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Algunos apuntes sobre el escritor Carlos Izaguirre

07 Septiembre 2014

 

Jubal Valerio Hernández

Era una noche en junio de 1956. En la Calle Real de Comayagüela, jovenzuelos y vecinos estábamos a la expectativa de que pasara el vehículo en que se transportaba el féretro que contenía el cuerpo inerte de quien hasta hacía pocos días se había desempeñado como embajador de Honduras en los Estados Unidos: el profesor Carlos Izaguirre. No lo hacíamos por simpatía, más bien por curiosidad. Se le miraba, simplemente, como el embajador de la dictadura de Julio Lozano Díaz, que estaba próxima a su fin y contra el cual estábamos en huelga la FEUH y la mayoría de los estudiantes del Instituto Central.

La obra literaria de Izaguirre no gozaba de consideración entre los intelectuales de la época, incluso sin haberla leído. Muchas personas poseían los dos tomos que contenían su obra de mayor importancia: La novela “Bajo el Chubasco”, (imprenta Nuevo Mundo, S.A. México, D.F., 1945), que permanecían intocables 

en las bibliotecas públicas y privadas, acumulando polvo. Hoy, a la vuelta de un poco más de medio siglo, me propuse leer “Bajo el Chubasco”, cuyo segundo tomo adquirí en la “Librería al Aire Libre” de Rigo y Dora, ubicada en el boulevard Guacerique de Comayagüela. Debo reconocer que en un principio, su estilo me resultó un tanto rimbombante y farragozo pero terminé aceptando que su contenido revela un conocimiento bastante profundo de nuestra realidad social, política y económica. Más que una novela, en la que a través del diálogo de sus personajes (campesinos, estudiantes e intelectuales), se debaten temas que aún hoy son de gran actualidad, “Bajo el Chubasco” es, en realidad, un ensayo sociológico de amplio espectro.

El autor de la introducción a dicha obra, escritor Gilberto González y Contreras, señala que “se trata de un documento en el que asistimos a la bancarrota de la riqueza pública y privado, a la política entreguista de caudillos y de hombres sin responsabilidad que se han dejado corromper por los magnates de las grandes compañías bananeras y una denuncia social, de las causas que han conducido a Honduras a un clima de resentimiento, de rencor y de odio”. Yo comparto plenamente esa opinión.

Poco días después, logré adquirir el ensayo “Honduras y sus problemas de educación”, (Talleres Topográficos Nacionales, Tegucigalpa, 1935), en el que Izaguirre se enfoca en un tema que conocía muy bien, por haber ejercido el magisterio durante varios años, precisamente en las escuelas de las compañías bananeras de la zona norte del país. Es una recopilación de varios artículos que se publicaron en el diario “Reconciliación” de Tegucigalpa entre 1926 y 1928, enviados por el autor desde la ciudad de Washington, donde permaneció por tres años, mientras se desempeñaba como secretario de la Legación de Honduras que rectoraba don Julián R. Cáceres. Allí terminó su aprendizaje del idioma inglés, que había iniciado por su propia cuenta en Tegucigalpa. Tenía entonces, 30 años de edad.

Carlos Izaguirre aprovechó su primera estadía en Estados Unidos, para visitar varias instituciones educativas de la capital estadounidense, a efecto de conocer los planes de estudio y metodología empleados en el sistema de enseñanza norteamericana. Se cuidó de advertir en dicha obra que “sus comentarios y recomendaciones no suponían se aplicara o trasladara en forma mecánica el sistema educativo de los Estados Unidos al contexto hondureño”. Por el contrario, opinaba que “las experiencias foráneas podrían ser útiles para nuestro país, tomando en cuenta los elementos que pudieran aprovecharse, ajustándose a las condiciones y necesidades específicas de la población hondureña de esa época” (primer tercio del siglo XX).

En cuanto a su obra poética, al no poder obtener las ediciones originales, me fue necesario recurrir al “Ensayo sobre el poeta Carlos Izaguirre”, que fue publicado bajo la autoría del escritor y filósofo costarricense Moisés Vincenzi, (Ediciones Iberoamericanas, S.A. Madrid, 1952).

En dicho ensayo, Vincenzi realiza un análisis exhaustivo de la poesía de Carlos Izaguirre, opinando que “en ella se distingue claramente el desarrollo de las angustias de los místicos, por un lado, y las de los filósofos al modo de Heidegger, por el otro. Angustias vencidas por la serenidad final en que yace, entre sombras amables, una estatua de Goethe”, (Op Cit).

Sobre la personalidad de Carlos Izaguirre, he podido recoger varios testimonios de amigos y conocidos del escritor, que lo describen como “un hombre de alta estatura (cerca de los dos metros), complexión recia, piel trigueña, suave y atento en su trato y siempre elegantemente vestido con sus ternos de fino casimir”. “Era una persona con mucha solvencia económica, la que se originaba en un negocio –que algunos criticaban acremente- consistente en una fábrica de aguardiente ubicada en el departamento de La Paz, cuya materia prima provenía de unas cañeras, también de su propiedad, que cultivaba en Comayagua”. (Testimonio del licenciado César Montes Lagos).

Esta solvencia, le permitía un alto nivel de vida y el tiempo suficiente para dedicarse a leer y escribir hasta altas horas de la noche y aún hasta la madrugada del siguiente día. El licenciado Montes Lagos, (en los últimos años de la década de los 40 del siglo pasado, siendo aún muy joven), mecanografiaba sus manuscritos y le llevaba la contabilidad, que manejaba de manera ordenada y escrupulosa. Su status económico le permitía también, ayudar de manera regular a estudiantes universitarios –no importando su afiliación política- para que realizaran sus estudios y obtuviesen sus títulos profesionales.

Cuando fue nombrado embajador de Honduras en los Estados Unidos por su tío político Julio Lozano Díaz (el profesor Izaguirre se casó en segundas nupcias con la bella dama Margarita Romero, sobrina de don Julio) a mediados de 1955, al presentar sus cartas credenciales al presidente Dwight D. Eisenhower, este alabó su fluido inglés y mantuvo con él cordiales relaciones. Nos relataba el licenciado Montes Lagos, que al sufrir Izaguirre el infarto cardíaco que le ocasionó la muerte, Eisenhower ordenó fuera trasladado al famoso Hospital Walter Reed de Washington D.C., donde al ser instalado en su habitación, vio el ramo de flores y la nota personal que le había enviado el presiente norteamericano, mostrando en su mirada una mezcla de alegría y sorpresa, luego de lo cual, falleció.

Refiere el doctor Enrique Aguilar Cerrato en la biografía de su padre doctor Jesús Aguilar Paz titulada “El Alquimista de Gualala” (Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, 1995), que “con grandes insignes maestros como Amílcar Raudales, Martín Alvarado, Carlos Izaguirre y otros formó una verdadera legión de cruzados para divulgar la luz del saber en Honduras”.

Carlos Izaguirre escribió además de las obras citadas, las siguientes: Inquietudes, estudios filosóficos – literarios, Alturas y Abismos, ensayo sobre arte y religión, Readaptaciones y Cambios, estudios filosófico – sociológico – políticos sobre la República de Honduras, Desiertos y Campiñas, cien sonetos y cine poemas en prosa. Tenía en preparación las novelas Los Buscadores de Oro y Los Salineros.

Creo que ha llegado el momento de leer, estudiar y debatir la obra literaria del profesor Carlos Izaguirre –para lo cual será necesario reeditar lo más sobresaliente de la misma- y actuar, como corresponde, a la intelectualidad de nuestro país, con toda objetividad en su análisis al margen de los sectarismos y pasiones políticas que nos han caracterizado.