28 Noviembre 2015

Por: Lucas Paredes.
Vivía apartado el doctor Alberto Membreño del oficialismo, cuando fue lanzada su candidatura presidencial con el doctor Antonio Madrid como vicepresidente, en 1919. Los acontecimientos provocados por la candidatura del doctor Soriano que el presidente Bertrand quiso imponer al pueblo, obligaron al señor Membreño a abandonar su país refugiándose en Guatemala donde se encontraba cuando el Consejo de Ministros en el que depositó el mando el señor Bertrand, le llamó para que regresara a hacerse cargo de la Presidencia. Su excusa permitió que el poder lo asumiera el doctor Bográn y que el lópezgutierrismo con las armas en las manos, se impusiera en el remedo electoral que se practicó días después del triunfo de la revolución que fue posible por las fuerzas combinadas del membreñismo y el lópezgutierrismo en oposición a la candidatura oficial que en forma tan violenta Bertrand quería sacar triunfante contra la manifiesta voluntad del pueblo.
El aparecimiento de la fórmula Membreño-Madrid despertó un verdadero entusiasmo en todos los sectores del país. Un numeroso grupo de connotados
elementos que antaño habían militado con los doctores Policarpo Bonilla y Miguel R. Dávila, como los hermanos Carías Andino, Paulino Valladares, Silverio Laínez, Felipe Cálix h., Salvador Cisneros y otros, secundaban aquella fórmula; el último de los referidos, en su reconocida condición de partidario del doctor Membreño se sumó a los grupos que se escapaban rumbo a la frontera nicaragüense para empuñar las armas que deberían deponer al presidente Bertrand. Y abanderado de la causa membreñista combatió por su triunfo; más, cuando las fuerzas entraron victoriosas a la capital, el general Cisneros retornó luciendo la toquilla del lópezgutierrismo, en cuyas filas decidió permanecer después.
Mientras tanto, regresemos a cuando el segundo designado a la Presidencia doctor Francisco Bográn llegaba a la capital para asumir sus delicadas funciones. El Consejo de Ministros en quien el doctor Bertrand depositó el mando, había sufrido cambios, y el organizado a principios de octubre lo componían el doctor Vicente Mejía Colindres, como Ministro de Gobernación y Justicia; el doctor Antonio Bermúdez M., como Ministro de Hacienda y Crédito Público; el general Salvador M. Cisneros, como Ministro de Guerra y Marina por la ley; el doctor Jesús M. Alvarado, como Ministro de Relaciones Exteriores; el general Santiago Meza Cálix, como Ministro de Fomento, Obras Públicas y Agricultura; y el profesor Eusebio Fiallos V., como Ministro de Instrucción Pública por la ley. Al asumir el doctor Bográn la Presidencia de la República, los señores Rodolfo Pineda, general Vicente Tosta Carrasco y licenciado Remigio Díaz Zelaya, fueron designados Ministros de Fomento, Obras Públicas y Agricultura, Guerra y Marina, Hacienda y Crédito Público respectivamente, quedando como estaban en el Consejo de Ministros, los doctores Mejía Colindres, Jesús M. Alvarado y profesor Fiallos V.
El doctor Vicente Mejía Colindres como Presidente del Consejo de Ministros dio posesión de la Presidencia al segundo designado doctor Bográn, quien, inmediatamente después de prestar la promesa Constitucional dirigió al pueblo hondureño un manifiesto expresando su sentimiento por los horrores de la sangrienta lucha armada reciente. Dijo: “La revolución emprendida para restaurar la libertad electoral, no ha sido estéril, también para los principios de autonomía y de democracia comprometidos por una política de imposición desenfrenada… Sensible ha sido que para alcanzar tales fines no haya podido ahorrarse al país los sacrificios de la guerra”.
“El país –continuaba diciendo en su manifiesto el presidente doctor Bográn-, que no ha luchado por el fin mezquino de colocar en el poder a un hombre en reemplazo de otro, sino que ha perseguido un ideal elevado, prosperará en paz bajo el Gobierno que emane de lo que debiendo ser únicamente una evolución pacífica en el desarrollo de sus instituciones, ha venido a ser una crisis cruenta”.
