07 Noviembre 2015
Por: Ismael Zepeda Ordóñez.
La señorial Santa Rosa de los Llanos ha tenido una rica tradición en la enseñanza, tanto pública como privada. Entre 1798 y 1918, el cura Pedro Antonio Pineda organizó una Escuela de Primeras Letras. En los años 1820-1830 los padres de familias contrataron un maestro para brindar la formación básica a sus hijos y sostener el establecimiento educativo con una contribución mensual por alumno. Para 1830, la municipalidad de Santa Rosa apoyó al sacerdote Francisco de Paula Campoy y Pérez para que iniciara una escuela en las instalaciones del cabildo. En 1841, aprovechando la creación de las “juntas de prosperidad”, la municipalidad con fondos propios y a poyo del gobierno central, inauguraron una escuela de carácter pública denominada: “Escuela Aurora de la ciudad de Santa Rosa de Copán”, oficializándola para el año lectivo de 1843. Esa iniciativa recibió el respaldo del entonces obispo Campoy y Pérez,
antiguo párroco de la iglesia de Santa Rosa de los Llanos. En 1858, se estableció la Escuela de Niñas bajo la dirección de la maestra Virginia Matute. En el breve gobierno de Victoriano Castellanos, mayo-diciembre de 1862, el Estado autorizó fondos de la factoría de Tabacos y algunos bienes para que la Escuela de Niñas atendiera a una población más amplia, y no solamente a las que sus padres pudieran satisfacer los gastos de mantenimiento de la preceptora. Con la creación del departamento de Copán en mayo de 1869, las perspectivas de la educación mejoraron sustancialmente. El 8 de octubre de 1874, durante el gobierno de Ponciano Leiva, se creó el Instituto Científico de San Carlos para satisfacer la demanda de educación secundaria a toda una población de egresados de las escuelas primarias del departamento y zonas circunvecinas. La creciente población de egresados del nivel medio requirió de estudios universitarios para el ciclo educativo superior. Así, pues, la administración del presidente Marco Aurelio Soto decretó la fundación de la Universidad Nacional de Occidente mediante decreto 47 del 3 de abril de 1879. Esta iniciativa fue muy aplaudida por la población local y las familias de occidente que mandaban a sus hijos a la Universidad de San Carlos en ciudad Guatemala, volvieron sus ojos a Santa Rosa de Copán. Era una perfecta oportunidad para que sus hijos recibieran una formación universitaria en tierras hondureñas. La efímera existencia de la Universidad de Occidente, 1879-1885, estuvo marcada por esos naturales conflictos de carácter local derivados de las disputas ideológicas. La diversidad de personalidades como catedráticos, unos de formación eclesial, otros liberales, otros seguidores del “medinismo” y otros partidarios de los intereses salvadoreños y otros de Guatemala; lejos de mirar riqueza en la diversidad, tarde o temprano iban a producir un estallido entro y fuera del establecimiento universitario, como se pudo verificar con el abandono del hábito del rector presbítero José María Rodríguez y la polémica del ministro Rosa, contando, además, el levantamiento del general Emilio Delgado contra la administración de Bográn en 1885. Y un conflicto donde se entrecruzan aspectos personales y políticos es la contratación del bachiller Adán Cuevas, y por cuya conducta hostil a los estudiantes, estos se pronunciaron en la forma siguiente: “Señor presidente de la República de Honduras, con la confianza que generalmente se tiene en aquellas personas que rigen los destinos de un pueblo, en aquellas personas a quienes caracteriza una verdadera ilustración, en aquellas personas a quienes la humanidad ve prodigar sus derechos por el adelanto material e intelectual de su cara patria, y en aquellas a quienes este pueblo, renunciando una parte de su libertad, ha puesto sus risueñas esperanzas en la sabiduría de su administración y en aquellas en fin, a quienes el Eterno desde su excelso trono, ha dignado labrar el engrandecimiento de un Estado, y siendo el excelentísimo señor Soto, una de aquellas personas llamadas a regir los destinos del pueblo hondureño, siendo él una de aquellas personas caracterizadas por una verdadera ilustración y siendo él, en fin, aquella en quien Honduras ha puesto sus esperanzas, particularmente el pueblo de Santa rosa. Por primera vez, los alumnos de esta universidad, acompañados de sus padres y aún del mismo pueblo, levantan su voz ante el digno mandatario de la República, señor Soto, confiados en que vuestro benigno corazón no desoirá nuestras humildes súplicas y ni menos dejará desvanecidos nuestras esperanzas, en ese corazón lleno de grandes simpatías para