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Los líderes, durante la guerra de 1969: enseñanzas y verguenzas

23 Julio 2016

Los líderes, durante la guerra de 1969: enseñanzas y verguenzas

Por: Juan Ramón Martínez

La guerra no es, simplemente, el ejercicio de la violencia irracional; ni el visible escenario de los valientes que no valoran la vida, sino que “no es más que la política del Estado proseguida por otros medios” (C. von Clausewitz, De La Guerra, Ediciones Obelisco, mayo 2015, página 15). Y en donde, los estados, los políticos y los guerreros, muestran sus virtudes y debilidades. De manera que el análisis de la guerra librada entre Honduras y el Salvador, debe ser efectuado como una acción de dos estados que se confrontan políticamente, llevando a tal nivel sus diferencias, tanto por las circunstancias, grado de organización de sus fuerzas militares, como por las limitaciones políticas de sus líderes, al campo de las armas. Y teniendo presente para valorar los resultados, no las falsas victorias, las quejas y los lamentos –que pueden ser usados como justificadoras de las acciones militares, en una dirección como en la otra– sino que la claridad de los objetivos estatales, el grado de organización por cada uno de los estados beligerantes y, fundamentalmente, por la capacidad de sus conductores para mostrar en el campo de batalla, su talento y sus habilidades para imponerse sobre el adversario y lograr la victoria.

Desde luego, hay que evitar que los resultados de la guerra, centrados en la ocupación de territorios del adversario, tal como lo reconoce el autor citado líneas atrás, nos lleve a creer que ello constituye el éxito de la campaña, sino que por el contrario, “la victoria consiste en la destrucción de las fuerzas enemigas, físicas y morales, lo cual solo se consigue, la mayor parte de las veces en la persecución que sigue la batalla ganada”; porque el éxito es siempre mayor donde se ha conseguido la victoria”. (Clausewitz, obra citada, página 15). Cosa que en 1969 no ocurrió porque las Fuerzas Armadas de Honduras no fueron en ningún momento, destruidas por la Fuerza Armada de El Salvador. En otras palabras, El Salvador no derrotó a Honduras en 1969.

Dicho lo anterior, conviene ahora hacer, en primer lugar una evaluación del liderazgo salvadoreño y hondureño, desde el plano de lo político especialmente para ser consecuente con la expresión que “la guerra es la política por otros medios”. Par al final, vista sucintamente la operación militar en que los dos países involucraron la casi totalidad de las fuerzas y recursos que disponían, apreciar y juzgar los resultados. No para identificar ganadores o perdedores –porque la guerra no es un partido de fútbol, de los que no pueden terminar empatados– sino que para visualizar los grados de organización de las fuerzas empleadas, las visiones estratégicas manejadas, los objetivos propuestos y los resultados conseguidos por cada uno de los países. Con el ánimo de aprender la lección y moviéndonos en el principio que la guerra es una ciencia –y la que libraron El Salvador y Honduras en 1969 lo fue en todos los órdenes– con principios y normas de obligado cumplimiento. Para desde este aprendizaje, evitar que los desacuerdos políticos terminen en la guerra.

