Lea Honduras

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

Clementina Hernández, la esposa de Próspero Reyes

13 Agosto 2016

 

Por: Juan Ramón Martínez.

Evelio Reyes, me llamó por teléfono para invitarnos – a Nora y a mí – para que pasáramos junto a su esposa Daysi – un fin de semana (19-22 de marzo del 2009) en La Unión, Lempira, de donde es originario. El viaje fue bastante largo. Recortamos la ruta por Santa Bárbara. Llegamos a la Unión, Lempira, a establecernos en una bella casa de campo, rodeada de floridos cafetales, bellos jardines trabajados con dedicación y amor y un establo moderno, dedicado al manejo de ganado vacuno, relativamente abandonado. La cena fue exquisita, preparada por cocineras de la región, bajo la dirección de Daysi de Reyes y de Teresa Rodríguez, una de las asistentes de Evelio Reyes en la Escuela Vida Abundante de Tegucigalpa. La conversación excelente, especialmente porque 

Reyes es un hombre de gran cultura (quise sorprenderlo citando “El Hombre Doliente” de Víctor Frankl, sin éxito porque lo había leído ya, posiblemente esperando mis “embestidas” teóricas) con formación universitaria, profundidad teológica y con mucha experiencia docente en la universidad y en secundaria.

Clementina-de-ReyesEn la noche nos alojaron en la casa de huéspedes; originalmente la bodega en donde guardaban los alimentos concentrados para atender las necesidades del hato ganadero. Al caer la tarde, la temperatura bajó y en la noche hizo mucho frío. Descubrí que estábamos el tercer lugar de mayor altura del país. En horas de la noche, pudimos ver en la hondonada del pequeño valle, luces ordenadas compitiendo con la neblina. Era de la cabecera del municipio de la Unión. Mientras tanto, en la casa de huéspedes el frío era intenso. Inaguantable. Los calambres no tardaron en aparecer. Primero Nora y después quien escribe. Además, el baño, quedaba fuera de la habitación. Lo que era un martirio o un deliberado castigo para probar nuestras fuerzas.

En la mañana, salude a un sobrino de Evelio, encargado de las fincas de café, de las casas y del bello jardín. Desayunamos ricos manjares, preparados con delicadeza. Reyes no solo es culto, sino que además siempre anda bien vestido, y goza y comparte, con una deliciosa conversación, la buena mesa. Los manjares estuvieron a la altura del mejor gusto. La conversación fue muy interesante y variada. Cuando salíamos a La Unión, Evelio Reyes me mostró el lugar en donde había aterrizado el helicóptero en que llegó Manuel Zelaya, el breve presidente del retorno al Estado de Derecho. Vi por segundos el lugar. Pensé que allí habían gastado parte de nuestros impuestos.

