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LA ALTERNABILIDAD PRESIDENCIAL

28 Noviembre 2015

 

Por: Cesar Lagos.

Cuando estaba ya preparado el triunfo de la candidatura ministerial y faltaban solo veinte días para que se practicase la elección, levantó Bográn el estado de sitio. En el corto tiempo que quedaba a los liberales poco podrían alcanzar en favor de su candidato; pero sin desanimarse por los obstáculos reanudaron los trabajos con más ardor. La lucha fue entonces tempestuosa. En los mitins y en los clubs los oradores lanzaban cargos terribles contra el Gobierno, y la prensa liberal apareció rebosante de indignación. Siempre que ha estado amordazada la prensa, sucede que, al dejársele libre, los escritores se exceden irreflexivamente; pero se ve el fenómeno de que las más grandes injurias, que deshonran esa preciosa libertad no salen de los periódicos de oposición sino de los semioficiales. No comprenden los que gobiernan que deben ser sus escritos más serios, más reflexivos, más sensatos, para que la defensa les sea 

provechosa. Encolerizados porque se les censura contestan con insultos soeces, y con esto lo que consiguen es herirse a si mismos, porque se desacreditan y desvirtúan el principio de autoridad. Las invectivas de las hojas periódicas subvencionadas, en vez de perjudicar a los liberales los levantaban más en la opinión. El General Bográn rabiaba de cólera por la intemperancia de sus opositores. Se quejaba de que se aprovechasen de la libertad que concedía para atacarlo con rudeza; quería que aceptasen dócilmente su voluntad de dejar a Leiva, y como no la aceptaban perseguía a los más exaltados, aun en el goce pleno del garantías. No, no era posible que complaciesen a Bográn aunque se le agradeciese interiormente que respetase la libertad. Eso habría sido envilecernos al grado de confesar que merecíamos vivir bajo la más triste y vergonzosa tutela. Los partidos opositores no se prestan a   las fuerzas electorales sino cuando han caído en la corrupción, en la más grande de las impotencias morales, en la más infame de las degradaciones. Por fin llegó el día de la elección, calmó la efervescencia y en el mejor orden se practicó la votación en los días 6, 7 y 8 de Septiembre. El resultado fue como era de suponerse, favorable a Leiva. En las cabeceras departamentales, donde los ciudadanos son ya conscientes, 15,000 votaron contra el candidato ministerial, condenando la política de opresión; pero en las poblaciones pequeñas, donde los electores son analfabetos y tímidos, 33,000 complacieron al que tenía la fuerza.

Francisco-BertrandEl General Bográn habías triunfado en el hecho, había conseguido falsear la verdadera expresión de la voluntad nacional, Leiva sería su sucesor, pero moralmente su derrota era completa: jamás se había visto con el voto público a tantos electores desafiando las iras del despotismo. Esto se debía a las ideas predicadas por la prensa liberal. El partido de oposición debió quedar satisfecho con ese resultado, y debió conformarse con las ventajas alcanzadas. Había podido organizarse, tenía ya derecho reconocido, respetado, de entrar en toda lucha electoral, tenía prensa libre, que podía continuar predicando las ideas: por el momento era mucho, aunque padeciese algunas arbitrariedades. Demostrando que sus deseos no habían sido llegar al poder a todo trance sino practicarla libertad, habría podido continuar en calma en el ejercicio de sus derechos y abogando por la libertad del voto. Con esa conducta juiciosa se habría disciplinado y estaría en mejores condiciones para buscar el poder en la próxima campaña presidencial. Más despechados los jefes del Partido Liberal porque de momento no habían vencido con el pretexto de los abusos cometidos por las autoridades, atacaban al gobierno con exaltación y proferían amenazas. Los escritores oficiales las devolvían, y cada vez se exacerbaban más los ánimos, que debieran haberse aplicado una vez concluido el motivo de la exaltación. Ese camino era muy malo para la causa de la libertad.
En los países oprimidos por el despotismo no se piensa, no se razona, y donde no se razona no puede existir la opinión pública. Empieza a formarse cuando la prensa goza de alguna libertad. Así, de la prensa depende que la opinión se dirija por el buen o mal camino. Por lo mismo debe ser muy sensata paraqué sea útil a la sociedad. Una prensa apasionada, exaltada, juzga las cosas de modo superficial, deduce por las apariencias, y los lectores poco acostumbrados a reflexionar, por las apariencias extravían su juicio. La pasión ardiente de la prensa en vez de encaminar al pueblo a afianzar sus derechos lo conducía a la guerra civil, y estallaría si los que gobernaban no tenían paciencia ni ciencia para evitarla.

