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La FENAG buscó la expulsión de los curas de Olancho

09 Enero 2016

La FENAG buscó la expulsión de los curas de Olancho

Por: Juan Ramón Martíne.

A las 7:34 de la noche del día lunes 27 de marzo de 1972, sonó el teléfono de nuestra casa ubicada en la colonia Satélite, aquí en Tegucigalpa. Como estaba cerca, contesté inmediatamente. Era Fernando Montes Matamoros, uno de mis más respetados amigos, el que después de saludarme me informó que por medio de su hermano Darío Montes, fiscal de la Federación Nacional de Agricultores y Ganaderos, se había enterado que la Junta Directiva FENAG, entonces encabezada por el Ing. Fernando Lardizábal Gillbert, había solicitado una entrevista urgente con el presidente de la República Ramón Ernesto Cruz, para plantearle la solicitud que el gobierno procediera a expulsar del departamento de Olancho, a todos los sacerdotes franciscanos encabezados por el mismo obispo Monseñor Nicolás D’Antony, como medio para reducir las tensiones que se habían producido entre los ganaderos, agricultores y los dirigentes del movimiento campesino social cristiano. Los líderes de la FENAG creían que detrás de los líderes campesinos, quienes los manipulaban, eran los sacerdotes de las parroquias más conflictivas del departamento. En Olancho, para entonces, era la sede de un floreciente 

movimiento popular organizado que, desde abajo, buscaba el mejoramiento de las condiciones de vida de los más pobres por medio de la creación de cooperativas de ahorro y crédito y de consumo, clubes de armas de casa y ligas campesinas. Estas últimas, luchaban por la “recuperación” de tierras que, en la mayoría de los casos eran pastizales o tierras en descanso, propiedad de los ganaderos del extenso departamento de Olancho. Para entonces, las tensiones eran visibles para cualquier observador, porque se manifestaban en ocupaciones de tierras, algunas de las cuales habían dejado un saldo de muertos, especialmente de los labriegos llamados invasores por los ganaderos y autocalificados por los líderes campesinos como recuperadores de tierra porque afirmaban que “la tierra era de quien la trabajara”. Y los ganaderos de Olancho, no mostraban en aquel entonces, mayor entusiasmo por usarlas en términos productivos, creando empleo para los demás y riqueza para ellos mismos.

