02 Julio 2016

Carlos E. Ayes.
En aquel entonces, que no había tantas enfermedades como ahora, no era tan difícil ser médico. Nada se sabía de las novedosas enfermedades que ha descubierto la moderna ciencia médica.
A la clínica del Dr. Chombo, la gente acudía para ser curada de lombrices, paludismo, “empachos” o “machetazos”, pero ni a él, ni a sus pacientes, les inquietaban los mentados triglicéridos, que ni siquiera nombraban los libros médicos.
La policitemia, conocida solo en teoría como mal de Vásquez,nadie la sufría; tampoco afligía a nadie de aquel tiempo el tal colon espástico ni, mucho menos, esos síndromes bautizados con nombres tan estrambóticos que ni siquiera pueden pronunciarse, como ser: Beckwith-Wiedemann, Aarskog-Scott o el llamado de Klinefelter; los que hoy nos explican son consecuencia de anomalías cromosómicas; pero, en tiempos de Chombo, sus colegas conocían tanto de esos males, como los políticos, de integridad; situación que lo favorecía y por eso pensaba “entre menos sepan los colegas, mejor me va a mí”.
Los embrujos y luxaciones, que se trataban con “limpias” y “sobadas”, empleando secretos untos, como también los partos, siguieron siendo labor de “Juana la partera”, con la que llegó a un tácito entendimiento, pues el recién llegado “doctor” no deseaba ganarse su enemistad.
En poco tiempo, la fama de Chombo, ya reconocido como el respetado Doctor Chombo, trascendió los límites municipales, y su consultorio siempre se veía atestado de pacientes, sobre todo los sábados, que su consulta era gratuita para los pobres. Y es que Chombo, con ingenio y don de gentes, sabía ganarse la clientela. De su clínica todos salían contentos, fuese cual fuese el desenlace.
Cuando el enfermo sanaba, Chombo sentenciaba: “Dios y la ciencia lo hemos salvado”; y la gente gustosa pagaba. Si, por el contrario, moría, elevando la mirada al cielo, decía: “Ante los designios del Creador, nada puede la ciencia”; y la gente, resignada, con gusto pagaba. Después de Chombo, algunos de sus colegas han adoptado sus aforismos. Chombo llegó a ser tan respetado y popular, que hasta los políticos llegaban a su casa en busca de consejo.
Cuando se hallaba gozando a plenitud del prestigio, fama y fortuna que había logrado ganar durante aquellos años de exitoso ejercicio profesional, al doctor le cayó la desgracia. Le llegó disfrazada en atuendo militar. Resulta que en el último año del Gobierno de Gálvez, fue nombrado Comandante Militar del lugar un avieso personaje que llegó precedido de su fama de matarife, uno de esos abusadores que usaban las armas de la nación para intimidar la población, e imponer su caprichosa voluntad.
En uno de esos lúgubres días, en los que hasta el sol escatima su luz y que solo males presagian, llegó a la clínica del doctor la esposa del nuevo Jefe Militar, llevando a su hijo de 10 años, llorando desconsoladamente a causa de un fuerte dolor de barriga que sufría desde hacía varias horas. Chombo no supo qué hacer con aquel misterioso dolor; pero más que la enfermedad, le preocupaba la reacción del iracundo y fiero oficial ante un posible fracaso de su sabiduría; nunca antes había tenido un caso similar, ni un cliente tan peligroso como el matachín Comandante.
Buscando eludir toda acción que incitara el instinto criminal del temible mílite, decidió indicar a la madre que mejor lo llevara a Juticalpa, donde sí había el medicamento que el niño necesitaba.
Al saber el mílite lo recomendado por el doctor, furioso se encaminó hacia la clínica. Al encontrarse con Chombo, le gritó: “¡Mire, doctorcito, si usted no es capaz ni de aliviar el dolor de mi hijo, yo sí lo soy de dejar viuda a su mujer… así que me lo cura, o ya sabe lo que le espera!”.
Ante tan convincentes argumentos, a Chombo lo único que se le ocurrió fue darle un té de ruda con un toque de floricunda, que aparentemente lo mejoró; pero insistiendo siempre que debían llevarlo a Juticalpa. Esa noche, Chombo no durmió, se la pasó en vela, bajando los santos del cielo, prendiéndoles candelas y rezando. Hincado, hacíales toda clase de promesas a cambio de que intercedieran por el restablecimiento de la salud del niño.
Cuando el siguiente día supo que el niño había fallecido en Juticalpa–tal como lo temía-, con lo que logró reunir esa noche, salió huyendo rumbo a la costa, refugio favorito de los fugitivos de entonces.
Al enterarse el Comandante de la infausta noticia, e informado que el Dr. había tomado las de Villadiego, se comunicó con todos sus colegas de la costa, pidiéndoles que le capturaran, vivo o muerto, al Dr. Chombo Alvarenga.
Al pasar por Olanchito, pudo percibir que la región se hallaba bajo un estado latente de tensión; el temor generalizado se dibujaba en los rostros de todos; preguntando por la causa, supo que las relaciones entre los trabajadores y la Tela Railroad Company se deterioraban día a día. Aquellos exigían pagos extras por las jornadas dominicales y la empresa los negaba; es que, sentenciaba Chombo, en cuestión de negocios, donde el dinero va de por medio, los tiempos serán distintos, pero la historia es siempre la misma; y, recordando lo de El Salvador, agregaba: pretender armonía entre las ganancias y los salarios es como querer que un perro y un gato coman del mismo plato.
Cuando Chombo presintió que la huelga era inevitable, y sabiendo de la orden de captura en su contra, creyó conveniente refugiarse en los campos bananeros, bajo la protección de los trabajadores, a quienes ofrecía sus servicios médicos. Ahí se convirtió en una especie de médico ambulante, desplazábase por todos los campos de La Lima y Progreso, desde Campo 1, Campo 2, Tacamiche, Naranjo Chino, Caoba, Lupo, Tibombo, Batán, etc., hasta Mezapa y Urraco. Al movimiento huelguístico, con el cual simpatizaba, Chombo prestaba su concurso sirviendo de correo, llevando informes de dirigentes amigos, tales como Manuel Valencia de La Lima, Benigno Gonzales de Progreso o Santos Ochoa de Batán.
La Huelga General fue declarada después de la masiva manifestación del 1º de mayo. El día 5 se adhirieron los trabajadores de la Standard y, a partir de ese día, todos los de las demás empresas de la zona norte. Después de 69 días finalizó la huelga, pero algunos trabajadores, encabezados por dirigentes inconformes, no regresaron al trabajo y se declararon en rebeldía. Unos se convirtieron en bandoleros, dedicándose a asaltar los Comisariatos de la Compañía en la circunscripción de La Lima. Chombo, pensando que concluida la huelga su captura sería inminente, creyó estar más seguro formando parte del grupo de rebeldes y no dudó en unírseles.
Un mes más tarde, el Dr. Chombo Alvarenga, a la edad de 44 años, caía abatido, mortalmente herido por las balas de un destacamento policial que perseguía a los exsindicalistas rebeldes, al mando de un sanguinario e implacable Comandante que de Olancho había sido transferido a La Lima, para reforzar La Policía Montada de la región.
Así terminó la vida aventurera del laborioso e ingenioso productor y exportador de lácteos, brigadista sanitario, médico de campo, político, revolucionario y hasta bandido, Jerónimo Alvarenga.


