16 Enero 2016

Por: Juan José Fernández.
Antes que las sombras de la noche ennegrecieran por completo el día, entró al pueblo el Gral. Pedro Cáceres, adicto a la causa revolucionaria; entró vivando al General López Gutiérrez, a la revolución y al Partido Liberal; ofreció su casa al General, quien se hospedó en ella con algunos de sus amigos, pues aún no tenía organizado su Estado Mayor. Pero después, entró al pueblo el Coronel Emeterio Segura, con su columna de cantarranas, como 120, llevando unos once rifles y algunos pocos cartuchos. Los retenes establecidos tenían pistolas; había retenes desarmados. Se pusieron en mano algunos rifles de los que aportó la gente de Segura. El General Cáceres infundió confianza al General Gutiérrez, le dijo: “duerma sin cuidado, aquí no lo atacan, yo respondo”. I, como siendo Cáceres de ese pueblo, se le confió la vigilancia de la plaza. Con los ciento veinte cantarranas que ingresaron, se elevó el número de patriótas, a las órdenes del General López Gutiérrez, a unos trescientos cincuenta aguerridos. Con este considerable número de valientes, el General López Gutiérrez pensaba atacar la plaza de Danlí. Esperaba para ello a los Coroneles Felipe Flores y Miguel Zelaya, que habían llegado a Los Charcos, con buen número de gente y treinta infames equipados a ciento cincuenta cartuchos cada uno.
Como a las once de la noche, salió en inspección el General Cáceres; regresó diciendo que todo estaba tranquilo; sin embargo, como a la una de la mañana se oyeron los disparos de rifle; nos pusimos en movimiento. Volvió a salir Cáceres; al poco rato volvió diciendo: por la parte del río todo está en silencio, los tiros fueron probablemente de los retenes, por gana de tirar”. Reanudamos el sueño interrumpido. A las cuatro de la mañana se tocó diana, y empezaron a reconcentrarse algunos retenes, se reconcentró primero el desarmado, que estaba en el camino que aqueda atrás de la Iglesia, por el sureste. Apenas se había apagado la última nota del clarín, cuando se oyó nutrido tiroteo, precisamente, por el lado del retén que se había reconcentrado. Estábamos cojidos de sorpresa por el enemigo? ¿Por dónde entró éste? ¿Quién lo condujo hasta la plaza misma? Lo cierto es que estábamos vendidos. Había sobre el pueblo, tendida espesa niebla, la que indudablemente favoreció al enemigo. En la plaza, nuestra gente, en desorden, desarmada, se ocupaba en buscar alimentos y muchos estaban tomando café. Al oír el tiroteo en las propias barbas nuestras, confusión enorme; no obstante, se rehacen luego, y cargan sobre los atacantes. Se estableció un fuerte combate; hubo episodios heroicos, fusilándose entre la niebla, a veces, cuerpo a cuerpo. El combate no debía durar mucho tiempo: estábamos escasos de cartuchos. Entre tanto, los Coroneles Flores y Zelaya, estaban todavía en Los Charcos, muy distantes del lugar de la refriega. El General López Gutiérrez, el Doctor Carlos Lagos, y el que habla, dormíamos en la casa del General Cáceres, que da frente a la plaza; estábamos bien dormidos; el sueño de la madrugada, es el gran sueño, aún para el revolucionario. No obstante, al iniciarse el tiroteo, como ser tan cerca, presto estuvimos de pie y salimos con la rapidez del caso: Una andanada de balas nos saludó al salir. El General se dirigió al cuartel del Coronel Segura, metiéndose en el combate; al primer golpe de vista comprendí que estábamos en malas condiciones y que llevaríamos la peor parte; seguí al General Gutiérrez, lo alcancé y le dije: “General, estamos perdidos, véngase”. Se resistió, y yo insistí, regresó con Segura, montó en su macho negro, y tomó un camino quebrado que conducía a la cima de un cerro. Yo seguí por otro camino más recto; encontré al Dr. Lagos que iba a pie y ya fatigado; afortunadamente, a poco subir, encontramos un machito, ensillado con albarda, el Dr. montó en él y llegamos a la cumbre. En orden, nuestra gente subía, en tanto se resistía en la plaza. Poco después, cesó el tiroteo y quedaron ralos disparos. Al llegar el General a la cumbre del cerro, ordenó al corneta toque de reconcentración. Al oír este toque, el enemigo desocupó el pueblo, en desorden. Ya todos juntos, excepto poquísimos que se habían desorientado, y algunos muertos y heridos, se discutió la situación y se resolvió alcanzar la frontera nicaragüense, con objeto de esperar a Zelaya y a Flores que nos seguían y organizarnos convenientemente.
A pesar del ataque por sorpresa de los soldados del Gobierno conculcador, los valientes patriótas supieron enfrentar la situación y, los bertranistas estuvieron a punto de retroceder en solo la entrada a la plaza del pueblo. Solamente cuando a los revolucionarios se les agotó el parque, se retiraron en orden, a las alturas, siguiendo a la demás gente. Duraría una hora el combate. Como todo unos valientes, dignos defensores de la causa de la libertad, cayeron en el campo del honor; el Coronel Miguel Cruz, el General Pedro Cáceres; los Capitanes Ramón Romero, Guadalupe Medina y el telegrafista de Teupasenti Epifanio González. Fueron capturados unos siete hombres nuestros y llevados a Danlí; no se pudo precisar el número de bajas del enemigo.
Posteriormente súpose que el Comandante Local del pueblo y el hijo del estanquero, se habían entendido sigilosamente con los del Gobierno, y los habían metido por lugares ocultos hasta la plaza.
Tienen estos dos hondureños, la marca infamante de la traición a la causa sacrosanta del pueblo; se han hecho traición a ellos mismos. Su conciencia será el torcedor que dará cuenta con su existencia y sus actos.
Fuente: La revolución de Oriente, Juan José Fernández, Tegucigalpa, 1919, Tipografía Nacional.