sus compatriotas que jamás ha desmentido en nada la generosidad que abriga hacia ellos y en fin, digno señor, en ese corazón, terrible destructor de las tinieblas y amigos propagador verdadero de las luces, humildemente y con el mayor respeto nos dirigimos a vos, no pretendiendo tomar las armas de la calumnia para denigrar la reputación de ninguna persona, sino manifestar una verdad cuya evidencia es palpable a todo este vecindario, como vamos a demostraros: Que marchando esta universidad perfectamente bien con los catedráticos que hubo el año que acaba de terminar, durante el cual se han visto muchísimos adelantos, y siendo una de las causas de corrupción, la admisión del señor bachiller don Adán Cuevas a quien hemos tenido ya de catedrático y que por consiguiente conocemos perfectamente su conducta en lo interior y exterior del establecimiento: No negamos que sea un joven de esperanzas, pero sus pasiones le conducen a la nada absolutamente, y si aún en la sociedad es inadmisible, mucho más en el establecimiento. Tampoco negamos su talento, pero sus vicios lo hacen incapaz para desempeñar cualquier cátedra que se le confiara, y bien comprendéis, señor, que el establecimiento necesita de hombres que lo honren y no que lo deshonren. Durante el tiempo que estuvo de catedrático, a pesar de los esfuerzos que nuestro rector hizo por moderar su conducta, valiéndose, ya de consejos, ya de prudentes advertencias, fue imposible poderlo conseguir. Todos los alumnos de la Universidad, sabemos que él ha prometido ante el gobierno del señor Soto, cambiar de conducta y conducirse como hombre honrado; pero el conocimiento que tenemos, de él y sus comportamientos, después que ha venido últimamente a esta población, nos hace creer que para que se verifique cambio tan extraordinario en el joven Cuevas, es necesario que su alma y su cuerpo sean transformados: Creemos, pues, que la colocación del señor Cuevas en la Universidad, sería un motivo de desorden. Además, la preocupación que todos los alumnos tenemos para con él, será un motivo suficiente para que su enseñanza por esmerada que fuera, no podrá jamás dar los frutos debidos. Así, pues, teniendo la firme convicción de que el gobierno del señor Soto, ha dado muestras inequívocas de su generoso empeño en la difusión de las luces, y siendo el joven Cuevas un obstáculo para que tan grandioso fin se consiga en este establecimiento, cuyos progresos le son tan conocidos, suplicamos, en conclusión al digno señor Soto, sea servido poner su influencia para que el señor Cuevas no sea causa del seguro trastorno de este hermoso plantel. Sabemos que el señor rector de esta universidad, viendo que la conducta del bachiller Cuevas es incompatible con la sana moralidad y buen orden con que debe regirse una juventud que se está ilustrando y, siéndole también imposible desairar una nota en que el señor ministro le recomienda al individuo arriba expresado, ha ocurrido al único medio que le quedaba para evitar dificultades, esto es, renunciar de la rectoría de la Universidad. Si el señor presidente lo tuviese a bien, desearíamos, no admitir la renuncia de la rectoría del señor Rodríguez (presbítero José María), que tan dignamente la desempeña, y bajo cuyo régimen esta juventud abriga las gratas esperanzas de poder servir algún día a su querida patria; no obstante, esto lo dejamos al prudente juicio de tan esclarecido señor. Señor presidente de la República de Honduras. Santa Rosa, 3 de diciembre de 1879. (F) Antonio Maradiaga, Ramón Rodríguez, Mariano Vásquez, Jerónimo Larios, Mariano Pineda, Basilio Chacón, Francisco Pineda, Eliseo Maradiaga, Francisco Benítez, Rodolfo Casaca, Filadelfo Barnica, Manuel F. Molina, Arnulfo Rolla, Jacobo Maradiaga, Miguel Rodríguez, Pedro Flores, José María Cobos. Carlos Pineda, diego Palacios, Rafael Leiva, Constantino Básquez, Daniel Pineda, Abraham Molina, Agustín López, Miguel Chacón, Luis Espinoza, Salvador Cuellar, José Antonio Figueroa, Miguel López, Joaquín Escoto, Antonio Gonzales, Juan Urquía, Miguel Contreras.
De los firmantes del documento, destacamos a Mariano Vásquez, brillante abogado juez de Letras de La Paz, gobernador político y diputado, escritor de temas jurídicos sobre los códigos patrios, ministro de instrucción pública, gobernación y justicia ministro de Relaciones Exteriores, magistrado a la Corte de Apelaciones y candidato a la vicepresidencia en la fórmula de Policarpo Bonilla en 1923. Esta decisión política de acompañar a Bonilla le generó enemistades con el cariísmo que duró hasta su muerte de 1935. Ferviente seguidor del general Manuel Bonilla.


