02 Enero 2016

Por: Juan Ramón Martínez
Olanchito, desde el principio estuvo aislada y distante de Yoro la cabecera departamental y de El Progreso, por falta de una carretera transitable para llegar a aquella ciudad. Por ello, es notoria, en el curso de su historia, más su vinculación emocional y poblacional con Olancho, su insistente inclinación a la actividad ganadera, la prevalencia de una burguesía de botas y de sombrero que sin embargo, no como ocurrió en otros lados del país, nunca derivó hacia la carrera de las armas. Que, por todo ello, desarrolla una cultura defensiva ante la modernización agropecuaria que introduce el capitalismo bananero, en la década de los treinta del siglo pasado, que por un lado la obliga a volcarse hacia sí misma y por la otra, a desarrollar un discurso económico antimoderno que todavía, se percibe discretamente. Por ello; y como derivación de lo anterior, fue más “ciudad de la palabra”, “ciudad cívica”, que pueblo de guerreros. O escenario de batallas. Adicionalmente, en la estrategia de reclutamiento forzado de soldados para el ejército, fue muy esporádico que se buscaran soldados allí, por lo menos a principios del siglo pasado. Y casi inexistente en la última década del mismo. Por ello es que nunca – fuera del
incidente del 3 de octubre de 1963 que estuvo a punto de enfrentar a liberales con militares – se produjeron acciones de guerra en sus alrededores o en su interior, con influencia significante para la formación del carácter de los ciudadanos de Olanchito. Por ejemplo, durante el levantamiento en contra del gobierno de Miguel R. Dávila y que Nuila llegara a la ciudad, donde detuvo unos días, para terminar encerrándose en los bosques de Yoro y ser vencido y derrotado- porque no pudo sincronizar con el levantamiento que impulsaba Manuel Bonilla-, muy pocos habitantes de la ciudad, se atrevieron a engrosar sus filas. Posiblemente, la excepción haya sido la del entonces coronel de cerro Rafael Cárcamo, que recuerdo en mis días escolares, en los años cincuenta del siglo pasado, haberlo conocido en la casa de las hermanas Cano de la Calle de la Unión, progenitores de Enrique, Jairo, Teresa, Vinicio y Marisabel.
Lo que si atrajo desde el principio el interés de los jóvenes de Olanchito, fue la Fuerza Aérea. Segisfredo Galo, es posiblemente el primero que se incorpora al arma aérea y en consecuencia también, el primero de los que muere pilotando una frágil de las naves de finales de la década de los treinta, en las cercanías de lo que ahora es la aldea de Mateo. Posteriormente ingresan y hacen carrera en la Fuerza Aérea, Enrique Soto Cano – el primero, el más destacado y popular entre la ciudadanía de Olanchito y especialmente entre las generaciones que aspiraban un futuro mejor para ellos y sus familiares – Omar Ramírez, Flavio Ramírez, Carlos Dubón, Eulalio Durán Soto, Alberto Urcina, Arnaldo Miranda y en mecánica y seguridad Rafael López Tejeda – que con el grado de Coronel, fuera ayudante de campo del General Osvaldo López Arellano-, Denis Omar Soto que, con el grado de teniente pidió la baja. La mayoría de los pilotos de Olanchito, desafortunadamente murieron en accidentes aéreos, en Gracias, Guaymaca, el Cajón y Tegucigalpa, respectivamente. Los únicos pilotos sobrevivientes son Enrique Soto Cano y Alberto Urcina Reyes. El primero reside en Tegucigalpa y el segundo en la ciudad de La Ceiba. También formó parte de la Fuerza Aérea en calidad de oficial superior, Héctor Pineda López, (Totoy) que alcanzó el grado de coronel. Activo en calidad de piloto, está actualmente, Galel Hernández Vallecillo.