La agitación que producía la intemperancia de los liberales en la prensa y en los clubes llegó a tal grado que el Gobierno comprendió el peligro que amenazaba. Los Ministros de Bográn, inexpertos en la ciencia de gobernar, por más que muchos de ellos habían estado largo tiempo en el Gobierno, le aconsejaron que callara la prensa para que se restableciese la calma. Bográn no accedió a esa medida manifiestamente ilegal tanto porque la creía contraria al objeto que se deseaba como porque conseguido su propósito de elegir a Leiva quería cumplir su palabra empeñada de respetar la libertad y procuró llegar al mismo fin de restablecer la calma por una conciliación amistosa, de los dos partidos. Indicó a sus amigos que se moderasen en la contestación de los cargos de la prensa opositora y tratasen de entrar en inteligencias con el doctor Bonilla, jefe de la oposición, para llegar a la concordia. Una persona imparcial fue recomendada para hablarle en ese sentido pero en nada convinieron, exponiendo el doctor Bonilla que solo podría entenderse directamente con el General Bográn. Accedió este a sus deseos y lo llamó a una conferencia, que duró más de tres horas. Manifestó Bográn al doctor Bonilla su pesar de que no se aprovechase la libertad para establecer la paz sino para perturbarla, pues insistir en la relación apasionada de los sucesos de la lucha electoral y acusar con acritud al Gobierno era mantener la agitación en los pueblos, con lo que en vez de traerles beneficios se les perjudicaba, porque desaparecía la confianza pública y se interrumpía el progreso: que deseaba no continuase la oposición en ese sistema, no porque temiese la guerra, que podría sobrevenir, sino porque el Gobierno, que tenía el deber de conservar la paz, se vería en la necesidad de suprimir la prensa para que no indispusiese más los ánimos: que él no lo haría; pero que podría hacerlo el General Leiva si no tenía su paciencia; y para que esto no sucediese le rogaba que esperaran los liberales a que se organizase el nuevo Gobierno y que continuaran en sus ataques si no se hacían, para satisfacer a la opinión, las reformas convenientes y los cambios de empleados que procedían mal. El  doctor Bonilla se quejó de los ultrajes que cometían las  autoridades, pidió que se cambiara inmediatamente la mayor parte de los principales empleados, y se empeñó en demostrar que no quería recurrir a las armas para hacer cesar los padecimientos de sus partidarios, sino que pedía se hiciesen los cambios para que los nuevos empleados les diesen garantías; pero que si se pensaba en quitarles las libertades que disfrutaban, colmada la paciencia estallaría la revolución, y estaba seguro del triunfo si el Gobierno no recibía auxilio de los Estados vecinos. El General Bográn no hizo caso de la baladronada impolítica del doctor Bonilla y le repitió que él no mataría la prensa, no por miedo,  que no cabía en él que tenía las armas, sino por amor a la libertad y por su convicción de que la prensa libre era provechosa aun con las exajeraciones: que si tuviera el propósito de suprimirla no lo llamara a conciliación sino que procedería con energía; pero que le indicaba el peligro de que su sucesor no pensara como él y adoptase esa medida: que si tal cosa llegaba a ocurrir no se quejaran los  liberales porque ellos tendrían la culpa, ya que con sus exageraciones lejos de favorecer las ideas que defendían las perjudicaban, impidiendo que se afianzaban en la paz y continuase el progreso de la nación. Al fin, pareció que el doctor Bonilla aceptaba las sensatas advertencias. Ofreció que callaría los hechos pasados y que solo denunciaría los abusos que en lo sucesivo cometiesen los empleados, no publicándose nada que no pudiese comprobarse: y Bográn, complacido, le prometió que si se cumplía ese ofrecimiento tendrían los liberales completas garantías, pues reprimiría y castigaría con severidad todo abuso que los empleados cometiesen grandes males produce el absolutismo; pero mayores produce la personificación de un partido por un solo hombre, porque ese hombre no mira por los intereses de la sociedad, ni siquiera por los intereses de su partido, sino por sus personales intereses. la oposición estaba representada por el doctor Bonilla, y el General Bográn cometió el error de admitir esa individual representación. El resultado fue que su intento conciliador para que se restableciese la tranquilidad no le dio el fruto que buscaba. El Dr. Bonilla que ambicionaba el poder, quería la guerra; comprendió que si accedía a los deseos de Bográn perdería prestigios porque los exaltados atribuirían a miedo su deferencia,  no a sensatez, y no calmó del todo sus ataques: muchos de los liberales supusieron que el Gobierno los respetaba porque los creía fuertes, aumentaron su exaltación y el pueblo se mostró amenazador. Esto causaba inquietud en la capital, y temiendo el Gobierno que ocurrieron allí tumultos, al hacerse la trasmisión del poder, convocó al Congreso a la ciudad de Comayagua para que en ella recibiese el General Leiva la Presidencia. El  día que terminaba el período, el 30 de noviembre, entregó el General Bográn el poder a su sucesor, ante la Representación Nacional. El acto era nuevo; por primera vez se veía que un gobernante dejase el puesto por el mandato de la Constitución y sin influencia extraña. Esto era alternabilidad y la nación ganaba mucho porque se daba un paso adelante en el camino del derecho. Motivo era de regocigo público. Sin embargo la ceremonia estuvo muy triste y pasó en todo el país en completo silencio. El  pueblo no comprendía lo que ganaba, y como se lo decía la prensa opositora, que aquello era solo un mal, porque se había hecho una burla a la voluntad  de la soberanía de la nación, recibió con desdén las declaraciones de Bográn y con indiferencia la promesa que hizo Leiva de continuar respetando como su antecesor las libertades públicas. En consecuencia, en lugar de restablecerse la confianza y asegurarse la paz con la alternabilidad, el horizonte político se cubría de espesos y más negros nubarrones.