14 Septiembre 2014
E. Geo Squier
En el año de 1850, que ocupaba yo la posición de representante diplomático de los Estados Unidos para Centroamérica, tuve el designio de visitar la bahía de Fonseca, en el Océano Pacífico y que ocupa un punto geográfico de bastante importancia entre los estados de Nicaragua, Honduras y San Salvador.
Durante mi permanencia en el puerto de La Unión, me llamó la atención la circunstancia de que parte de la bahía sufría de los fuertes vientos del norte, haciéndome inferir que debía existir una interrupción en la gran cadena de montañas de la cordillera, que, de otra manera, debía oponer una insuperable muralla a los vientos que soplan en aquella dirección. Mayores fueron mis presunciones cuando supe que los vientos del norte no se experimentan allí, sino en el período en que dominan en la costa del Atlántico; y por último se confirmaron, por la adicional circunstancia de que estos vientos corren, hasta llegar al Pacífico, por un estrecho espacio que no excede de diez millas. Así, pues, decidido me subí a la cima del volcán de Conchagua, que se eleva sobre el Puerto de La Unión; fijé mi anteojo hacia el norte y sin ninguna sorpresa observé que en efecto las montañas en Honduras estaban completamente cortadas en aquella dirección.
Este hecho no me interesó entonces, sino que lo tomé como un rasgo notable del carácter físico del país; y no fue hasta el año de 1852 que se me ocurrió la idea que por allí podía establecerse una comunicación interoceánica.
En este tiempo los reconocimientos prácticos del Istmo de Tehuantepec, con objeto de establecer un camino de hierro entre los dos mares, habían dado por resultado la falta absoluta de puertos para tal propósito en los dos océanos. Además, el proyecto de una comunicación por aquel punto envolvía, políticamente, un grado de esperanza muy pequeño para proseguirlo con suceso; sino es hasta que un nuevo orden de cosas se estableciera en México, el que, según la historia de aquel país, no debía esperarse dentro de muchos años.
Esta triste convicción persuadió al público que, en la necesidad de pasar para California, tenían que continuar la molesta y dilatada ruta del istmo de Panamá.
Entonces fue que las observaciones que yo había hecho en La Unión me indujeron a investigar si sería factible establecer un camino de hierro que cortara el continente, y terminara en la bahía de Fonseca, lo que debía cumplir la predicción que había aventurado “de que por su posición y capacidad debería ser con el tiempo el emporio del comercio y el centro de las empresas en aquella parte del continente”. Pronto encontré que en el año de 1504 los empleados de la corona de España habían descubierto un pasaje entre los dos mares en esta línea, y que habían fundado la ciudad de Comayagua en la medianía del Atlántico y el Pacífico, “con objeto de comunicar fácilmente con uno y otro mar, evitando las enfermedades, fatigas y privaciones que habían experimentado en el viaje de Nombre de Dios a Panamá”.
Habiendo comunicado mi pensamiento a unos pocos amigos personales y hombres de bastante espíritu público, fue adoptado por ellos, y se aprontaron a concurrir con el contingente necesario para los gastos de un prolijo reconocimiento del país en cuestión. En el acto procedí a la organización de un competente cuerpo de reconocimiento y la fortuna me favoreció con la concurrencia y asistencia de personas de grandes conocimientos científicos y de una práctica habilidad. Debo aquí mencionar los hombres del teniente W. N. Jeffers, últimamente profesor de matemáticas en la Academia de Navegación de los Estados -Unidos; del DS. W. Woodhouse, cuyas calificaciones en la expedición del gobierno al Colorado, en California, bajo las órdenes del capitán Sitgraves, habían sido satisfactoriamente formadas; y de M.D.C., Hitchcock, que acompañaba la expedición como dibujante.
Este grupo salió de los Estados Unidos en febrero de 1853, y en abril siguiente comenzó sus operaciones en el terreno, tomando la bahía de Fonseca como punto de partida. La exactitud de mis primeras experiencias pronto se verificó. Una línea de observaciones y medidas barométricas fue seguida a través del continente por el teniente Jeffers. Otra igual, desde León de Nicaragua hasta la ciudad de Comayagua, en Honduras, que llevó el Dr. Woodhouse; y otra que tomé yo mismo desde Comayagua hasta Santa Rosa en el extremo occidental de Honduras, y de allí a la ciudad de San Salvador, en el estado del mismo nombre, recorriendo este desde Sonsonate hasta La Unión, punto de nuestra partida.
