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LA REELECCION DEL PRESIDENTE FRANCISCO BERTRAND (1/3)

15 Agosto 2015

Por: Juan Ramón Martínez.

Francisco Bertrand, médico de profesión, nacido en Juticalpa Olancho, fue elegido vicepresidente en la formula triunfadora que tomo posesión del Poder Ejecutivo en el año de 1911. Encabezaba  la formula, el general Manuel Bonilla, que no pudo terminar su periodo por haber fallecido  el 21 de marzo 1913. Le sucedió en el cargo el vicepresidente Francisco Bertrand. Paulino Valladares, el más brillante periodista de entonces escribió que” muerto el general Bonilla, de acuerdo con el espíritu de la famosa Constitución de 1894 procedía la inmediata convocatoria a elecciones. Pero como no estaba muy explícita la Ley, Bertrand guardo, y muy a su sabor termino, el plazo de tres años. ¿Para qué iba Bertrand a intentar la reforma de una carta (la Constitución) que tan fácilmente le proporcionaba el ejercicio de la Presidencia?” (Citado por Lucas Paredes, en el Drama Político de Honduras, páginas 247 y 248).

Bertrand era un hombre comedido, inteligente y poco sectario, aparentemente. Como otros, con el tiempo iría sacando las uñas. Por ello, hizo dos cosas: le dio continuidad a la labor del ex presidente Bonilla y continúo con su gobierno de moderación y de amplia participación de todos los grupos políticos, valorando más los méritos que la militancia partidarias. Se produjo, como consecuencia de este estilo sosegado de gobernar, en el país “un aire de tranquilidad. De nuevo la seguridad establecida, permitió que las tierras abandonadas volvieran a ser cultivadas por sus dueños y los hondureños que habían abandonado al país como efecto de las luchas revolucionarias, regresaron al seno de la Patria “entregándose a sus quehaceres sin ser molestados por las autoridades” (Lucas Paredes, obra citada, página 248).

En el año 1914, al acercarse el fin del periodo constitucional del Presidente Bertrand, el tema de quien sería su sucesor empezó a aflorar en el interior de las conversaciones, tertulias e incluso en los pocos periódicos que circulaban a nivel nacional. Dice Lucas Paredes que “eran muchos los nombres que se barajaban, inclusive el del mismo Presidente de la Republica”. Juan Ángel Arias, que no se había curado de las ambiciones que le habían llevado a provocar la guerra civil de 1903, en las que había sido derrotado por la Revolución encabezada por el general Manuel Bonilla, arribo al país, con el fin de tantear el ambiente y tomarle el pulso a la opinión pública, para verificar si su candidatura podía tener alguna posibilidad. Para entonces, el Presidente Bertrand – como muchos otros en el pasado – le había entrado el gusanillo de la reelección. Por ello es que, contrario a la imagen de moderación que trasmitía públicamente, según refiere Paredes, “los tanteos de del doctor Arias no tuvieron buen resultado por la advertencia terminante y oportuna que le mando a hacer el Presidente Bertrand por intermedio del Comandante de Armas y Gobernador Político de Tegucigalpa general Antonio Monterroso, ya que Bertrand estaba más o menos decidido a no tener contrincantes”. Como es natural, con tal advertencia, Arias toma conciencia que su candidatura era difícil, en vista que tenía que enfrentarse al propio Presidente Bertrand que había tomado para entonces, la decisión de reelegirse en el cargo. Y como había conocido el comportamiento del Presidente Sierra, en su oposición a Manuel Bonilla en la campaña electoral de 1902, se dio cuenta que no podía enfrentársele con éxito la oposición al Presidente de la Republica. (Paredes, 248) Paulino Valladares que desde “El Cronista” dominaba la escasa opinión pública que existía en el país, especialmente por medio del editorial que publicaba diariamente. Se mantenía atento a lo que estaba pasando. Inteligente como era, anticipaba por donde iban las cosas. Estaba convencido de dos cuestiones: que Bertrand haría hasta lo imposible para seguir en el cargo y que para ello, eliminaría a cualquiera que tuviera i8ntenciones, fuerzas y posibilidades para obstaculizar sus planes de reelegirse y continuar en la titularidad del Ejecutivo. Refirió entonces Paulino Valladares que “el doctor Bertrand solía llamarnos a su despacho para cosas sin importancia, y rara vez. A principios de noviembre de 1914, recibimos de él, una tarjeta citándonos para ese mismo día. Aunque ya se hablaba del debate cívico del año próximo de 1915, no sospechábamos siquiera el objeto de la entrevista que se nos proponía. Después del saludo, sin preámbulo alguno, el señor Bertrand nos dio a leer la opinión que sobre el caso de su reelección había escrito en Costa Rica el doctor don Manuel Dieguez. Mientras nosotros pasábamos la vista por el pliego de referencia, el doctor Bertrand, muy animado, nos decía: “Fíjese usted la lógica de acero de ese estudio”.

Al terminar la lectura, pusimos sobre una mesa inmediata la opinión del señor Dieguez, y volviéndonos al doctor Bertrand le dijimos: “Nosotros, señor Presidente, ni siquiera discutimos el caso constitucional a que se refiere el señor Dieguez. Las instituciones de un país arrancan de su historia y de la índole especial del pueblo. Un extraño puede hallar factible en la letra de la Ley la reelección en Honduras; pero usted sabe, señor, que si algo justifica la dilatada y sangrienta guerra de 1892, 1893 y 1894, fueron los continuismos del doctor Marco Aurelio Soto y del general Luis Bogan. La Constitución de 1894, tenía que ser consecuente con el sentimiento de la revolución. Por mal redactada que este, su intención es transparente”

“— Es cierto—nos contestó el doctor Bertrand.

“—Hay más, –agregamos nosotros–. Conforme al espíritu de esa misma Constitución, usted debió convocar a elecciones un mes después de muerte el general don Manuel Bonilla. Cuando el gobernante desaparece un año antes de concluir su periodo, entonces, lo termina el sustituto. Pero si el fallecimiento ocurre antes, hay que proceder a nueva elección. El general Bonilla murió tres años antes de terminar su plazo legal”

“Asintió también el doctor Bertrand a esa observación, y en el curso de la plática nos explicó la necesidad que hubo, para mantener la tranquilidad social, de no agitar los ánimos con perspectivas eleccionarias”.

Si Valladares creyó que había convencido al Presidente Bertrand que no era legal su pretensión de reelegirse para un nuevo periodo presidencial, se equivocó. Bertrand estaba decidido a buscar los medios para lograr la reelección en el cargo. El poder se había convertido para el gobernante en una necesidad; y para lograrla, estaba dispuesto a ejecutar todos los medios que le permitieran las circunstancias. Los hechos que narraremos después, así lo confirmaron. (Continuara)