Media hora después de la llamada, me conduje hacia el Palacio Arzobispal para darle al Arzobispo Monseñor Héctor Enrique Santos, el contenido de la información proporcionada por Fernando Montes Matamoros. Me desempeñaba entonces, como gerente nacional de Cáritas de Honduras. El arzobispo Héctor Enrique Santos Hernández, me escuchó en silencio. Su rostro palideció, inmediatamente. Se puso de pie y con las manos sobre su cabeza, casi petrificado su rostro y en silencio, empezó a caminar en la antesala de su despacho. Yo seguía sentado, viéndolo sufrir, especialmente, porque tampoco sabía cómo reaccionar y detener lo que sería un enorme daño para la Iglesia Católica hondureña. La tercera vez que le oí decir, suavemente desesperado: “y, ahora qué hago”, me puse de pie, me coloqué a su lado y mientras los dos caminábamos, le dije: “aquí quien manda es Osvaldo López Arellano; sabemos que es su amigo; hablé con él esta misma noche, para que mañana, cuando el presidente Cruz que le consulté, sobre la expulsión, él le diga que la decisión es inconveniente”. Sin responderme, se acercó al teléfono que estaba situado en una repisa colocada en una de las paredes de la sala de espera, levantando el negro auricular, marco unos números que se sabía de memoria. Al instante, la voz del general López Arellano jefe de las Fuerzas Armadas, le respondió. Monseñor Santos, después de intercambiar algunas bromas con el militar de más poder en el país, le dijo “tengo un problema urgente y quiero que me reciba esta misma noche”. Instantes después colgó el teléfono. Volviéndome a ver, me dijo vamos a la casa del general López Arellano, en Las Tapias. Eran, para entonces, las nueve y treinta de la noche. Abordamos el “vw” gris “cucarachita” que tenía asignado. Lo encendí y tomé rumbo a Ocotal -sede los principales batallones militares- en dirección a la casa del jefe de las Fuerzas Armadas. En mi interior, sabía que era testigo de un importante acontecimiento y que, por primera vez, acompañado del Arzobispo de Honduras, participaría de una conversación con López Arellano, con el fin de evitar un mal para la Iglesia Católica. Menos de media hora después, crucé un pequeño puente y me detuve brevemente ante un portón que se abrió inmediatamente y un soldado que me dio instrucciones de cómo llegar a la casa. Detuve el vehículo y en la puerta abierta e iluminada. Allí, estaba de pie Osvaldo López Arellano. Se me acercó y me dio la mano. Apagué el motor. Monseñor Santos abrió la puerta derecha del vehículo, mientras yo hacía lo propio con la izquierda. Tocándome la pierna derecha, me dijo suavemente, “tú quédate en el carro. Espérame aquí”. Desilusionado y frustrado, lo obedecí. López Arellano, con su sonrisa más cordial y ruidosa, abrazó al jerarca católico y lo condujo al interior de la casa. Cerró la puerta. Rodeado de la oscuridad y el silencio, solo interrumpido por el soldado de guardia que circulaba alrededor de donde estaba, me quedé en el interior del carro. Agudicé el oído. Como estaba cerca del lugar donde conversaban, escuché fragmentos de la conversación de López Arellano -un hombre de voz grave- y las ruidosas carcajadas con que concluía sus expresiones. La suave voz de Monseñor Santos no la percibí, en ningún momento. Pero era obvio que conversaban dos amigos, que se sentían bien, al encontrarse. Debieron haber conversado un poco más de una hora. Cuando salió Monseñor Santos, antecedido por López Arellano que volvió a darme la mano con natural simpatía, se colocó a la derecha del “vw” donde estaba esperando, abrió la puerta y se sentó a mi lado. Inmediatamente me dijo: “vámonos”. Arranqué y salimos. Cuando atravesé el portón de salida, eran las 11:15 de la noche. Monseñor era un hombre transformado. En la oscuridad, le vi brillar los ojos, en un rostro en los que, una sonrisa discreta era la prueba de su satisfacción. “El general me dijo que cuando Monchito Cruz, le pida su opinión; el recomendara que no haga lo que le piden”. Por un momento se quedó tranquilo. “Además, continuó, “me informó el general López, que mañana en horas de la mañana y en el Golfo de Fonseca, en una lancha privada, se reunirá por primera vez con el general Sánchez Hernández de El Salvador”. No dijo más. El resto del viaje lo hicimos en silencio. A las 11:30, lo dejé en la entrada sur, del edificio Arzobispal. Se bajó del “vw” y antes de darme las espaldas, me dijo “buenas noches”. Las gracias que yo había anticipado que me daría, no salieron de su boca. Cuando me enrumbé hacia mi casa, me di cuenta que los arzobispos no le daban las gracias a los feligreses; ni siquiera, a quienes como yo, creíamos que habíamos cumplido una importante labor en defensa de la Iglesia Católica. Aunque para él, probablemente, solo había sido, su chofer “emergente”. Con todo, esa noche, pasadas las doce, me dormí contento. Marginalmente había participado en la historia de Honduras, tratando d modificar el curso de los hechos. Con la ventaja que siendo escritor, algún día contaría como habían sido las cosas. Sentí, como una leve punzada, la duda si, acaso, habíamos hecho lo mejor a favor de los sacerdotes de Olancho. El tiempo y el análisis posterior, “dirán si hicimos o no lo correcto”, pensé, antes de dormirme plácidamente. Ninguno anticipaba, -ni los militares, los sacerdotes, los ganaderos, los dirigentes campesinos y mucho menos yo, -los hechos de sangre del 25 de junio de 1975. Y mucho menos Monseñor Héctor Enrique Santos, un pastor de almas, poco interesado en las especulaciones sobre el futuro. Fuera del referido a la vida eterna, por supuesto.