Lea Honduras

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El sueño de antonia

28 Septiembre 2014

 

Tito Ortiz

San Juancito, frío y rodeado de verdes e inmensas montañas llenas de frondosos pinos y árboles de maderas preciosas, atravesado por dos ríos que se unían en el centro de la aldea, estaba quedando como un pueblo fantasma. Ya no existía el auge económico que hubo con el apogeo de la Rosario Mining Company. En 1914, los niños, Pedro de 10 años y Antonia de 6 perdieron a su padre tras una enfermedad pulmonar de las que usualmente padecían los mineros. Su madre, María Concepción, apenas podía caminar. La artritis le había deformado sus piernas y pies.

Antonia Núñez se levantaba de madrugada a moler el maíz y echar las tortillas para la venta y luego caminaba 4 kilómetros de ida y vuelta a la escuela. A su regreso acarreaba la leña para el fogón, asustándose de las culebras, pichetes y gusanos que encontraba en el monte. Con tantas obligaciones en su hogar, ya no podía ir a la escuela. Llegó hasta segundo grado.

Cuando ella tenía 12 años, Pedro su hermano se suicidó, a raíz de que a su novia la había asesinado un hombre del pueblo. Toña, como todos le decían, se había convertido en el sostén de la familia. Jalaba agua en un balde sobre su cabeza, le pagaban 25 centavos por cada tonel que llenaba. Mientras trabajaba, soñaba con el día de su boda, con el día en que ya no pasaría tanta pobreza y en que algún día viajaría por todo el mundo. Como una mujer visionaria, decidió trasladarse a la capital junto con su madre, a buscar trabajo como empleada doméstica. Ella sabía que un día iba a ver la luz. Tenía que haber algo mejor para ella. Y Toña… era decidida. Tuvo que hacer varios viajes, pues Tegucigalpa estaba a más de 7 leguas de distancia (34 kilómetros).

Llevó todos los enseres domésticos de su humilde casa en su espalda y sobre su cabeza. A veces no aguantaba, sentía que su nuca se quebraba y más de una vez tuvo que tirar sus cosas a un lado de aquel angosto camino con abismos, lleno de neblina, solitario e intransitable por las lluvias. Sus pies descalzos se atascaban en los lodazales. Miraba los musgos grises alargados colgando de las ramas de los pinos y eso le daba una sensación de miedo. Pero nada le haría desistir de su propósito. Ella tenía su sueño que le daba el valor y la energía para seguir. En el último viaje, alquiló una bestia para transportar a su madre. Había logrado su objetivo. Ya estaban en Tegucigalpa.

Ella no conocía la pereza, rápidamente consiguió un empleo en la residencia del gerente de la Compañía Cuyamel Fruit Bananera, ganando 15 lempiras mensuales. Al fin pudo comprar su primer par de zapatos a la edad de 13 años. Así fue consiguiendo diferentes trabajos, sea en la cocina, o lavando o planchando, como niñera o simplemente haciendo el aseo. Tuvo tres hijos sin casarse.

Simultáneamente, en un pueblo llamado Pine Bluff, Arkansas, Estados Unidos, vivía Edmund, de 29 años. El país estaba en medio de la Gran Depresión. Por ese tiempo llegó al pueblo un circo, cuya atracción principal era un hombre que se tiraba en paracaídas y aterrizaba al lado de la carpa. El paracaidista se enfermó. Entonces el circo ofreció 25 dólares como premio a la persona que lo sustituyera. Eddie decidió ser el paracaidista para ganarlo. Como instructor para el salto, tuvo un folleto llamado “El Manual del Paracaidismo”. Eddie era valiente y atrevido. Se ganó los 25 dólares.

El nació con el don de reparar todo lo que se dañaba. Tenía un amigo de Nueva Zelanda que era piloto y propietario de un avión. Una vez que sus mecánicos le dijeron que un motor dañado ya no se podía reparar, se lo regaló a Eddie. En poco tiempo lo reparó, hicieron gran amistad. Buscando fortuna en 1931 llegaron a Honduras, fueron los primeros en aterrizar en Toncontín. Pan American aterrizaba en San Lorenzo, trabajaron transportando mercadería y también para el General Carías controlando desde el aire las revueltas armadas en los pueblos. Una vez les contestaron el fuego desde tierra, sacándole un ojo al piloto. Sobrevivió, había mucho trabajo, pronto necesitaron más aviones.

El piloto se llamaba Lowel Yerex y el mecánico Eddie Springer, tuvieron que buscar un nombre para la empresa, la llamaron TACA (Transportes Aéreos Centroamericanos), una guara en pleno vuelo era su logotipo. Mr. Eddie, el mecánico se hospedaba en el hotel Mc Arthur, enfrente del cine Pálace, en donde conoció una empleada que hacía la limpieza de su habitación, fue un amor a primera vista, se enamoró de ella apasionadamente. La empleada era Antonia, a ella no le gustaba el gringo porque le parecía feo, chaparro y corneto, pero era un caballero y se hizo cargo de sus tres hijos y su madre, además de que le construyó su casa en el barrio Buenos Aires, a pesar de que se casó con él por interés, llegó a amarlo con todo su corazón.

Él había cambiado su vida para siempre, la pobreza había terminado. Por primera vez tenía a alguien que viera por ella, alguien que la adoraba. Era un hombre honesto y trabajador, tuvieron dos hijas, Laura y Ana. Antonia, mujer inteligente, optimista, caritativa y hospitalaria, propietaria de 5 casas, viajó por todo el mundo. Toda su vida le agradeció a Dios que su sueño se había hecho realidad.