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BERTRAND, REELEGIDO, PROVOCA LA GUERRA DE 1919

29 Agosto 2015

 

No todos los mas lucidos de entre los hondureños, compartieron el entusiasmo que provoco la reelección de Francisco Bertrand, que tomo posesión de su cargo el 1 de febrero de 1916. Él no fue precisamente un hombre visionario. Era una  persona que, entre otras características, lo que más le gustaba, era el poder Su mayor virtud, hasta el final de su mandato cuando arruino todo lo que había sido su trayectoria, era cierta moderación que permitía tranquilizar o anular a los que podrían ser sus adversarios, lo que a la larga le produjo al país un clima de tranquilidad que, sin embargo no se tradujo en bienestar o desarrollo económico alguno. Al general Rafael López Gutiérrez que se le va  a rebelar en 1919, lo mantiene como Gobernador y Comandante militar del departamento de Tegucigalpa. Incluso, propalo en su momento el Presidente Bertrand que López Gutiérrez le había hecho propuestas para que continuara otro periodo al frente del Ejecutivo. Bertrand era liberal de los de antes, como se dice ahora, de los que creían que el gobierno no debía intervenir en la actividad económica y que lo único que podían hacer, era mantenerse al margen, dejando que las fuerzas del mercado operaran de acuerdo con su naturaleza y sus 

