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De germanófilo a creyente que Washington decide todo

19 Octubre 2014

 

Medardo Mejía

Poco tiempo después de haber llegado a la dirección de “El Cronista”, estalló la primera guerra mundial. Nos parece que Valladares no profundizó lo suficiente el significado de aquella espantosa conflagración. No supo comprender la causa de los pueblos del mundo, ansiosos de liberad, bienestar y paz, ni el interés siniestro de los grandes bloques imperialistas en pugna.

Por eso,  indiscriminadamente, se alineó del lado de Alemania, que había arrojado sus pesados ejércitos sobre las campiñas francesas. Se deslumbró con las proclamas  mesiánicas de Guillermo II, con las primeras victorias de los mariscales germanos y con la fúnebre vistosidad de los Húsares de la Muerte. Como se obstinara en su germanismo, el pueblo hondureño le hizo objeto de sus burlas. Este pueblo simpatizaba con los franceses, sin llegar hasta la hondura de la tragedia y al darse cuenta de que había en el país un partidario de los Hindenburg y de los Ludenforff,  bautizó al periodista con el apodo de Paulinoff.

Este sobrenombre no se lo quitó a lo largo de la guerra. Pero el director de “El Cronista” era vivo. La viveza es una singularidad hondureña, que  denota descaro en el cambio de opinión y en el traslado a una nueva militancia política. Así es que cuando vio que Alemania sería derrotada inevitablemente, con mucha frescura se pasó a los aliados. De  modo que al llegar la victoria de 1918, Paulino ya escribía sobre la gloria de los grandes conductores de la guerra. Sobre Wilson, Lloyd George y Celmenceau. Sostenía que los catorce puntos de Wilson darían a la humanidad la paz permanente de los visionarios de la historia.  Y hasta citaba con frecuencia aquel reino de armonía y de dicha de Dante Allighiere. También aquí se había equivocado. No lo decimos nosotros. Lo dice la segunda guerra mundial.

Siempre al citar al periodista, lo llamamos Paulino confianzudamente.  Es que así lo llamaba el pueblo. En los círculos menos populares se le decía Valladares. En un caso había distinción, por aquello de que existía don Leandro Valladares,  persona eminente del Derecho. En otro caso se repetía con  él  la estimación del pueblo, que al doctor Policarpo Bonilla le llamaba simplemente don Policarpo, y al general Manuel Bonilla, don Manuel.

De 1918 en adelante, Paulino ya no quiso seguir dudando de que los Estados Unidos dictaban la política continental. Nunca reveló en público su pensamiento íntimo acerca de esta verdad. Jamás dio a entender si en el nuevo paralelogramo de fuerzas continentales estaba a favor o en contra de los Estados Unidos. Pero eminentemente objetivo en sus apreciaciones, no se salía de las realidades actuantes. En la aceptación de estas realidades, llegó a acuñar una frase que la siguen recordando cuantos incapaces de creación suelen discurrir con ideas ajenas. Decía con el objeto de indicar que los principales asuntos públicos debían consultarse.