Lea Honduras

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ACASO, TENEMOS PATRIA?

14 Septiembre 2014

 

Juan Ramón Martínez

Durante muchos años, fruto de las enseñanzas escolares, creí que teníamos Patria. Y que debíamos conservarla. En la adolescencia leí un viejo artículo – ya para entonces añejado por los hechos – en el que Dionisio Romero Narváez se quejaba que nos estábamos “quedando sin Patria”. La tesis era que la Patria que nos habían heredado los mayores, la estábamos perdiendo, en la medida en que los gobernantes le negaban la libertad al pueblo para decidir democráticamente la forma de gobernarse.  Ahora, en la curva final de la vida, me pregunto es que acaso, alguna vez tuvimos Patria?. La respuesta no es fácil, porque hay que recurrir a la historia, buscando escrupulosamente en la farragosa narración oficial, los elementos definitorios de lo que es tener una Patria. Y abandonando todos los engaños y mecanismos de la formación escolar,– en que se ha creído que hay que imaginar que la tenemos para poder construirla–, debemos negarla para descubrir la verdad. Después de transcurrir un espacio de reflexión e identificación, descubrimos que tras los hechos hay un subyacente 

interés en algunos sectores para convencernos que aquí aceptáramos que tenemos Patria. Por diferentes razones. Unos para dominarnos; y otros para animarnos en dirección a un destino mejor. El problema son las motivaciones y los puntos de partida. En lo primero la finalidad de Francisco Ferrera, — que se declara fuera del Pacto Federal en 1839– era la necesidad de la venganza y la diferenciación con respecto a los liberales encabezados por Francisco Morazán, en tanto que para  José Santos Guardiola y para José María Medina, el concepto era el espacio para su libertad personal, en la aplicación de sus visiones, donde construir desde el gobierno que ejercían con dureza, una formula especial de dominación en contra de pueblos dispersos e incapaces de reaccionar y defenderse.

El principio de todo fue muy malo. Somos el fruto de la manipulación imperial de los mejicanos y del oportunismo traidor de quienes en Guatemala veían un peligro la independencia, porque significa el riesgo que el pueblo se hiciera con el control de los acontecimientos. Para después, a finales de la década de los cuarenta del siglo XIX, mostrar la vocación hacia la dispersión rural, el aislamiento y el individualismo cerril que le cerró el paso a la incipiente nación que nos había dado la independencia, disfrazada; pero que nos separó formalmente de España. Aquí, sin embargo, — al margen del oportunismo de los empleados públicos y los clérigos — se puede aceptar, con todo, que empezamos a tener Patria; pero no era la nuestra. Era, la de los caudillos que a caballo, mostraron sus vergüenzas. Y nos hicieron morder el paso de sus tropas famélicas en la lucha por las vestiduras de la República. Los esfuerzos realizados por los revolucionarios para construir la Patria, especialmente los de Policarpo Bonilla, Marco Aurelio Soto y Luis Bogran, fallaron porque el pueblo solo estuvo presente animado por impulsos bestiales y voluntad geófaga, con el cual participar en el repetido festín de hacernos daños los unos a los otros. Soto y Rosa, incluso nos dieron los patriotas para que por primera vez, nos sintiéramos orgullosos del pasado. Bajo la sombra generosa de la estatua del Morazán guerrero.

La Patria que hemos tenido desde entonces, nos es la nuestra, sino la de unos pocos. La de los buitres hambrientos que han hecho pedazos sus posibilidades e  imposible la participación de la ciudadanía en la construcción de su imaginario. O la que hicieron bandera de odio para que unos a otros, los hondureños se mataran los unos con los otros. Las veces en que se abrió la puerta para dibujar la patria por todos, se hizo siempre – como ha ocurrido en otros lugares del mundo – no tanto a partir de nosotros mismos, sino que como reflejo de lo que no nos gustaba del otro. La marca extraña, se ha  impuesto desde entonces, al extremo que lo que tenemos no es lo que queremos, sino que la indicación amarga de lo que no hemos podido ser. Fruto de la negación, ha sido el carácter la forma de ser del otro,– nación incipiente también –, el que nos ha formado, sin que nosotros hayamos tenido la oportunidad de autodefinirnos más allá de unos pocos símbolos insinuantes, tardíos casi siempre, nada más. Tuvimos tarde la bandera y muy recientemente, tan solo el himno que ahora quieren, irresponsablemente, mutilar.