intereses. Sin embargo, Mariñas Otero no está del todo de acuerdo, cuando dice que “durante su gobierno, Honduras experimento un cierto auge económico consecuencia de la guerra mundial, aunque sus benéficos efectos se circunscribieron a la zona norte del país, sin que apenas alcanzase a las otras regiones, fuera de la economía bananera de la misma” ( Luis Mariñas Otero, La Evolución del Estado Liberal, en Honduras: del enclave bananero a la democracia formal, Lecturas de Historia de Honduras, Rubén Darío Paz, compilador, página 81). En cambio  Paulino Valladares dejo escrito que “Nada perdurable realizo el doctor Bertrand como Jefe del Estado de Honduras durante siete años de gobierno” (Lucas Paredes, El Drama Político de Honduras, página 253). Luis Mejía Moreno, coincide con Valladares al decir que “tampoco recodamos qué hizo de obra material el doctor Bertrand en su gobierno provisional y en el tiempo en que ocupo la  Presidencia como Vice, en lugar del general Bonilla; ni en los órdenes otros de su administración más que depositar el poder en el doctor Alberto Membreño, para poder ser candidato y continuar en el poder, llevar la carretera del norte desde Santa Cruz, hasta Rancho Chiquito, o sea ya cerca de la Boca de las Vueltas, es decir, la siguió donde la había dejado Sierra hacia 15 años, aproximadamente. Compro al doctor Jerónimo Zelaya la casa y solar que hoy ocupa la Casa Presidencial, que comenzó a construir, dejando una deuda de regular monto quien pago el presidente López Gutiérrez. No recordamos más” (Luis Mejía Moreno, El Calvario de un Pueblo, pagina 9). Esto no debe sorprendernos. La mayoría de los gobernantes hasta entonces, dedicaban su tiempo en defenderse de sus adversarios, neutralizándolos o contentándolos. Además, los ingresos públicos eran tan limitados que, apenas alcanzaban para pagar a los empleados de la administración. Por ello creemos que su mayor error, fue su interés en continuar en el poder, para lo cual se transformó en el gran elector primero, para después convertirse en descalificador de las candidaturas ajenas a su voluntad, imponiendo la de su concuño Nazario Soriano, lo que provoco la guerra civil de 1919 y su salida de la Presidencia de la Republica por una forzada renuncia que le impusieran los Estados Unidos. Lucas Paredes dice que Bertrand, “con la intensión de quedarse en el poder, provoco en las postrimerías de su periodo un movimiento unionista. Ha sonado el viejo esquilón – decía el doctor (Paulino) Valladares—y su eco estremeció de uno al otro confín del Istmo, pero el ideal morazánico no servía más que para disfrazar las ocultas intenciones del doctor Bertrand” (Paredes, 254). Como para entonces Honduras le había declarado la guerra a Alemania, algunos le insinuaron a Bertrand que aprovechara la situación para justificar la continuidad en el Ejecutivo. “Pero Bertrand titubeo y abandono el propósito” (Paredes, 254). Pasado el entusiasmo unionista y terminada la Primera Guerra Mundial, empezaron a barajarse candidaturas para sucederle, en vista que su periodo tenía que terminar el 31 de enero de 1920. Teniendo una sociedad tan poco democrática, no fueron pocos los que creyeron que la única alternativa para que después de 1920, no se provocara un clima de inestabilidad en el país, era la continuidad de Bertrand. O, para lo cual creían – hijos de su tiempo – que la única alternativa era una candidatura única que contara con el respaldo del Presidente Bertrand. Este prometía el apoyo a casi todos los que de alguna forma expresaban interés en el cargo. Pero nadie conocía sus intenciones. Primero le ofreció apoyo a su ministro de gobernación Francisco J. Mejía; “a su ministro de Guerra doctor Jerónimo J. Reina, a su ministro de Relaciones Exteriores doctor Mariano Vásquez; a su Comandante de Armas y Gobernador Político de Tegucigalpa general Rafael López Gutiérrez y a su leal amigo y decidido colaborador doctor Alberto Membreño, Vicepresidente de la Republica” (Paredes, 256). Pero en el fondo, no quería a ninguno de los mencionados a los cuales, descalificaba en privado. Por ejemplo a López Gutiérrez lo excluía por la edad y falta de carácter. A Mejía, lo acusaba de despótico. Ángel Zúñiga Huete, en un panfleto político que cita Paredes, dice que “A mediados del gobierno de Bertrand, se habló entre algunos liberales que hacían tertulia en la redacción de El Cronista, de organizar al liberalismo, para hacer a su tiempo una propaganda eficaz encaminada a la conquista del poder. Se trataba de manera deliberada, de dar respaldo y perfilar ante la opinión publica la personalidad del ingeniero don Rosendo Contreras V. liberal calificado y de relevantes capacidades y que aparecía como caudillo del proyectado Partido Evolucionista”. Esta idea tampoco tuvo un final feliz. Más bien, para principios de 1918, uno de los amigos del Presidente Bertrand, nativo como el de Juticalpa, el doctor Ernesto Argueta, reunió en su casa de habitación a varios lideres liberales, con el propósito de sumar al Partido Liberal “al carro de trofeos del bando reaccionario e impositor que postulo la candidatura presidencial del doctor Nazario Soriano” (Paredes 257) Este, su concuño, era el candidato de Bertrand. Hombre de méritos profesionales; pero absolutamente desconocido porque la mayor parte de su vida