Sobre las observaciones y hechos recogidos en este reconocimiento está fundada la memoria que, precipitadamente escrita, presento ahora. No creo de más manifestar, que mi primitiva intención fue ilustrarla con un pequeño MAPA DE HONDURAS Y SAN SALVADOR; y que si he dado la forma y extensión que tiene el que acompaña este volumen, ha sido en la convicción de que el interés público no estaría satisfecho con un simple detalle de los rasgos físicos y características de aquellos pocos conocidos, pero importantes estados.
En el deseo de presentarlo de una manera inteligible, he tenido que seguir en un todo mis propias observaciones. En verdad, todo ha sido preciso formarlo: no hay una sola autoridad acreditada, no hay un solo dato que pudiese servir de núcleo para una agregación de hechos. La condición primera de Centroamérica bajo el celoso y exclusivo sistema colonial de España, y las deplorables circunstancias en que se ha encontrado desde la independencia, han sido bastante desfavorables para toda clase de investigaciones, aún en los departamentos geográficos y estadísticos. Todo lo que pertenece a la historia, caracteres naturales, clima, población, producciones, comercio y riqueza del país, están en una casi completa ignorancia; aún las personas que se supone estar mejor instruidas sobre las peculiaridades del país, no son capaces de dar un informe circunstanciado y exactos acerca de ellas, y el investigador tiene que sujetarse a su propio trabajo, tan penoso y difícil, que no deja de desalentar. En vano se buscan libros impresos o documentos que lo ayuden; de los pocos que pude recoger no hay una sola colección completa, y en vano se buscan también datos en los archivos públicos, donde en total abandono y falta de orden hace imposible adquirir ninguno.
Podía suponerse que, respecto a la geografía general del país, o de algunos estados, fuese fácil encontrar informes claros y positivos; pero, excepto un mapa del solo estado de Guatemala hecho por don Alejandro Marure, intitulado “ATLAS DE GUATEMALA”, en ocho cartas formadas y grabadas en Guatemala, de orden del jefe del estado ciudadano Dr. Mariano Gálvez, año de 1832; puede decirse que ninguno hay grabado del todo o parte de Centroamérica. Los pocos mapas, así llamados, que existen en los archivos de algunos estados, apenas difieren de las rudas pistas que forman los indios para guiar a sus compañeros en el camino de la guerra.
Sin embargo, fui bastante afortunado en encontrar en poder de una persona residente en San Salvador un mapa sin concluir, intitulado “MAPA DEL REINO DE GUATEMALA, año 1810, por el coronel Lacierra Ingeniero Real”. Este mapa, por lo que hace a Costa Rica, Nicaragua y Guatemala, está concluido, y según mis observaciones en los puntos que he recorrido, es exacto. Empero para mi trabajo fue de muy poca importancia, porque los estados de Honduras y El Salvador están completamente en blanco, y aún sin definir la línea de la costa del Pacífico. Así que, no le he seguido más que en lo que toca a la llamada “Costa Mosquito” cuya exactitud he confirmado por mí mismo. El mapa de Marure, siendo, como he dicho, solamente de Guatemala, tampoco pudo auxiliarme para la construcción del que presento, no teniendo por consiguiente, ninguna fuente que pueda llamarse nativa o indígena.
Cuando Humboldt intentó la formación de un mapa de la Nueva España, notó la insuficiencia e inexactitud de todos los publicados. No solo lugares de importancia fueron equivocadamente colocados, sino que muchos caracteres geográficos, cadenas de montañas y grandes ríos, se pusieron donde no existían, y los que realmente debían incluirse, se omitieron. “Muchos de los mapas americanos ejecutados en Europa”, observa, “están llenos de nombres desconocidos en el país mismo; estos errores se han perpetuado, y difícilmente se puede encontrar su origen”.