Lo que tenemos ahora – y es justo celebrarlo desde luego, porque es lo único con que contamos – es una Patria pequeña, envuelta en dificultades. Con una población desorientada y desperdigada sobre un territorio que no sabe de quién es. Que además,  ignora como conjunto, que es lo que quiere. Y que no sabe hacia dónde quiere ir. Mientras tirios y troyanos, tiran de sus brazos para llevarles en una dirección; o la otra. O para mantenerlos amarrados a unas tradiciones inventadas.  La voluntad nacional común, es inexistente. Cuesta decirlo; pero hay que hacerlo. La Patria no se puede construir desde afuera, sino que desde su pueblo. Y este, mirando hacia adentro, hacia sí mismo; y hacia su pasado. Por ello es difícil ponerle carne a un esqueleto nacional como el que tenemos, en donde hace falta el orgullo y la pasión por el ser autentico y singular. Y en el que, no se nota la impronta de los objetivos comunes; ni la voluntad por el respeto a la ley y la vida ajena. Y no se observan, sino tan solo discretamente, el entusiasmo por la democracia, la inexistente pasión de la ciencia en donde podemos encontrar la verdad y  ejercer la libertad personal y colectiva; y la exagerada falta de la impronta liberal, sin la cual, la tendencia es a la dependencia populista hacia el gobierno o a las dictaduras personales, que exigen la negación del orgullo individual y la destrucción de la persona. Así no se puede construir una Patria de verdad.

Por ello es que, cada quince de septiembre en vez de homenaje a la Patria, a quien le rendimos pleitesía es al gobierno y a los gobernantes que se esconden detrás de los precarios y siempre amenazados  símbolos nacionales. Lo que tenemos ahora, no es la Patria que nos merecemos. Porque la que tenemos no es fruto de le dedicación y el trabajo para construirla. Y como hemos aprendido algunos, muy pocos, desafortunadamente, una Patria no se construye; ni se defiende tan solo con desfiles de piernas; trombones estridentes o discursos chocarreros. Una Patria, es la suma de los orgullos más profundos de todos. El resultado de los dedicados trabajos de los miembros de la comunidad, que la sueñan y sienten que, no pueden vivir sin ella. Es el orgullo ser parte suya, el placer de repetir su nombre. Y la voluntad para defenderla de todos y todas que la quieren dominar o instrumentalizar.

Por todo lo anterior debemos interrogarnos, seriamente, sobre que hemos hecho para tener una Patria. Nuestra y solo nuestra. Reflexionar y juzgar severamente sobre lo que han hecho en  el pasado común las generaciones que nos han precedido, es un paso inevitable. Entender lo que hacemos y como lo hacemos en el presente, es igualmente un imperativo categórico. Y descubrir en el compromiso futuro, la decisión de mantenernos unidos, en paz y respetándonos los unos a los otros, la fuerza de voluntad para construir  una Honduras de los hondureños, para los hondureños y dirigida por los hondureños, la regla inevitable. Es de esta forma, que podemos construir una Honduras de verdad, libre soberana  e independiente. Por el camino que vamos, no la hacemos grande y respetable. Todo lo contrario. La convertimos en una pordiosera, lastimosa, sucia y vilipendiada, que reclama de todos los caminantes, unas monedas míseras que sus hijos no han tenido la vergüenza de entregarle. Como es su irrenunciable obligación.

Tegucigalpa, septiembre 14 del 2014