19 Octubre 2014
Señores:
¡Qué gran crimen acaba de perpetrar la muerte!, exclamaba el Conde de Lamark al saber que Mirabeau había exhalado el postrimer suspiro. Si pudiéramos comparar las cosas mínimamente pequeñas a las inmensamente grandes, esa exclamación que repercutió en el mundo a eclipsarse en medio de su brillante carrera al tribuno gigantesco cuya palabra de fuego fulminaba como el rayo desde el Sinaí de la revolución, podríamos repetirla de buen grado, sin exageración y sin hipérbole, ante la tumba modesta, pero venerada y querida, que acaba de abrirse ante nuestros ojos atónitos.
¡Don Francisco Botelo ha muerto! Esta funesta noticia, divulgada con velocidad eléctrica por todos los ángulos de la ciudad, ha llevado la sorpresa, la consternación y las lágrimas al seno de nuestras familias; ha cubierto con un crespón fúnebre este santuario de la ciencia y ha herido profundamente toda las fibras de la sensibilidad nacional. ¡El señor Botelo acaba de dejar su asiento en la Cátedra de la Universidad! ¡La muerte le sorprendió repentinamente en su camino!
Ciudadano excepcional el señor Botelo, superior, muy superior a nuestras miserables disensiones, era dueño del afecto y de la estimación general; bajando al sepulcro, ¡cosa rara, muy rara a la verdad!, sin dejar atrás una sola sombra, un solo resentimiento que deje de hacernos venerada y querida su memoria.
El señor Botelo era un hombre vaciado en los moldes antiguos, que parece se han roto para siempre. Probidad acrisolada, carácter firme e indomable, sentimientos de caballerosidad y de justicia hondamente arraigados, moralidad a toda prueba, fanático apego por el cumplimiento de la ley y del deber, liberal, verdadero liberal, liberal en la aceptación casi divina que la ciencia social ha dado a esta palabra, el señor Botelo era el tipo cabal del hombre de bien y del verdadero ciudadano; tales como se necesitan, y como no pueden menos de ser, para que nuestras sociedades se levanten, para que nuestras sociedades marchen restañando sus pasadas heridas; para que el yo egoísta, indiferente y frío, dé lugar y campo a los expansivos y dulces sentimientos de patria; para que el patriotismo, que consiste en el trabajo, en el sacrificio y en el martirio por la patria, reemplace al patriotismo estrecho, al patriotismo mezquino, al patriotismo escalera, hipócrita careta que disfraza a todos los ambiciosos, a todos los mercachifles políticos; para que la fraternidad y la concordia vengan después de la división del odio y las venganzas, ahogando, sepultando hasta en nuestros recuerdos, esas carnicerías humanas que bautizamos con el nombre de guerra; en una palabra para que la República deje de ser un sarcasmo y la democracia una mentira.
El señor Botelo, hijo de padres honorables, fue educado en Guatemala. Es allí donde se familiarizó con el idioma de Cicerón y de Salustio, de Horacio y de Virgilio; es de allí de donde regresó a esta ciudad, su cuna, completamente formado. Aislado, completamente aislado durante largo tiempo, fue en los últimos años de la Administración del Doctor Lindo que se le nombró, no sin asombro de muchos, Juez de 1ª Instancia de este departamento.
Era un verdadero y nuevo astro de justicia que se levantaba en nuestro turbio y cargado horizonte; era ésta una ocasión, muy rara por cierto entre nosotros, en que el mérito modesto, en que la virtud republicana era llamada a ocupar un puesto público, con desprecio de las aspiraciones bastardas y de los juegos de la intriga. Desde entonces podemos decir que el señor Botelo se consagró por completo al servicio de la patria.
Llamado a ocupar la Cátedra de Latinidad en la Universidad, la sirvió con tal acopio de ciencia, con tal asiduidad, con tal desprendimiento, que el duelo que hoy nubla nuestros corazones es la mejor y más elocuente apología de sus importantísimos servicios. ¿Qué padre de familia no conserva todo el tesoro de su gratitud para el Catedrático modelo, que al enseñar a sus alumnos la lengua de los Fabios, Comilos y Escipiones, parecía trasladar a sus jóvenes pechos la adusta severidad de la virtud antigua? ¿Qué joven que sienta latir un corazón de hombre no llevará el tributo de su lágrimas ante la tumba venerada y querida que guarda para siempre al más solícito de los maestros y al mejor de los amigos?
Tegucigalpa señores; Honduras, la patria entera, ha hecho una pérdida tan irreparable y dolorosa, que no podremos jamás lamentar dignamente.
El Magistrado incorruptible e íntegro; el ciudadano abnegado y patriota; el Catedrático incomparable; el amigo caballeresco y noble; el vecino útil y pacífico, todo, todo ha desaparecido. Dejemos correr nuestras lágrimas, qué amargo es el pan del duelo!
Al tributar este último homenaje a la memoria del que fue Vice-Rector y Catedrático de la Universidad, Magistrado, Juez y Consejero del pueblo; al que fue más que todo eso, hombre de bien y excelente ciudadano, debemos inspirarnos en sus nobles y patrióticas virtudes: Debemos continuar por la hermosa senda que nos deja abierta con su ejemplo, para merecer la gratitud y el aprecio que tienen no sé qué de inmortal y sagrado cuando se tributan al borde de un sepulcro.
¡Qué de esa tumba tan venerada y tan querida por tan altas y saludables enseñanzas para esta juventud, que es hoy la esperanza y que será mañana el sostén, el orgullo y la gloria de la patria!
(Revista de la Universidad. Junio de 1909, No. 6).