había transcurrido en El Salvador. La lucha política se acaloro dividiendo a la opinión pública en tres grupos. Por el Partido Nacional Democrático: los doctores Alberto Membreño– Antonio Madrid; por el Partido Liberal Republicano, el general Rafael López Gutiérrez—doctor José María Ochoa Velásquez; por el sector oficial los doctores Nazario Soriano—Ernesto Argueta. Para sacar adelante su fórmula, el sector oficial, puso a disposición de Soriano y Argueta todo el respaldo público. Hasta de los telegrafistas que eran tan decisorios para trasmitir los resultados. El 18 de julio de 1919, el gobierno cerro  imprentas en donde se producían hojas sueltas y periódicos favorables a la oposición y “se ordenó la aprensión de prominentes ciudadanos que no seguían su política impositora, quedando desde ese día el país virtualmente bajo el régimen dictatorial. Los empleados públicos recibieron instrucciones terminantes de imponer en la forma que hubiese lugar, la candidatura Soriano—Argueta” (Paredes, 260) Los liberales, que seguían a López Gutiérrez en su mayoría no lo aceptaron. Tampoco los manuelistas; ni los membreñistas. Otra vez, se impuso la guerra civil como solución. López Gutiérrez logro salir de la capital, en dirección a Nicaragua, desde donde regreso a combatir al régimen de Bertrand. Y en la Esperanza, Gracias y Santa Rosa de Copan, se alzaron en armas José Ramírez – que murió en las primeras acciones en Gracias – Vicente Tosta Carrasco, Gregorio Ferrera, Luis Mejía Moreno y J. Ernesto Alvarado. La capital, el único lugar que controlaba el gobierno, fue rodeada por las fuerzas revolucionarias. Ante tal situación, el ministro de los Estados Unidos acreditado en Tegucigalpa, Sambola Jones, intimó primero y obligó después, a que el Presidente Bertrand presentara su renuncia. Refiere Paredes que Jones obró por su propia iniciativa, en vista que el gobierno de USA nunca aprobó sus acciones. Pero su decisión evito que país continuara ensangrentándose y Bertrand en contra de su voluntad, el 9 de septiembre de 1919, emitió un decreto en el que determino “que motivos de conveniencia para la paz y la tranquilidad de la Republica me obligan a abandonar al país; Por Tanto: Articulo Único: Deposito, desde esta fecha, el Poder Ejecutivo en el Consejo de Ministros”, el que estaba integrado por Salvador Aguirre, Santiago Meza Calix, Jesús Bendaña, Héctor Valenzuela, Leopoldo Córdova y Federico A. Smith. El Consejo de Ministros se dirigió al pueblo hondureño, estableciendo que “Ante todo precisa haceros esta sincera declaración. El Poder Ejecutivo de Honduras, ejercido por el Consejo de Ministros, tiene como puntos esenciales de su programa los siguientes: 1º. Gobernar durante el tiempo el tiempo que por las circunstancias y la Ley corresponda, con todo elemento honrado y sano del país, sin distinción de bandera o color político. 2º. Emplear todos los medios decorosos y compatibles con la dignidad del gobierno para conseguir una inmediata suspensión de hostilidades entre las tropas del gobierno y las fuerzas revolucionarias, como el primer paso para una paz perdurable y provechosa; y 3º. Encausar al país, hasta donde sea posible, dadas las condiciones anormales del gobierno por la vía de la legalidad administrativa”. De conformidad a la ley, la Presidencia le correspondía a Alberto Membreño que se encontraba asilado en Guatemala; pero este declino el cargo, el 11 de septiembre de 1919 por “razones de salud”. Ante tal situación se llamó al doctor Nazario Soriano, a quien el Congreso había elegido en enero de mismo año, como Primer Designado, pero este no pudo ser encontrado porque había huido en la caravana en la que Bertrand abandono al país, bajo la protección de la bandera de los Estados Unidos. Ante tal hecho, el Congreso encargo el desempeño del poder ejecutivo a Francisco Bogan, que ejerció el mando desde el 5 de octubre de 1919 hasta el 1 de enero de 1920. En esa fecha, le entrego el cargo de Presidente de la Republica al general Rafael López Gutiérrez que, en elecciones celebradas en octubre de 1919, las había ganado sin oposición alguna. Al fin y al cabo era el triunfador armado indiscutible. El país recobro la calma,  muy poco tiempo después. La brecha de la irregularidad había sido abierta y con la llegada de López Gutiérrez se creaban las condiciones para que cuatro años después, de nuevo, la guerra civil se impusiera sobre la voluntad de los votos. Mejía Moreno que participo en el lado de los triunfadores, escribió un tiempo después que Francisco Bertrand, “aunque  nada material hubiera hecho, nos habría armonizado a nacionalistas y liberales, pues hubo oportunidad, después que desapareció la candidatura (Francisco J.) Mejía–Reina. Supimos que en Nueva Orleans se arrepentía de no haber hecho eso; pero es que la escuela que hemos tenido de solo ver hacia atrás, con el odio a espaldas, y el presente con la pitanza a la mano, no nos ha dejado ver el porvenir” (Mejía Moreno, El Calvario de un Pueblo, página 94). Entendió que se había equivocado al creer que Estados Unidos siempre lo respaldaría, que los líderes políticos no se rebelarían de nuevo, y que la sucesión presidencial, no se impondría por segunda vez. Con el como participante. En la primera, como ganador y  en  1919 como perdedor.

Tegucigalpa, agosto 24 del 2015