México era un país, comparativamente, mejor conocido que Centroamérica; y si sus mapas eran equivocados, los de este debían considerarse como absurdos geográficos. Aún en los últimos tiempos en que las costas se han definido con exactitud, el interior ha permanecido en una oscuridad como cien años antes. Los últimos mapas, algunos de ellos bastante pretenciosos, son en su mayor parte conjeturales, y las descripciones geográficas que contiene, son absolutamente inaplicables al país que quieren representar.
Citaré un solo ejemplo que demostrará mejor el poco conocimiento que el mundo ha tenido de Centroamérica. No obstante que el proyecto de abrir una comunicación entre los mares, vía de Nicaragua, se discutía hace trescientos años, todos los mapas que habían llegado a mis manos, presentaban una alta cadena de montañas interponiéndose entre el lago de Managua y el Pacífico. La ciudad de León la colocaban sobre una montaña, o rodeada de estas; y en todo lo que tenía relación con el canal interoceánico, se hacía referencia, como muy importante para la empresa de un río llamado “Tosta” inmediato al Puerto del Realejo. Y bien! Montaña alguna no hay entre el lago de Managua y el océano; la ciudad de León está en el propio centro de un vasto llano; y el tal río “Tosta” no ha existido jamás, como se demuestra en el mapa de aquel estado que publiqué en 1851. Y aún en el de Mr. Bailey, publicado en Londres en el mismo año, se presenta una no interrumpida cadena de montañas que se extiende desde el lago de Managua hasta el Golfo de Fonseca; cuando no hay tal cadena, pero ni una montaña, excepto una serie de conos volcánicos, enteramente separados uno de otro, que se elevan en el plano. Estos errores son todavía más sorprendentes, en razón de que Mr. Bailey fue empleado por el general Morazán, presidente de la Antigua Federación de Centroamérica, para hacer un reconocimiento en el istmo de Nicaragua sobre el proyectado canal.
Por otra parte, la ciudad de Comayagua, capital de Honduras, que era grande y floreciente antes que Hudson descubriera la bahía de New York, algunas veces varía más de un grado de su verdadera latitud y longitud, y en muchos mapas lleva el nombre de Valladolid, que hace más de ciento cincuenta años que no se usa. La ciudad de Tegucigalpa, la primera de Honduras en punto o población, tiene todavía una posición más variada.
Entre las cosas desagradables para viajar en Centroamérica, es el estereotipado uso que hacen los mapas de nombres de lugares que, si alguna vez los han tenido, al presente son desconocidos, o que son miserables aldeas que no merecen ser colocadas sino es en mapas locales, mientras que muchos de importancia no se encuentran absolutamente. Así es que vemos en los de Honduras a Tambla, y no están Las Piedras y la Villa de San Antonio, que existen en el mismo llano. Y Tambla no es más que una aldea de San Antonio 2,500; además, en el departamento de Gracias, en el mismo estado, Guancapla, una colección de pocos ranchos, es claramente indicada y Santa Rosa, una grande y hermosa ciudad, que contiene 6,000 habitantes, está absolutamente omitida.
Estos ejemplos pudieran llevarse a lo infinito; pero ellos son errores debidos a los pocos informes que el mundo ha tenido de estos países. Los que se han ocupado en formar mapas, destituidos de toda especie de datos exactos, se han visto obligados a copiar las obras de sus antecesores y han contribuido así a la perpetuación de los errores. Los que los han hecho, con poco o ningún cuidado, son en cierto punto excusables, porque el poco interés que se había tenido del país, no los estimulaba a hacer una exacta investigación de él. Hoy todo es diferente: no solo se conoce el valor de Centroamérica en todos sus puntos de vista, sino que ya el espíritu de empresa se dirige progresivamente sobre aquel lugar privilegiado.
Pero aparte de los errores puramente geográficos, hay otros en varios mapas de Centroamérica que no tienen excusa ninguna. Hablo de esa servil perpetuación seguida por los mapas americanos de la arbitraria división política del país, hecha por las autoridades inglesas, sosteniendo así las injustas pretensiones del gobierno británico. Este servilismo de los autores americanos demuestra cuan poco trabajo se han tomado para verificar los hechos que han procurado representar, y cuan profunda ha sido la ignorancia en que han permanecido acerca de las pretensiones inglesa en Centroamérica. Varios mapas publicados en el espacio de un año en los Estados Unidos, merecen la más severa censura en este respecto.