“Más si no se reparan hasta donde sea posible los males ocasionados por la imposición, y sobre todo, si no se dan garantías efectivas y serias al voto popular, la situación presente traerá consigo una tregua en la lucha y de intereses y de pasiones; pero no la pacificación definitiva de la Nación, a la que debe aspirarse”.
“…Deseo que se tome nota de que cumpliré fiel, leal y honradamente con el deber que la Ley impone, garantizando a todos los ciudadanos el ejercicio amplio y libre del derecho del sufragio”.
¿Se repararon los males ocasionados por la imposición de Sierra, o los ocasionados por la del doctor Bertrand? La tregua en la lucha de intereses y pasiones fue corta. Quienes acaudillaron la guerra para garantizar el ejercicio amplio y libre del derecho de sufragio, olvidaron pronto los sacrificios del pueblo entero. La cruenta crisis quedaba en pie.
¿Cumplió el doctor Bográn con las promesas hechas al pueblo en su histórico mensaje? “Vuestra grandiosa revolución recién pasada constituye una manifestación práctica de la voluntad popular”, dijo el Presidente del Consejo de Ministros don Vicente Mejía Colindres al doctor Bográn, que asumía la Presidencia de la República. El tiempo se encargó de demostrar que de nada sirvieron tantos esfuerzos y que nada edificaron tantas y tan bonitas palabras.
Se giraron circulares. El doctor Mejía Colindres, Ministro de Gobernación decía en una de ellas. “El imperio de la ley ha sustituido al régimen arbitrario. Los funcionarios públicos debemos tener presente en cada uno de los actos encomendados al cargo que desempeñamos, y en esta hora, especialmente en lo que se relaciona con la contienda electoral en que está empeñado el pueblo hondureño”. ¿Se acataron estas circulares? ¿Ejerció con libertad el derecho de sufragio el electorado hondureño?
Las elecciones se practicaron sin oposición. El engranaje administrativo lo controlaban el lópezgutierrismo que tenía en pie un ejército armado. El día 3 de diciembre el presidente Bográn nombró Ministro de la Guerra en lugar del general Vicente Tosta Carrasco, al general Rafael López Gutiérrez, ya Presidente electo. La obra se consumaba. El pueblo podía confiar ciegamente en las promesas del nuevo mandatario cuya comodidad y descanso sacrificaba en aras de la tranquilidad y bienestar de quienes acababan de agarrarse a la greña para que el gobierno emanara de la práctica libre del derecho de sufragio.
El doctor Bográn, un hombre sano, sin pasiones políticas, sin ambiciones inmoderadas, sin prejuicios, sin odios, llegó a la Presidencia de la República por uno de esos caprichos del destino. Ciudadano amante de hogar, de la vida tranquila, sacrificaba en verdad comodidad y bienestar para cumplir con el deber que le imponía su condición de hondureño prominente amante de la patria. Creyó poderla servir lo mejor y acaso pudo. Pero las circunstancias en que le tocó tomar las riendas del poder, no eran las más propicias para poner en marcha un plan de reconstrucción y fraternización nacional, lo más primordial para aliviar un tanto los males que sufría en momentos tales el pueblo hondureño. Y no le quedó más alternativa que someterse dócilmente a los dictados de una política de fuerza y arbitrariedad, y ver con profunda decepción, cómo aquellos que fueron a la manigua para venir a cambiar un sistema de Gobierno que violaba las libertades y derechos ciudadanos, repetían lo mismo.
Esperó con ansiedad el doctor Bográn el día de poder descargar de sus hombros la tremenda responsabilidad que sobre ellos pesaba. Y con amargura quizás, encaminó sus pasos hacia el seno del hogar. Pero si el doctor Bográn era un hondureño patriota, no es posible que haya vuelto a encontrar en su hogar, aquella comodidad y descanso dejados atrás cuando encaminó sus pasos para asumir la Primera Magistratura de la Nación desde cuya altura, habló de concordia, de paz, de respeto a la libertad y al derecho, sin lograr ser escuchado ni atendido.
Fuente: latribuna.hn