Tanto Osvaldo López Arellano, como Fidel Sánchez Hernández eran dos políticos, formados en la misma escuela de la adhesión partidaria, que adicionalmente, contaban con una formación militar bastante similar. El de Honduras era, más político tradicional, autónomo e independiente que manejaba a través de Ricardo Zúniga al Partido Nacional –que operaba como una Celestina- y a las Fuerzas Armadas, como un solo partido político exclusivamente suyo. Vertical y subordinado con comandantes militares que eran más que eso, correligionarios a su servicio. Era un caudillo en el uso completo del término. El de El Salvador ocupaba la posición política presidencial, mas como derivación de un ascenso normal, de una asignación reglamentaria en que, aunque el PCN era la expresión pública publicitaria, el partido en el fondo era la Fuerza Armada Salvadoreña. En términos militares, consecuentemente, Fidel Sánchez Hernández era menos político, más hombre de armas, en tanto que López Arellano era un político que entre la protección de sus intereses políticos y los intereses nacionales, uso las Fuerzas Armadas hondureñas como un medio para cimentar su poder. Pudiéndose decir que durante la campaña militar, Fidel Sánchez Hernández es más comandante de campo que Osvaldo López Arellano. Mientras Sánchez Hernández visita el frente, arenga sus tropas en “territorio conquistado”, en un espacio que tácticamente había cedido en parte por el alto mando militar hondureño, como un medio para facilitar los movimientos de las misiones de la OEA que iban y venían de Tegucigalpa a San Salvador y viceversa. López Arellano no visita al frente, no anima a sus tropas. (El slogan “no pasaran” fue más que defensivo, derrotista) Ni durante la cien horas; ni en ningún momento, inmediatamente después. El corredor de El Amatillo, en el eje de la carretera Panamericana, que aprovechó Sánchez Hernández, para tomar el cerro del Ojuste, se lo facilita López Arellano en la medida en que, ningún momento, usó su Fuerza Aérea, con todo el poder operativo intacto, para atacar los cerros ubicados tras El Amatillo, en donde una batería de artillería cubría al territorio conquistado por los salvadoreños y que había obligado a las tropas hondureñas a establecer dentro del territorio nacional sus líneas de defensa. López Arellano jamás salió de las bóvedas del Banco Central, temeroso y vacilante, incluso cuando la Fuerza Aérea Salvadoreña había sido batida por la Fuerza Aérea Hondureña y reducido su poder de fuego. Encontramos aquí una pequeña diferencia –que por su tamaño no podemos descartar– que hace que López Arellano, político congelado, no tuviera objetivos estratégicos militares. Lo único que buscó fue evitar que el conflicto armado le quitara el poder personal de las manos, vía un golpe de Estado que consideraba corresponder en caso de una derrota militar. Es decir, no pasó de político matrero, que antepuso lo personal a lo institucional. Mientras que, para Sánchez Hernández, el triunfo militar –que no alcanzó- significaba su consolidación política, en una Fuerza Armada que hasta entonces, no se había distinguido por la lealtad hacia sus superiores. Y mucho menos para los perdedores.

