Lea Honduras

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

DON POLICARPO, DON MANUEL Y DON TERENCIO

31 Diciembre 2016

DON POLICARPO, DON MANUEL Y DON TERENCIO

Por: Carlos E. Ayes

Policarpo Bonilla y Manuel Bonilla que, dicho sea de paso, aunque llevaban el mismo apellido no los unía ningún parentesco, fueron los jefes de la revolución del año ’94, la que derrocó al general Domingo Vásquez del gobierno. El primero figuraba como jefe político y don Manuel como jefe militar. El tercero en jerarquía era el general Terencio Sierra, conocido bajo el sobrenombre de “El Tamagás de Coray”, por su peligrosidad en la lid.

Años antes, siendo presidente de la República el general Luis Bográn (1883-1891). En la legislatura de 1884, durante se leía la Memoria de Hacienda, el Dr. Bonilla, que era diputado, mocionó para que se exigieran documentos que respaldaran los gastos efectuados. La moción fue considerada ofensiva por parte del coronel Roque J. Muñoz, director general de Rentas. Habiéndose encontrado poco después, el coronel injurió con palabras groseras y vulgares al mocionante; el Dr. Bonilla, que era hombre de carácter y de armas tomar, sacó su pistola –inseparable compañera en esos tiempos- y apuntándole al pecho le dijo: “O retira usted sus palabras o le tiro” ¿Qué habría pasado si el coronel no se retracta?

Pero como el coronel prefirió retractarse, la historia de desenvolvió como la conocemos y la revolución de don Policarpo alcanzó el éxito. El gobierno surgido como producto de aquel movimiento armado fue encabezado por los dos Bonilla, don Policarpo como presidente y don Manuel como vicepresidente. En 1896, el general Manuel Bonilla se separó del gobierno y rompió su amistad con el presidente, porque el Dr. Bonilla insistió en colocar en un alto cargo del ramo de Hacienda a un pariente suyo de comprobados malos antecedentes durante una anterior actuación pública, nombramiento al cual se oponía decidida y valientemente el general Bonilla. A partir de entonces, los que antes fueron incondicionales aliados, se convirtieron en irreconciliables enemigos. Así es la política, los intereses timonean la conducta.

A don Policarpo le siguió en el ejercicio de la presidencia el general Terencio Sierra. Durante el gobierno del presidente Sierra, el general Bonilla se apartó de la política para que Sierra gobernara tranquilo. En ese entonces era tan estrecha la amistad entre ambos, que a la madre del presidente la trataba cariñosamente de “mamá”, y entraba a la Casa Presidencial como a su propia casa. En el último año de Sierra, el general Bonilla organizó un movimiento para lanzar su propia candidatura para el siguiente período de gobierno, cosa que no le causó gracia alguna al presidente Sierra, quien ya le había agarrado gusto al poder y desde meses atrás venía rumiando la idea del continuismo.

Y aquel fue el acabose. Mientras una manifestación manuelista marchaba por las calles, en Casa de Gobierno el presidente Sierra reaccionaba:
“¡Qué país este! ¡Qué país! He tratado de traer el progreso, de empujar la civilización y vea como me pagan… el negro Manuel ahora resulta que reúne una manifestación allá por Guacerique y viene para el parque… según me informan son como dos mil… afirman pertenecer a un Partido Nacional… o progresista… de nada ha servido que le diera la Comandancia de Armas… y luego diputado… de nada que se aloje en el Palacio… que duerma en mi cama… que como en mis platos… ahora es el candidato presidencial y Miguel Dávila con él.

El ministro César Bonilla, que se hallaba a su lado, asomándose al balcón, le dice: Ya vienen, general. Cruzan el puente Mallol, llenos de banderas y estandartes, vivando a Manuel… son bastantes

Sierra nunca pensó que el susodicho había entrado al Palacio y llegaba a la sala en los precisos instantes que lanzaba sus hirientes exclamaciones.
-Pasaba por el corredor y oí que pronunciabas mi nombre, expresó el general Bonilla, aquí estoy… ¿Qué se te ofrece?
El presidente Sierra se quedó inmóvil, mudo, reflejando en su rostro la sorpresa de ver de repente al general Bonilla.

-Vamos, aquí estoy… insistió Bonilla ¿Qué te ocurre, qué murmurabas? ¿Qué quieres con Manuel Bonilla?
Un rictus de cólera recorrió la cara de Sierra.

-¿Qué quiero? ¡Traidor, canalla, hijo de puta… te voy a escupir la cara y a patearte como a un perro! La facies del presidente había tomado un color rojizo-ceniciento, la ira se desbordaba y le hacía temblar su cuerpo.