En cambio la infantería fue muy poco atractiva para los jóvenes de Olanchito, por lo que, no fue sino hasta la década de los ochenta del siglo pasado que empiezan en números significativos, a buscarla como forma de hacer carrera militar. En 1957, cuando la Escuela Militar Francisco Morazán eleva su nivel, exigiendo que los jóvenes que hubieran cursado el ciclo común de estudios general, un grupo de estudiantes del Instituto Francisco J. Mejía, solicitó e inició sus estudios allí. Recordamos entre ellos a Vinicio Cano, Roberto Martínez y Francisco Cano – en la Fuerza Aérea- y Amílcar Zelaya Rodríguez en la Escuela Militar Francisco Morazán. Los que ingresaron a la Fuerza Aérea, regresaron poco después a Olanchito, por diversas razones. En la rama de infantería, el militar más destacado de todos, ha sido Amílcar Zelaya Rodríguez que logró graduarse en la ahora conocida como Primera Promoción, alcanzando el grado de Coronel de Infantería, comandado batallones, y alcanzado la Jefatura de la FUSEP y convirtiéndose en triunviro militar junto a Policarpo Paz García y Domingo Álvarez, después que los militares del Consejo Superior de la Defensa, depusieron a Juan Alberto Melgar Castro de la Jefatura del estado, en 1977.
Algunos años antes, durante el gobierno de Villeda Morales, los líderes liberales de entonces tomaron conciencia que las Fuerzas Armadas era un “nido de cachurecos”; y que, la única alternativa que tenían era, buscar la forma de ingresar liberales jóvenes, como oficiales, a sus filas. Para tal fin, en 1957, reclutan a estudiantes con intereses en el tema militar, para que estudien en el exterior; pero con la condición que sean liberales. De Olanchito optó a una beca para estudiar en Venezuela, el brillante alumno del Mejía, Carlos Ramos Martínez; de Tela Gustavo Álvarez Martínez y de Danlí Carlos Castillo que fueron enviados a la Argentina. De estos tres, Álvarez Martínez, el dotado de más carácter militar, hace carrera y logra convertirse en el que, posiblemente es, el líder más fuerte y más destacado en la época de la guerra fría en la historia de las Fuerzas Armadas. Carlos Ramos Martínez, aunque regresó graduado de la Academia de Carabobo en 1963, no fue admitido en la institución, por razones que todavía hay que investigar; pero que presumimos que, tienen que ver con el carácter discursivo de Ramos Martínez, su falta de espíritu castrense y su comportamiento volátil, más de civil que cercano al carácter militar, centrado en la reserva, el poco uso de la palabra y la discreción en los objetivos por alcanzar.
A principios de los años sesenta, ingresó al Ejército, Napoleón Arias Cristales, que con el grado de teniente, murió en la guerra contra El Salvador, el 15 de julio de 1969, en el Frente Sur, durante la operación de contra ataque libró el ejército hondureño y la Fuerza Aérea. Convirtiéndose en el primer militar de Olanchito, caído en combate.Entre los años setenta y los ochenta ingresan a las Fuerzas Armadas, rama del ejército, varios jóvenes, todos egresados o con estudios en el instituto “Francisco J.Mejía”. Destacan Gerardo Fuentes Gonzales – que será el primero, de los nacidos en Olanchito, que logra ascender a general de brigada y ocupar el cargo de Subjefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas-, el General Carlos Roberto Puerto Fúnez, el general Luis Enrique Tróchez Martínez y ahora el General de División, el que más alto grado ha alcanzado hasta ahora por un ciudadano nacido en Olanchito, Isaías Álvares Urbina que ocupa el cargo de Jefe de Estado Mayor Conjunto.
También ingresaron, en el caso que nos ocupa, a las Fuerzas Armadas y en la rama Ejército, Santos Danilo Soto Ponce, que alcanzó el grado de coronel (ahora retirado) y Camilo Násser Soto, coronel en activo. Es muy posible, que entre las últimas promociones de la Academia Militar, hayan jóvenes nacidos en Olanchito; pero no conocemos sus nombres, por lo que no los incluimos. Cosa que haremos en el futuro.
Tegucigalpa, 21 de diciembre del 2015


