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Fragmentos de nuestra historia: de la monarquía a la república, pasando por el imperio

20 Febrero 2016

Por: Carlos E. Ayes.

Después de la independencia de Centro América del reino español, en 1821, a la clase política hegemónica de entonces no le entusiasmaba la idea de convertir el país en República, en la que se anularía la distinción de la sangre azul, y donde el destino del gobierno, subrogado a ellos por su graciosa Majestad, hasta insensato era siquiera pensar que pudiera llegar a caer en manos plebeyas.

 

Ante la añoranza de la monarquía perdida, pensaron que si ya no era posible tener Rey, bien podría aprovecharse la oportunidad de convertirnos en súbditos del recién estrenado Emperador del país azteca, como régimen monárquico alterno que les permitiría seguir recibiendo honores, validar títulos nobiliarios y conservar cargos.

Con tal propósito, los habituales a la comodidad y privilegios de la vida palaciega, y a la supremacía que se atribuía la jerarquía aristocrático-clerical, concibieron planes para que, antes de sucumbir ante el avizorado mal republicano, formásemos parte del novel Imperio mexicano mediante anexión espontánea.

Reunidos en Guatemala los teorizantes de la anexión, bajo la sabia inspiración del sacerdote y Marqués don Juan José de Aycinena y su clan, contando con la bendición de Monseñor Casaus y la protección del Capitán General don Gabino Gaínza, se acordó celebrar cabildos abiertos en los cinco Estados para que popularmente se decidiera la anexión. En Honduras acuerpaban apasionadamente la feliz idea, el Gobernador Tinoco de Contreras, el Lic. Juan Lindo y su padre, el Presbítero Nicolás Irías con su hermano Pablo, y otros.

El 5 de enero de 1822 se escrutaron en la ciudad de Guatemala los votos llegados de las Provincias. Según las cuentas del Capitán General Gaínza, los votos favorecieron la anexión al Imperio de Iturbide… y a él pertenecimos hasta julio de 1823, fecha en la que llegó a su fin, en virtud de la obligada abdicación y subsecuente expulsión de México del “amado Emperador”.

Honduras, desde la independencia hasta su organización como Estado en 1824, estuvo gobernada por dos Poderes Ejecutivos, como fórmula que zanjaba, tanto las rivalidades localistas, como las irrenunciables ambiciones de poder de los grupos políticos de la época, el uno con asiento en Comayagua y el otro en Tegucigalpa.

La disputada jefatura de cada Ejecutivo fue ocupada, durante breves períodos, por una pluralidad de ciudadanos, según se detalla:

Jefes del Poder Ejecutivo de Comayagua:

José Tinoco de Contreras, 2 meses; Juan Lindo, 4 meses; Juan Garrigó, 20 días; Víctor Rodas, 6 meses; Juan Lindo (segunda vez), 1 año 4 meses; Severino Quiñones, 2 meses y Juan José Díaz, 5 meses.

Jefes del Poder Ejecutivo de Tegucigalpa:

Esteban Guardiola, 2 ½ meses; Simón Gutiérrez, 18 días; Francisco Juárez, 1 mes y Dionisio de Herrera, 2 años 7 ½ meses.

Como consecuencia de la disolución del régimen imperial de Iturbide, se instaló en Guatemala una Constituyente con el objeto de estructurar la República Federal. El primer Decreto que se aprobó fue el de anular la anexión a México; en seguida ordenó la elección de diputados regionales para organizar los Congresos Constituyentes de cada Estado. La Constitución Federal fue emitida el 22 de noviembre de 1824.

El primer Congreso hondureño se reunió en Cedros el 28 de agosto de 1824 y el 16 de septiembre se trasladó a Tegucigalpa donde, ese mismo día, eligió a los ciudadanos Licenciado Dionisio de Herrera y coronel Justo Milla como Jefe y Vicejefe del Estado provisionales, respectivamente. La primera Constitución del Estado de Honduras fue aprobada el 11 de diciembre de 1825.

En mayo de 1827 el Lic. Herrera fue derrocado por el Ejército del Presidente Arce, para poner en su lugar a su aliado, el coronel Milla, quien antes había renunciado a la vice-jefatura y trasladado a Guatemala, de donde ahora regresaba acompañando al Ejército invasor.

El Lic. Herrera, habiendo sido nombrado por el Congreso Constituyente como Jefe Provisional del Estado, se supone que debió haber renunciado luego de emitida la Constitución, sin importar la conducta ilegal y voluntariosa del Presidente Arce, quien, habiendo ganado fraudulentamente, disolvió la Asamblea Constituyente, destituyó al Jefe del Estado de Guatemala don Juan Barrundia, y una turba azuzada por frailes asesinó al vicejefe don Cirilo Flores. La actitud del Lic. Herrera fue simulada por el Presidente Arce para invadir el Estado de Honduras y colocar por la fuerza de las armas, en vez de Herrera, a un incondicional. El Presidente Arce planeaba deshacerse de toda oposición para reformar la Constitución a su gusto y capricho, pero su intento se vio frustrado ante el ingreso de Morazán en la Historia nacional.

Esa Historia, fuente permanente de sabiduría, nos revela que los gobernantes que han pretendido reformar la Constitución al margen de la ley, con el afán de perpetuarse, siempre terminan mal, como pasó con Arce… y con todos los que desde el poder no han resistido la tentación de imitarlo. Es que el poder es como una droga: la cual, algunos, igual que los alcohólicos con el alcohol, deben evitar probar… y los electores aprender a reconocer.