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HONDURAS: ¿Puede vivir sin los militares?

01 Agosto 2015

 

TEGUCIGALPA. 1981 es el año de la ineficacia administrativa, de una tremenda crisis económica; pero también la fuente de la mayor de las esperanzas. Pese a todas las dificultades, durante este año la oblación hondureña, cerca de tres millones ha empezado a sentir que la solución de sus problemas está a la vuelta de la esquina y que sus dificultades se han terminado. Concluido su proceso electoral, han depositado su esperanza en el Partido Liberal y su candidato Roberto Suazo Córdova el que junto con el apoyo económico de Estados Unidos se enfrentará a la tarea de frenar la inflación, corregir las desviaciones del gasto público y evitar –con la mayor sutileza- que los militares abandonen nuevamente sus cuarteles para implicarse nuevamente en la administración pública.

UNA GRAVE SITUACION ECONOMICA

 

Desde mediados de 1969, fecha en que Honduras libra una breve pero sangrienta guerra con El Salvador por razones todavía no bien esclarecidas, esta nación centroamericana ha ido hundiéndose en una tremenda crisis económica. Como corolario de la guerra, Honduras abandonó el esquema de integración centroamericana que si bien no le favorecía totalmente por su menor desarrollo relativo, por lo menos le permitía ir sobreviviendo artificialmente, gracias al apoyo que le brindaban los mecanismos de integración creados por los capitales estadounidenses afincados en la región para los que la presencia agrícola de Honduras tenía una singular importancia. Alejada del esquema integracionista, Honduras tuvo que buscar relaciones bilaterales con los demás países de la región. Hasta el año 1971 se inician estas negociaciones con el Gobierno de Nicaragua –el más cercano políticamente a Honduras- el que concluye con un tratado firmado el año siguiente. En 1973 se firman tratados iguales con Guatemala, Costa Rica y Panamá. Sin embargo tales tratados bilaterales no produjeron como dicen los empresarios hondureños en un reciente comunicado público “su pleno efecto en el intercambio centroamericano hasta 1974”. Mientras tanto el país soportaba una economía de guerra en la que importantes cantidades de recursos se destinaban a fortalecer las fuerzas armadas, derrotadas por falta de equipo en la confrontación con los salvadoreños, a calmarlos ánimos de la población de los sectores populares que exigían reformas y a ha hacer –de manera desproporcionada como se verían muchos años después- una burocracia que en la medida en que se ampliaba demostraba su ineficiencia y su falta de sentido de compromiso con el futuro del país. La incomodidad de los sectores populares fueron paliadas gracias a importantes reformas introducidas desde la cúpula del Estado y por medio de las cuales se crearon los mecanismos adecuados para crear canales de comunicación entre el pueblo y el poder y por la otra, los mecanismos  para debilitar la posibilidad de que las contradicciones entre las clases sociales llegaran a límites inmanejables.

Pese a las reformas impulsadas entre 1972 – 75 y por medio de las cuales en el plano estrictamente económico se intentaba dar impulso al surgimiento de capitalismo nacional –tradicionalmente bloqueadas sus posibilidades desde que el capitalismo estadounidense forjó el enclave bananero en las mejores tierras del país- la economía nacional no reaccionó. En la década de 1970 al 80, la tasa de crecimiento del país ha sido apenas el 4% y el crecimiento de su población anda cerca del 3.2%. Los empresarios nacionales por su parte, no han podido hacer funcionar el aparato productivo, afectando el crecimiento de los puestos de trabajo, lo que ha determinado una de las tasas más altas de desempleo que ha contemplado el país en los últimos cincuenta años: más de doscientos mil hondureños, de una fuerza productiva de aproximadamente 750,000 personas, no tienen una ocupación remunerada.

El gobierno por su parte, está enfrentado a un fuerte crecimiento en el déficit fiscal. Como es natural dicen los empresarios hondureños “ante un crecimiento fiscal y una limitación en la generación de recursos internos para atender la demanda nacional de financiamiento, se recurrió a incrementar la deuda pública total la cual ha pasado de L. 431.3 millones en 1972 a L. 2.200 millones en 1980, con una tasa decrecimiento anual del 23 por ciento para la externa y 20% para la interna”. En este cuadro de situación, es muy poco lo que falta para que el país se declare en quiebra en vista que si se analizan sus obligaciones por concepto de gastos corrientes, amortizaciones de sus deudas, se descubrirá que el país no tendrá otra alternativa que endeudarse más para cumplir con sus  obligaciones internacionales. El problema radica en que el endeudamiento tiene un límite y los hondureños están al borde del abismo.