Sin prevenirnos, Evelio Reyes detuvo su vehículo en una casa ubicada en el interior de La Unión. Me dio la impresión que era de adobe, con el diseño las casas de Honduras: techo de teja, alero exterior, acera alta, varias puertas, y esta, con un portón de dos “hojas”, por donde deben entrar las carretas y camiones, y adentro, el infaltable patio de cemento, sobre el cual se secan al sol, los granos de café. Aquí la actividad principal es la caficultura. La casa estaba pintada de un amarillo suave y las puertas de color caoba. Al entrar, amplios espacios, sillas de madera muy confortables, piso brillante, todo limpio y ordenada. Muchos recuerdos del patriarca de la familia, — sus últimos zapatos de trabajo, su sombrero habitual y las espuelas — de don Próspero Reyes sobre una repisa, honrando su memoria. Y al lado, sentada, doña Clementina Hernández viuda de Reyes. Y en la pared una foto de su fallecido esposo, en la que no hay arrogancia, simplemente la sencillez de alguien que sabe que todo se lo debe a Dios. Ella, se puso de pie para saludarnos, con una tímida, pero segura sonrisa. Ya era una mujer de edad. Debió tener entonces unos 80 años. Pero lucía menos. Con mirada inteligente, cariño en los ojos y tono cordial, nos extendió la mano y nos hizo sentar a su alrededor. En su cara y en su cuerpo delgado y proporcionado, pudo descubrir las señales de una mujer bella, que con razón había, impresionado a Pedro Reyes, de 18 años, con el cual se había casado en enero de 1944. Viste un traje de una sola pieza, de color beige. Luce maquillada, las cejas pintadas y los labios rojos. El cabello bien peinado, amarrado en la parte de atrás. Es tan negro que no dudo que se lo pinta. Nada falta en su atuendo; ni mucho menos en su rostro donde las arrugas no han podido instalarse. Cuando le pregunto por don Próspero, cuya presencia es central, doña Clementina, con los ojos iluminados dice: “Nos casamos el 14 el enero de 1944, los dos éramos muy jóvenes, el tenía 18 años y yo 17. Éramos pobres y católicos. Nos dedicamos al comercio de lácteos, viajando hacia El Salvador, donde los precios eran muy buenos. Al tiempo vinieron los hijos y Próspero siguió viajando sin descanso, haciendo negocios y buscando como mejorar los ingresos familiares. Tuvimos cuatro hijos: Miguel (actual alcalde municipal de la Unión); José Bernardo, Evelio (presidente y director de Vida Abundante, predicador exitoso y educador de muchos méritos, doctor en odontología) y Asterio (presidente de la Asociación de Productores de Café de Honduras) y Juanita, “que es nuestra hija de crianza, hija de un hermano de Próspero, cuya madre murió en el parto. De modo que es tan hija como todos y la que me acompaña, concluye”. A su lado, esta Juanita, tímida, rostro suave y tranquilo, bella sin aspavientos, en quien sin embargo se remira doña Clementina. “Próspero tuvo conocimiento, prosigue, del valor del café. Debió haber visto las fincas en El Salvador; aprendió mucho sobre variedades, cultivos, procedimientos de secado y comercialización del café. Poco a poco fue comprando tierras, que entonces eran muy baratos, y plantándolas de café. Al final, dejó los lácteos, para dedicarse al café. Para entonces, ya podíamos educar a nuestros hijos. A Evelio lo mandamos al Instituto de Gracias. Vivía en la casa cural, con el padre Eusebio Alvarado, amigo de Próspero y párroco de aquella ciudad”. Allí conocí la Biblia interviene Evelio Reyes, que se ha mantenido respetuosamente oyendo a su madre, con indisimulable admiración por su progenitora. “Poco a poco me fui adentrando en su conocimiento, hasta que descubrí a Cristo y hasta ahora”, me dice con una espontánea sonrisa y su acento particular. “Próspero y yo, dice doña Clementina, conocimos al señor en 1973. Fue un renacer en nuestras vidas”, dice mientras percibo en su rostro sereno, el brillo de una santidad perceptible y natural. “Pero no nos encerramos entre las cuatro paredes; nos dedicamos a compartir lo que Dios nos había dado, con nuestros vecinos, colaborar con el mejoramiento de la comunidad y a educar a nuestros hijos para que cada uno de ellos fuera un ejemplo”. “Embajador de las buenas nuevas” agrega Evelio con una sonrisa, mientras me ve, en una complicidad creada alrededor de comunes lecturas y rápidas discusiones sobre el papel de los cristianos en la forja del reino de Dios aquí, en esta tierra.

CLEMENTINA

“Próspero murió el 14 de febrero de 1998, dice doña Clementina. Me dejó un gran vacío. Solo la confianza segura que estaba al lado del señor me dio fuerza para soportar su ausencia y continuar dirigiendo, con ayuda de Juanita, la casa y sus trabajos. Mis hijos fueron de mucha ayuda. El sigue como usted ve, — vuelve los ojos a la fotografía de su fallecido esposo que cuelga en la pared – presidiendo y dirigiendo desde el cielo a su familia. Yo soy el punto de unión; pero todos mis hijos han sido fundamentales, para que todo siguiera normal. Tres de los que se han quedado aquí y los que están fuera, se han mantenido unidos, ayudándome y dándome calor”. Se calla. Veo un lejano brillo en sus ojos, como si las lágrimas quisieran bajar sobre sus pupilas. Creo que ha llegado la hora de irnos. Me pongo de pie. Ella hace lo mismo. Le estrecho la mano y le digo lo que ha significado su conversación. Evelio inicia la salida, para llevarnos a ver los proyectos que tiene Vida Abundante en el lugar: una radio, un centro de capacitación, cooperativas y ventas de medicinas, obras de saneamiento ambiental, todo sobre una ejemplar organización humana.

No he regresado a la Unión, Lempira. El 17 de marzo de este año, murió, serena y pacífica doña Clementina, dejando un rastro de santidad y una vida ejemplar que se repite generosamente en cada uno de sus hijos y nietos. Al saber la noticia y después de llamar a Evelio – el único de sus hijos del cual tengo relación – expresándole mis condolencias, me di cuenta que Dios me había dado la oportunidad de conocer a una mujer ejemplar, del mismo temple de doña “Mencha” y muchas más, formadora de hijos y nietos, que le diera a la sociedad, para que fueran ejemplo y prueba que, desde las familias es donde se forjan los ciudadanos que harán una Honduras mejor. Que es allí, donde comienza todo.

El Dr. Evelio Reyes Hernández con su familia en La Unión, Lempira, Asterio su hermano menor, su padre Próspero, su madre Clementina, su hermana menor Juanita y su hermano mayor Miguel.

El Dr. Evelio Reyes Hernández con su familia en La Unión, Lempira, Asterio su hermano menor, su padre Próspero, su madre Clementina, su hermana menor Juanita y su hermano mayor Miguel.

Tegucigalpa, agosto 6 del 2016