Antes que nadie pudiera intervenir, retrocedió un paso y en un segundo desenvainó su célebre machete corvo, con el que había golpeado a infinidad de personas. Pero, al volverse con el brazo en alto, el general Bonilla en un salto felino, le puso su revólver en el pecho, diciendo:

-¡No, loco malcriado! ¡Si te mueves te parto el corazón! ¡El hipócrita, el canalla, el cobarde, el traidor, el hijo de puta, eres tú, estás acostumbrado a humillar infelices, cumple tus estúpidas amenazas y te mueres… patéame, escúpeme la cara!

Sierra lo miraba con los ojos desorbitados. Echaba espuma por la boca. Lentamente fue bajando el corvo. Doña Carmen, su esposa, que a los gritos acudió presurosa, lo arrastró al cuarto vecino.

Con el tremendo barullo aparecieron varios oficiales espada en mano. El general Bonilla pasó entre ellos, con el revólver en la diestra y la cabeza erguida.

Don Constantino Fiallos y don Daniel Fortín, que presenciaron los hechos, lívidos de angustia, temblaban de pies a cabeza y no podían articular palabra. Don César Bonilla, sereno, con la expresión firme y el puro copaneco en la mano, dijo:

-Esto tenía que pasarle alguna vez al general Sierra. Manuel es un hombre temerario. Lo conozco bien… no se amilana ante nada.”

En 1903 el general Bonilla se convirtió en el presidente constitucional, pero su examigo, don Policarpo, ganó la presidencia del Congreso. Desde el Poder Legislativo, el Dr. Bonilla se convirtió en intransigente opositor y en el mayor dolor de cabeza del gobierno, impidiendo su normal desenvolvimiento y entorpeciendo la labor del Ejecutivo, usando toda clase de estratagemas, hasta la de impedir o retrasar la aprobación del presupuesto.

En 1904, el presidente Bonilla, con su módica paciencia democrática agotada, decidió clausurar el Congreso. Durante el asalto al Palacio Legislativo por la fuerza pública, don Policarpo recibió un terciazo que le propinó el jefe de la tropa, general Lee Chrismas, quedando con el rostro bañado en sangre.

Tres años más tarde, el general Bonilla fue derrocado por una revolución organizada por su examigo, el Dr. Bonilla, con ayuda del gobierno de Nicaragua. La nueva administración la presidió el Dr. Miguel R. Dávila, quien había sido el vicepresidente del general Bonilla.

Instalado el nuevo gobierno, don Policarpo le pasó un recibo por la suma de 200,000 pesos, por haber contribuido con esa cantidad al triunfo de la revolución.

“El presidente Dávila, paseándose agitado, conociendo lo exiguo en que se hallaban las arcas nacionales, le decía a su secretario privado:
-Amigo, ah… 200,000 pesos… que suma tan enorme, amigo, ah… la revolución no ha gastado ni 100,000 amigo, ah… ah… ah…

-No se agite general, le contestó el secretario privado. Recuerde el terciazo de Chrismas, y convenga en que 200,000 le sale barato al país. Pudo haberle cobrado el doble.

-No diga eso, amigo, ah…”

Cuatro años más tarde, en 1911, el general Bonilla le devolvía la moneda al presidente Dávila, cuando en aquel año, con ayuda transnacional, invadió el país dispuesto a recuperar el poder. Después de los arreglos suscritos por las partes en el buque de guerra norteamericano “Tacoma”, bajo el arbitrio del comisionado del gobierno estadounidense, surgió el gobierno provisional del Dr. Bertrand, el que aquel mismo año convocó a elecciones en las que triunfó el general Bonilla. El nuevo gobierno del general Bonilla se instaló en febrero de 1912, pero tendría una duración efímera de apenas un año, ya que fue sorprendido por la muerte el 21 de marzo de 1913, cuando contaba con 63 años de edad.

El general Sierra murió el 1907, a la edad de 67 años, en Diriomo, Nicaragua, donde se hallaba exiliado; por su parte, el Dr. Bonilla encontró la muerte a los 68 años de edad, en la ciudad de Nueva Orleans, donde había trasladado su residencia después de permanecer exiliado en El Salvador.

A pesar de que los tres líderes participaron en cruentas revoluciones, tuvieron una larga existencia, sobrepasando el promedio de vida de su tiempo: 60 años. Es que en nuestras conflagraciones políticas, los generales se llevan laureles y jugosas recompensas, los políticos ganan el poder y los soldados… coronas y exequias.