En términos de objetivos estratégicos, la guerra de 1969 fue una acción política fundamentalmente, en que Honduras al negarse a aceptar ser la válvula de escape de la presión poblacional de El Salvador, expulsando a la población de este país, maltratándole en algunos momentos, al expropiarle en forma indebida de las tierras que habían ocupado pacíficamente durante varias décadas, escogió el camino de la provocación de El Salvador. Al no querer cooperar como se había venido haciendo desde en tiempos de Villeda Morales, Honduras y El Salvador empezaron a desarrollar políticas mutuamente inamistosas. Por ello es que, en tanto que el objetivo estratégico de El Salvador, fue responder a la provocación hondureña, evitando que sus soldados al volverse inactivos e indiferentes, erosionaba su postura frente a una población que ya empezaba a considerarlos inútiles e ilegítimos. Lavar el honor ofendido por los hondureños –a los que se les menospreciaba en forma casi total, tanto como muy malos y poco productivos trabajadores en tierras inexplotadas y como combatientes, (aunque pasaron sus historiadores de puntillas sobre la derrota que los hondureños les propinaron en 1871 en que depusieron incluso a su gobierno, imponiendo a Gonzales y estableciendo la unidad entre los dos países –y que además, se les consideraba a los hondureños militarmente inferior, visto el escaso desarrollo de sus Fuerzas Armadas que estaban dirigidas más que por oficiales, por políticos de pistola (excepción los oficiales de la Fuerza Aérea) , cuyo mérito principal era la adhesión a López Arellano. Mientras tanto el Salvador había consolidado y reorganizado su Fuerzas Armadas entrenando sus mandos, consolidando su estado mayor y su Ministerio de Defensa. Honduras en cambio tenía un líder que no acepta a su Estados Mayor con el cual solo se comunica y escucha unos pocos días antes de la guerra. Un par de reflexiones más: frente a la obvia superioridad militar de El Salvador, que hace que sus oficiales estén convencidos, sin duda alguna que tienen capacidad en tres días de derrotar a las débiles fuerzas armadas hondureñas, López Arellano y sus compadres, confían que los salvadoreños, por temor a la OEA y al riesgo de la imposición del Pacto de Río de Janeiro, no se atreverán a efectuar una invasión militar en contra de Honduras. López Arellano en vez de confiar en la fuerza de su capacidad defensiva, se entrega a la OEA, casi absolutamente, mientras sigue sin controlar las provocaciones que se hacen contra los salvadoreños en Honduras. Por lo que varias semanas antes de la guerra, El Salvador estaba preparado para la misma, con todo su dispositivo en movimiento, mientras Honduras seguía jugando a probar que la OEA podía controlar a un vecino disgustado, en caso que las provocaciones hondureñas continuaban, era lógico que le hicieran perder la paciencia. Aquí, entonces, encontramos la primera falla del liderazgo político hondureño encabezado por López Arellano y Ricardo Zúniga Agustinus: la falta de previsión de un ataque militar por parte de El Salvador, la desordenada preparación y disposición de fuerzas y la improvisación en la escogencias de los mandos para cada uno de los probables teatros en que derivaría el conflicto, en el peor de los escenarios: un ataque relativamente sorpresivo –para un López Arellano tan distraído y poco vinculado con su Estado Mayor, con el cual compartía muy poca información sobre el tamaño de las fuerzas salvadoreñas, el dispositivo puesto en marcha por el enemigo y los planes de ataque, que los miembros del estado mayor hondureño, anticipaban bastante bien. Además López Arellano, confiando en la lealtad de sus oficiales políticos, no le presto suficiente atención a la preparación del dispositivo defensivo. Lo dicho anterior es tan cierto que López Arellano, nunca creyó que los salvadoreños invadirían Honduras, sino hasta dos días antes, es decir el 12 de julio de 1969, en horas de la tarde, cuando el presidente Somoza de Nicaragua le llamó telefónicamente para decirle que la guerra era inminente. Y que se preparara. En una primera conclusión, López Arellano era muy mal político, porque no estimo la posibilidad de la guerra, confiando demasiado en la fuerza disuasiva de la OEA, el poder de los Estados Unidos por encima de los dos gobiernos; y por pasar por alto que la guerra, entre los dos países, en tanto que la política por otros medios, era no solo inevitable, sino que natural derivación del grado de provocación que Honduras había provocado contra los salvadoreños y el disgusto de estos, con su fuerza armada que, su pueblo veía como inútiles gallinas cluecas, que algunos aireados, les tiraban al paso de algunos orgullosos oficiales que mascaban en contra de su voluntad, el freno de la impaciencia. Y sentían vergüenza. Porque no le respondían a los hondureños.

Aquí encontramos la primera incoherencia del liderazgo hondureño. Aunque provoca en forma deliberada al gobierno y a la Fuerza Armada salvadoreña, no se prepara militarmente para repeler el ataque como corresponde. Es decir que el liderazgo nacional, paso por alto la reglas de la guerra y no pudo prepararse, como era debido para el ataque que inevitablemente inició El Salvador. Ni siquiera el argumento que la estrategia de Honduras es la defensa, se pasó por alto que esta incluye la inteligencia y elementos ofensivos, en la medida que lo exigen las circunstancias. Pese a que se produjeron la ruptura de las relaciones diplomáticas entre los dos países el 27 de junio anterior, las Fuerzas Armadas de Honduras no se despliegan en actitud defensiva como corresponde, no establece puestos de avanzada; ni tampoco tiene puntos ofensivos a los cuales usar para debilitar el ataque salvadoreño. Las fuerzas más débiles de Honduras, están enfrentadas con las Fuerzas Armadas salvadoreñas, más fuertes, mejor organizadas y dirigidas por los comandantes más preparados y de más elevado espíritu castrense, especialmente en el teatro de guerra de occidente. El coronel Arnaldo Alvarado es evidentemente, militarmente incompetente, leal a López Arellano; pero que no tiene tropas suficientemente entrenadas; ni tampoco cuenta con puestos avanzados que le proporcionen información de lo que era obvio para todo el mundo; pero menos para él. Tampoco tiene planes defensivos, con sus respectivos momentos ofensivos, como corresponde. Y como lo político partidario se impuso en el teatro occidental, en vez de desplegar en la retaguardia el tercer batallón de Infantería bajo el comando de Juan Alberto Melgar Castro, se designó para este cargo al subcomandante Zepeda y sus vacilaciones, cercanas a la cobardía, lo que hiciera notoria para su incompetencia en el fragor del combate, la que se hizo notoria en los primeros disparos, cometiendo errores tácticos que es obligado estudiar –como la atomización del batallón- para evitar que los nuevos oficiales los vuelvan a cometer.. No contó información puntual sobre el grado de ocupación de Ocotepeque y tampoco diseño ninguna maniobra para hostigar y frenar el avance de sus tropas hacia Llano Largo, punto de encuentro de las tropas de la Guardia Nacional y la Fuerza Armada hondureña. Jamás visito sus líneas y de mantuvo cautelosamente en la retaguardia. El primer batallón de Infantería, se desplegó hasta el trece de julio, primero en las cercanías del Amatillo, después hacia Nacaome; para finalmente hasta el 14 de julio disponerlo en la Arada, cuando los salvadoreños ya mantenían sus puestos avanzados dentro del territorio hondureño. De forma que la apreciación de ataque por sorpresa, cuando El Salvador realiza un ineficiente ataque aéreo, solo es relativamente cierto y dentro de un esquema defensivo relajado, al grado que algunos pilotos hondureños de Toncontín, estaban la mayoría en sus casas en Tegucigalpa cuando ocurrió el ataque a la principal base aérea hondureña. Para entonces, Honduras carecía de un sistema de información telegráfica siquiera para enfrentarlos con la anticipación suficiente y sorprenderlos con facilidad.

