12 Octubre 2014
Valladares regresó a Tegucigalpa cuando creyó que se había borrado el recuerdo del general Dávila con el arribo de otros desdichados sucesos. Regresó quemado pro el sol, pleno de energías, jovial. Saludó a sus amigos con abrazos. Se informó de las triquiñuelas políticas. Recogió los chistes de la capital. En cada puesto público había por lo menos “dos olanchanos y un hijo de Leandro”.
El Presidente de la República, doctor Francisco Bertrand, era del departamento de Olancho, y decíase que prefería en las colocaciones a sus paisanos de la región oriental. El licenciado Leandro Valladares, buen abogado conservador, gozaba de gran influencia en el Gobierno y con ella podía instalar a su numerosa prole, que competía con la del patriarca Abraham.
Una vez ambientado, Paulino se p uso al habla con don Manuel M. Calderón, dueño de un periodiquito que llevaba el nombre de “El Cronista” y que redactaba un poeta melenudo que “veía ninfas”. El pequeño periódico era fundamentalmente literario. Se concretaba a publicar artículos kilométricos sobre temas abstractos, como “El Derecho”, “La Libertad”, “La Paz”: crónicas azucaradas de las fiestas de Palacio y los centros sociales de las “mejores familias”, y versos hasta para desesperar a las mismas “nueve hermanas”. Después de hablar con el empresario, Valladares asumió la dirección sin vacilaciones. Buscando el modelo apropiado, tuvo a la vista el “New York Times”, el “Chicago Herald Tribune”, el “Washington Post” y otros buenos diarios de la América Latina y de España.
En seguida se puso a trabajar con la voluntad de un Hércules en plan de reformador del periodismo nacional. Y en verdad que lo reformó todo en aquel tiempo. Introdujo el editorial moderno, que abordaba los temas palpitantes del día, en medio de cierta fulguración psicológica, originalidad exclusiva del periodista. Trajo al medio la crónica que descubre la acción visible y lo que está detrás de los cortinajes. La noticia que refleja los hechos de modo irrefutable, como si fuera prueba de notoria o de tribunales. La información internacional que pone al tanto de lo más importante del mundo. El aviso de las actividades y empresas propias y ajenas que concentra la atención de las gentes de trabajo en el movimiento económico.
Y la buena página de letras yd e artes con algunos alfilerazos críticos. Al cabo de un año, “El Cronista” ya era otro periódico. Era un diario con personalidad. Con una personalidad como no se ha visto otro en el país. Lección que no debe olvidar el periodista de años siguientes: que si no le da aquella a su publicación, dedíquese a otro oficio, que está perdiendo el tiempo. Y cosa de notar, cuando “El Cronista” llegó a ser diario verdadero, ya se pudo establecer la diferencia que existe entre un escritor público y un escritor literario, entre el hombre que trabaja con hechos sociales y el hombre que enhebra imágenes artísticas.
Paulino había llegado a la dirección de “El Cronista” con una noción certera del Estado. No se iba a apartar de esta noción en ningún momento. Porque era la que le daría el prestigio que le sigue dando. En el afán de los días sucesivos, interminables, duros, fáciles, inspirados, estériles, probó además un profundo conocimiento de la polémica. Si el Código de Procedimientos le enseñó el hábil manejo de las acciones y las excepciones, los sofistas griegos le entregaron el secreto de la discusión. Además, cabe agregar que la capacidad polémica se lleva en la sangre, y él la llevaba.
Por eso, desde los primeros encuentros, cuántos espíritus nacionales supieron descubrir lo nuevo, convinieron en que al frente del “El Cronista” se hallaba un hombre que conocía el arte de Protágoras que podía vencer a los abogados de diario ejercicio en la argucia; que tenía agallas hasta para correr a los encumbrados políticos del viejo dogma. Para cuantos lo observaban con atención era un profesional del periodismo, sin haber escuchado a los instructores de Harvard; un agudo psicólogo de las muchedumbres, a las que conducía con l a magia de la sencillez expositiva, y un pensador a la hora en que debía lucir el pensamiento.
De los tiempos de Valladares data la costumbre del pueblo hondureño de leer primero el editorial de los periódicos y después pasar a las noticias. Los demás pueblos centroamericanos los leen en sentido inverso, empezando, por ejemplo, por la página deportiva, que es frecuentemente la de más sensación. Alcanzado el prestigio que se anota, de allí en adelante, Paulino ya formaba parte de la burguesía nativa al dirigir una empresa de tipo capitalista. Ya depositaba fuertes cantidades en los bancos. Ya se daba el lujo de sentarse en un sillón relleno frente a una espaciosa mesa llena de cuartillas, canjes y libros de consulta.
Ya se recostaba displicente, fumando un habano de aromada voluta, pudiendo así darle vuelo a la idea y comodidad a la barriga. ¡Je! ¡je! ¡je! debe haber reído Valladares en aquellos momentos, recordando a Juan Ramón Molina, quien murió de hambre en San Salvador, y cuántos se dejaron seducir del discurso que el caballero andante improvisaba en presencia de atolondrados cabreros.
Paulino se impuso la tarea de escribir en cristiano. Su estilo era transparente como el agua. Entraba en materia sin rodeos. Se hacía entender hasta de los cerebros más rudimentarios. Mientras los escritores de su tiempo deliraban con las modalidades francesas. Valladares volvió a las letras castellanas. Cuando sus contrincantes se llenaban de citas de Hipólito Taine, de Moliere y aun de Rabelais, él, burla burlando, se acogía a los escritores españoles del 98, a los astros del siglo de oro y aún a los fermentadores de la lengua del centenio décimo cuarto.
Con frecuencia recordaba -buen recuerdo- al Marqués de Santillana, al Arcipreste de Hita, a Gonzalo de Berceo, los Romances y el Mio Cid. Esa inclinación a los escritores españoles nuevos y viejos, transmitía galanura, floridez y fuerza a sus escritos. Cuando hacía crítica literaria, firmaba con el nombre de Alvar Fañez, en obsequio al compañero de guerras y desventuras de Ruy Díaz.
Y cuando quería reír de la poca penetración de los historiadores locales, solía escoger pseudónimos sencillos, como el de Ramiro Ponce, que se hizo célebre por revelar lo irrevelable de ciertos campanudos personajes históricos. En la sección editorial, parecía recordar aquellas palabras de Alfonso el Sabio, con la correspondiente traslación, que “las leyes deben ser llanas e paladinas, de modo que todos las puedan entender y retener”.


