18 Junio 2016

Juan Ramón Martínez.
Lucila Gamero Moncada nació en Danlí, el 12 de junio de 1873. Fue la hija mayor del matrimonio del médico Manuel Gamero Idiáquez y Camila Moncada, hermana del doctor Cornelio Moncada. Eran sus padres, primos entre sí. Costumbre que no era extraña entre las familias más influyentes de la ciudad que, para entonces, formaba parte del departamento de Olancho. Una suerte de inclinación endogámica que reflejaba una vocación por el aislamiento y la preservación de los poderes y controles sobre una sociedad pequeña, pero con una fuerte identidad, basada en la idea que eran diferentes, descendientes de los españoles y llamados a preservar sus mejores tradiciones. Integrada en clases definidas, la cúpula de la estructura social, lo constituían los empresarios de la industria principal de la ciudad, como era la ganadería, que aislados, exportaban sus productos hacia la ciudad de Guatemala. Lo que les permitía tener una mejor referencia de la movilidad de las cosas, la modernidad de la ciudad más importante de la región y conciencia de su propia individualidad como clase social y económica y también como ciudad que desde el principio se perfilo como una de personalidad definida. En 1884 Guadalupe Gallardo, va a decir que Danlí era una ciudad cerrada por dos colinas y dos
riachuelos” (JRM, Lucila Gamero de Medina, Una Mujer Ante el Espejo, Editorial Universitaria, 1994.) Lo típico es la hacienda, entonces sin cercos, ubicadas en terrenos planos en donde pasta el ganado suelto y a su gusto. Compitiendo con la agricultura que es una actividad subordinada a la ganadería que es la principal fuente de ingresos para la colectividad. La propiedad de la tierra, entonces es el indicador de prestigio más importante. La agricultura es de mera subsistencia y solo compite económicamente con la ganadería, la minería que porta importantes recursos a algunos miembros de la sociedad económica de entonces.
El doctor Manuel Gamero era un hombre de elevados prestigios. No solo por su actividad profesional, sino que por sus ancestros, articulados con los conquistadores españoles que se asentaron en la zona, sino que además, por su probada honorabilidad. Lo que no quita que además de su familia en donde tiene siete hijos, reconoce cuatro hijos naturales. Lucila es la primogénita que sin duda, no deja de sorprender al doctor Gamero que había esperado como todos, un hijo varón que perpetuara el nombre. Ante la inevitable desilusión de un machismo duro e incombustible, no sabía que esa hija, más por su talento que por su sexo, lo preservaría del olvido, colocándolo en un árbol genealógico honrado además, por la actividad literaria que nunca imagino que sería el camino de su hija para afincarse en la realidad. Sin que por ello, renunciara a la condición de primogénita fuerte, masculina y con fuerte adhesión hacia el padre.
En Lucila Gamero Moncada es obvio que está influenciada por los valores ganaderos de la ciudad; pero que cuestiona el orden social que lo sostiene. Pero no en forma directa. Por ello, se nota a la par de la fuerte inclinación por la actividad ganadera – una suerte de adhesión inconsciente y natural hacia la colectividad de la que forma parte y compromiso irrenunciable con el padre– , así como la práctica de la medicina que honra el cariño y la adhesión al progenitor y la inclinación por la literatura que le permitirá, no solo hacer la crítica de una sociedad que no termina por aceptar aunque está inmersa en ella, sino que además, imaginar espacios ideales de felicidad en que la maldad no haga méritos para ocupar lugares especiales. Estos tres elementos, derivaran hacia la forja de su carácter, al desarrollo de una personalidad bien identificable y a su conversión en un referente de lo que hasta entonces no podían hacer las mujeres: competir con los hombres. De esta manera, la literatura es para Lucila Gamero Moncada, una suerte de rebelión, que no llego a más, porque estuvo limitada por el ambiente y por el tiempo histórico que le tocó vivir. El atreverse a publicar cuentos y novelas, mientras las mujeres de su tiempo estaban llamadas al bordado, a la obediencia del marido y al cuidado de los hijos, rompió el mito que nadie se había atrevido antes. Froilán Turcios que es el primero que valora sus méritos, los reconoce hidalgamente, aunque se quedó corto – y no pudo anticipar – el efecto que tendría en la literatura hondureña, su figura altiva y retadora en Danlí y su talento esclarecido compitiendo con lo mejor que se escribía en Honduras en aquellos tiempos. El que “Blanca Olmedo” tenga el efecto que tiene en la vida nacional y el que su autora defina más a Danlí que los ganaderos, los políticos y a los empleados públicos, es una prueba que la identidad de las ciudades y del país – marca se dice ahora influidos por los mercadólogos extranjeros – solo viene a confirmar que la identidad de la nación hondureña, la hacen más Juan Ramón Molina, Forylan Turcios, Ramón Amaya Amador y Lucila Gamero de Medina, Clementina Suárez, que Ponciano Leiva, Terencio Sierra, Miguel R. Dávila Roberto Suazo Córdova y Rafael López Gutiérrez. Claro, la sociedad hondureña debe volverse a ver a sí misma, sin complejos y resabios, para descubrir lo que le honra y le prestigia. Lucila Gamero de Medina, honra y prestigia más Danlí y a Honduras – igual que Ramón Amaya Amador – que otros que se resisten a aceptarla tal como era, “mujer de hacienda” como decía Medardo Mejía, metódica organizadora de sus bienes y lucida mujer consciente de sus valores trascendentes. Relativamente distante y hasta poco afectuosa en lo exterior. Especialmente por su capacidad para recrear el mundo con el peso de su imaginación. De forma que aceptarla, hacer un solo corazón con el de todos los hondureños, igual que estamos haciendo en Olanchito con Amaya Amador y con Clementina Suárez en todo Honduras, nos permitirá darle personalidad a Honduras e identidad y orgullo a los hondureños. Que necesitamos, además, de una marca para “vender al país”, como se dice ahora.
Tegucigalpa, junio del 2016