LA CONCLUSION DE SU PROCESO ELECTORAL

Después de casi dieciocho años de gobernar, el 27 de enero próximo los militares le entregarán el poder al mismo partido al que se lo arrebataron en una madrugada del tres de octubre de 1963. El proceso ha sido largo: cinco largos años han pasado, desde que se elaboró la ley  electoral, hasta el momento en que los hondureños es una mayoría que no  admite dudas eligieron como su conductor a un doctor en medicina y cirugía sin mayor experiencia  administrativa pero con un fuerte carisma, el señor Roberto Suazo Córdova. El proceso electoral al que durante mucho tiempo se opusieron importantes segmentos de las Fuerzas Armadas, pudo llevar a feliz conclusión por la terca insistencia de las fuerzas económicas hondureñas muy golpeadas por las medidas económicas de los gobiernos militares, consideradas todas ellas en este plano como muy ineficientes- la ansiedad de los grupos populares por cambios en la administración pública, la crisis centroamericana general y la estrategia general de los Estados Unidos para el que la selecciones en Honduras, y en general la vía electoral es la única estrategia viable para estabilizar la crisis centroamericana.

El gobierno liberal tiene ante sí una enorme tarea. Por una parte tiene que configurar y ejecutar un proyecto político de desarrollo que esté a la altura de las expectativas que existen actualmente en la población y por la otra actuar de tal manera que no se produzca conflictos con su principal  aliado: la empresa privada del país. No hay duda que el gobierno que se inaugurará el 27 de enero de 1982, contará con amplio respaldo financiero de los Estados Unidos. Sin embargo, tal respaldo no será absoluto ni a  ojos cerrados. La administración Reaggan exigirá algunas garantías de carácter interno: que se mejore la administración pública, que se destierren las prácticas corruptas del pasado y que al frente de los  puestos claves se coloquen a los hombres más capaces y  honestos del país. Todas las condiciones son fáciles, menos la que se refiere al saneamiento de la administración pública. La corrupción ha sentado sus reales, e incluso tiene vinculaciones con algunos miembros de las Fuerzas Armadas. Cualquier gesto para rectificar errores y actos de mala fe, chocará en no pocas oportunidades con oficiales de las Fuerzas Armadas para los que será fácil argüir que al ofenderles a ellos personalmente, se está denigrando a la institución castrense. Y éste será un punto muy sensitivo. Incluso puede ser el detonante para que los militares puedan abandonar sus cuarteles y regresar al manejo de la administración pública.

LOS MILITARES, LASEGURIDAD NACIONAL Y LAS RELACIONES CON NICARAGUA

Pese a los deseos de los civiles hondureños, los militares seguirán  siendo una fuerza de singular importancia en el esquema político hondureño. Tanto por su propia fuerza interna, como por la debilidad de las instituciones políticas hondureñas –casi todos sus partidos son amorfas organizaciones electoreras con muy poca capacidad de  movilización- los militares serán un importante juez ante las decisiones del poder ejecutivo.

La idea de la seguridad nacional y la consiguiente convicción forjada en algunos cuarteles que la soberanía y la protección de la patria hondureña les corresponde exclusivamente a los cuadros armados, inquietará a muchos oficiales los que en su vehemencia –sincera o  hipócrita, no es el caso calificarla- exigirán al gobierno civil algunas limitaciones para  asegurar cierto equilibrio tolerado para permitir el funcionamiento de las instituciones civiles. Según  algunas fuentes militares estas condiciones serían del orden siguiente:

1. El  partido gobernante no deberá perseguir sus opositores políticos;
2.  No se debe desprestigiar en forman absoluta, en forma tal que se haga peligrar el respeto que el pueblo le tiene a las Fuerzas Armadas, la gestión de los militares en el ejercicio de la función pública, ni mucho menos ejecutar investigaciones u otras acciones similares;
3. No permitir la efervescencia de la tividad popular, sino hasta tanto no ponga en peligro la institucionalidad del país y
4. No hacer ningún compromiso en el exterior, que haga variar la tradicional posición anticomunista del ejército hondureño con respecto a la penetración soviética en la región.

¿Cómo podrá el señor Suazo Córdova cumplir estas condiciones y asegurar sin embargo que se mejore el nivel de vida de la población hondureña? Eso está por verse. Aunque se le acreditan habilidades de negociador y experto en establecer la autoridad, no son pocos los observadores que señalan que en el cercano futuro su administración estará erizada de problemas.

Y el primero será indudablemente de carácter externo: las relaciones con Nicaragua. Es evidente que estas tienden a desmejorar y que casi hay un clima de preguerra. Si la situación internacional se deteriora, es casi seguro que Honduras tendrá que enfrentarse en una guerra con el Gobierno Sandinista y cuando tal cosa ocurra el señor Suazo Córdova tendrá que usar todo su prestigio  -incluso corriendo el riesgo de perderlo en la jugada-  para convencer a los hondureños que algo tienen que  ganar en una guerra con sus vecinos del sur.

Para muchos observadores, Enero será un año difícil para Centroamérica. Para los hondureños sin embargo será de mucha esperanza:  inaugurarán un nuevo gobierno y los nuevos equipos de gobernantes se enfrentarán a la enorme tarea de darle a esta nación centroamericana una demostración palpable que por el camino de las elecciones es más fácil escoger a los gobernantes que por la vía de la guerrilla y la revolución. Los hondureños han apostado a la vía electoral y muchos centroamericanos cruzamos los  dedos para que las cosas les salgan mejor que como les ha ido en este año de 1981 que entre todas sus calamidades tiene la virtud de haberse terminado.

Juan Ramón Martínez
Fuente: Panorama Político Centroamericano – Dic. 1981