Finalmente en términos de resultados, El Salvador, por su parte fue incapaz de aprovechar su superioridad numérica y organizativa de sus tropas y la calidad y grado de sus comandantes en el terreno, — muy superior al de los hondureños -para lograr sus objetivos estratégicos. Su finalidad era debilitar, inmovilizar y derrotar a las Fuerzas Armadas de Honduras, cosa que no logró. Apenas conquistó territorios importantes, pero no los uso para avanzar y lograr sus fines. La pérdida de la iniciativa como fruto del contra ataque del Frente Sur, por parte de Honduras, la vacilación y la pérdida de tiempo para avanzar una vez tomada Ocotepeque, le permitió a Honduras movilizar sus reservas –retenidas indebidamente en Tegucigalpa más con finalidades de proteger el poder de López Arrellano que dentro del encuadre total de empleo de fuerzas para frenar a El Salvador   -lo que permitió el encuentro entre tropas salvadoreñas que avanzaban y tropas hondureños que les emboscaron en las Mataras. Así como el freno que Honduras impuso en Llano Largo. Esto les hace perder la iniciativa, cosa que ya había ocurridoantes en el espacio aéreo. Diplomáticamente, la decisión de la OEA fue una derrota para El Salvador y de repente, un respiro salvador para las tropas hondureñas que aunque mantenían una elevada fuerza moral, habían frenado el avance de El Salvador e impedido que en La Labor se unieran las fuerzas de Medrano y las de Velásquez, resentían la falta de un líder con capacidad militar para dirigirlas y de los recursos materiales suficientes para mantener frenados a los salvadoreños en los territorios ocupados. Estos fueron muy poco aprovechados militarmente por los salvadoreños para avanzar con la celeridad debida. La defensa de Honduras, con menos recursos y bajo muy malos comandantes militares en Tegucigalpa y en el campo de batalla, fue una exitosa operación de la que López Arellano, cínicamente aprovecho para asegurar su poder político, facilitando el continuismo de su gobierno. Mientras que Sánchez Hernández no pudo revertir la situación y más bien, se vio obligado a dejar que crecieran las condiciones para la guerra civil que, algún tiempo después se produjo en el Salvador. La incompetencia de la Fuerza Armada salvadoreña para derrotar a Honduras, animo a los comandantes de la guerrilla para intentarlo, en un cálculo bastante exacto porque los militares salvadoreños, tampoco pudieron hacerlo con ellos. Viéndose por segunda vez, obligados a pactar una paz, en donde apenas preservaron su aislado carácter institucional. En 1969, salvaron el honor; ocuparon algunos territorios hondureños; pero perdieron el poder. Porque, con todo y sus primeros avances no pudieron derrotar a Honduras. Especialmente porque sus oficiales no manejaron la guerra como una ciencia, sino como una simple acción emocional en contra de un enemigo que menospreciaron en forma incorrecta, ilógica e indebida.

Tegucigalpa, 19 de julio de 2016