocimos en Guatemala sabían que Manuel Nover gozaba del favor de las musas. Pero los que sabíamos teníamos en alta estima su inspirado estro. Un día le oí recitar, con gran emotividad, su “Cristos Anónimos”, dedicado a los trabajadores en las plantaciones bananeras de la costa norte. Me impresionó su sensibilidad y la conciencia social. No sé si alguna vez publicó sus poemas; sospecho que los escribía en hojas sueltas de papel y que el viento se las llevó. Es un vacío del que debería resentirse el parnaso hondureño.

Nover había nacido en La Ceiba de madre hondureña -era enfermera- y padre catalán. Por eso el apellido un tanto exótico y su complexión rubicunda, que en la jerga chapina se traducían en “canche”.

No sé si se crió en un hogar de padre y madre, o si la madre hizo también el papel de padre porque el señor se había esfumado o muerto.
Nover solo mencionaba a su madre. No sé tampoco qué circunstancias especiales lo llevaron a Guatemala, además de la paranoia persecutoria del cariísmo. En Guatemala se adhirió a la llamada Legión del Caribe, un tigre de papel pues era la legión más diminuta y peor armada en la historia de las legiones. No 

creo que sus miembros llegaran a cuarenta y cinco; fue un mal parto de Juan Bosch, un exiliado dominicano. Con la así llamada Legión, Nover fue a Costa Rica junto con Francisco Sánchez Reyes, al que él seguía con extraña sumisión, Ramón Amaya Amador y Jorge Ribas Montes. Amaya Amador profesaba el marxismo en Guatemala, pero tuvo empacho en ir a pelear contra los comunistas de Costa Rica.

Manuel Nover, desafortunadamente, padecía de la misma dolencia crónica de Juan Ramón Molina y Marco A. Ponce, el alcoholismo. No es que fuera amargado ni resentido social, categorías aceptables a los psicólogos y sociólogos.

Para Nover la vida era placentera y digna de vivirse. Pero era un dipsómano que no podía empezar el día sin una libación.

Nover era, como dice su amigo Roberto Díaz Chávez, muy simpático, poseedor de gran encanto personal. Su popularidad entre la hermandad báquica de Guatemala era inmensa. En sus diarios encuentros era él el alma de la farra.

En una de sus bacanales cayó sin sentido enfrente de la embajada de Costa Rica. La hija del embajador, una señorita muy encopetada, llamó a los sirvientes y lo hizo entrar a la embajada. Lo cuidó personalmente y, como en las películas, acabó enamorándose de él. El embajador había caído también bajo el embrujo del carisma de Nover, y dio su aprobación al romance.

Pero desgraciadamente la novia de Nover era la “pacha” y no había hechizos de mujer que lo volvieran infiel, ni iba, en la plenitud de su juventud, a sentar cabeza.

Se había matriculado en la Facultad de Derecho, pero asistía a clases con tanta asiduidad como el cometa Halley visita la órbita terrestre. Pero eso sí, cuando tomaba un examen se preparaba bien y sus compañeros decían que sacaba las mejores calificaciones.

Vivió menos que Juan Ramón Molina y Marco A. Ponce. Su muerte fue, como dicen, sin gracia. ¿Hay muerte que tiene gracia? Un día, cuando andaba en propaganda política por el PAR -Partido Acción Revolucionaria- con Francisco Sánchez Reyes, más conocido como el “Indio” Sánchez, le di por jugar a la ruleta rusa y… perdió. Hubo quienes dudáramos esa versión; el cadáver no tenía marcas de pólvora en la sien, es bien sabido que cuando una bala se dispara a corta distancia de la piel, descubierta deja un rastro de pólvora alrededor del orificio de entrada. Es también dudoso que Nover haya sido aficionado a juegos suicidas. Pero las cosas se quedaron así porque no hubo investigación.

El PAR proporcionó el local para el velorio. La madre llorosa por la pérdida del hijo único, llegó al entierro. Alejandro Flores Morales, un exiliado hondureño, dijo unas palabras durante el sepelio, a manera de oración fúnebre.

Solo puedo añadir que Manuel Nover fue digno de mejor suerte y que a las letras hondureñas solo les quedó una promesa. Mi deseo es que Nover no quede anónimo como los Cristos que cantó.