09 Abril 2016

Juan Manuel Aguilar Flores
La sensación de soledad de viajar de España a la América en los años de exploraciones y conquistas debió ser mayor, que al hacerlo cuando fue un sistema establecido. Hacer el viaje -sin atraso- tomaba casi 3 meses conviviendo juntos pasajeros y tripulantes. La Corona en 1534, reglamentó, naves de 100 toneladas admitieran 60 pasajeros aparte de la tripulación.
La ordenanza algunas ocasiones no se cumplieron. Anteriormente las carabelas de menor tonelaje transportaron 70 pasajeros o más. Se viajaba realmente en hacinamiento, además de objetos que componían la carga destinada a la América, se incluían animales para la alimentación de todos.
Los pasajeros tenían opción a llevar animales: gallinas, ovejas, cabras y cerdos. En estas condiciones proliferaron insectos, piojos y roedores. En suma los pasajeros comunes debían renunciar a comodidades. La “caja” que cada tripulante tenía derecho a llevar era para guardar ropa y objetos personales. Eran los
muebles más comunes en las naves y generalmente se ataban a la cubierta, ya que la bodega estaba ocupada. Las “cajas” eran usadas como mesas, bancos, baúles y camas, incluso servía para delimitar el espacio que ocuparía su dueño en el trayecto.
Dormir a bordo era una verdadera hazaña, peor disfrutar de la intimidad, esto era privilegio para viajeros distinguidos y oficiales de la nave, en todo caso el dinero podía proporcionar comodidad a los pasajeros corrientes dispuestos a pagar una especie de alquiler de un camarote improvisado por carpinteros a bordo.
La bebida favorita de los viajeros fue el vino, el agua era escasa y además adquiría -muchas veces- mal sabor por guardarse -por semanas- en barriles viejos y de madera. En la comida se preparaban menestras (arroz, habas, garbanzos) con pescado o carne en sazón cocidas. Se tenían los tres tiempos. El desayuno consistía en algo de bizcochos y vino acompañado de tocino o sardina. El almuerzo era más consistente. Las comidas las colocaban en viandas, no usaban cubiertos, salvo cuchillos. La frecuencia de escalas en Islas Canarias, Puerto Rico, La Habana e Islas Azores impedía pasar más de un mes donde podían aprovisionarse de frutas (críticos en especial) para evitar el escorbuto. Para amenizar los viajes, marinos y viajeros podían entretenerse a los dados, contando historietas, leyendas, jugando ajedrez, naipes. Evitaban apuestas con dinero aunque no se cumplía. Entre los viajeros fueron pocas las personas letradas, algunos se prestaban a leer algún libro, formándose un corro alrededor del lector. Los libros eran religiosos, de hora y hagiografías, novelas caballerescas en prosa y verso, romances, coplas y cancioneros, relatos de viajes, novelas pastoriles y algún cuento picaresco. La sesión religiosa era los sábados a cargo del maestre, consistía en salve luego letanías acudiendo pasajeros y tripulantes. Se prohibió el concubinato, pero no era raro que marinos y capitanes embarcaran a sus mujeres. Hubo casos de relaciones entre pasajeros y marinos, pero no fueron castigados con rigor. En cambio el homosexualismo acarreaba graves y terribles penas. No hay mención de los castigos.
Fuente: latribuna.hn


