Lea Honduras

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Extraordinarios relatos de la segunda guerra mundial

07 Septiembre 2014

 

Carlos E. Ayes

La Segunda Guerra Mundial tuvo lugar de 1939 a 1945, los combatientes fueron, de un lado, los países del Eje, y del otro los Aliados. Los muertos se sitúan entre los 50 y 70 millones de seres humanos; cifras bastante distantes entre sí, pero la verdad es que no se cuenta con datos precisos.

Después del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, durante el cual se destruyó la mayor parte de la flota norteamericana, los Estados Unidos declararon la guerra al Japón el 8 de diciembre de 1941. Pocos días más tarde, Italia y Alemania, que junto con Japón formaban el Eje, hicieron lo propio contra la Unión Americana.

Honduras, que no contaba con fuerzas militares ni siquiera para organizar un vistoso desfile urbano, mucho menos para entrar en una guerra mundial –pues sus tropas y armas se reducían a las necesarias para mantener a raya a los adversarios políticos-, pero poniéndose firme ante la nación del norte, procedió al unísono a declararle la guerra al Japón de Hirohito, a la Alemania nazi y a la Italia de Mussolini.

La participación de Honduras se concretó a la realización de patrullajes marinos con aviones de la Fuerza Aérea Hondureña, única rama armada organizada en ese entonces, y al transporte de pertrechos en buques mercantes propiedad de las bananeras. En estas acciones tuvo destacada participación al vapor Contessa, cuya hazaña en Marruecos se dio a conocer en este diario.

La reacción del enemigo no se hizo esperar y los submarinos hostiles que merodeaban las costas de Centro América, empezaron a hundir los barcos que llevaran la enseña hondureña. Por lo menos diez fueron los vapores así hundidos, entre los que estaban el Tela, el Comayagua, el Ceiba, el Amapala, el Olancho y el Castilla. Los hondureños muertos, durante los ataques a la flota mercante, se dice que llegaron a 150.

Entre los primeros vapores hundidos estuvo el Tela, el que fue torpedeado por el submarino alemán U-504, a las 12:01 de la madrugada del 8 de junio de 1942. Un solo torpedo incendiario alemán bastó para que el Tela fuera devorado por las llamas, las que en su pavorosa misión abrasadora alcanzaron a muchos de sus 54 tripulantes, entre ellos a los maquinistas Heriberto Zúniga, originario de Tegucigalpa y al Rubén Carranza, de Puerto Cortés; quienes, aunque afectados por quemaduras que los cubrían del cuello a los pies, lograron salir con vida y alcanzar los botes salvavidas antes de que el inmenso océano engullera los restos de la nave, hasta depositarlos en sus inescrutables profundidades, como queriendo borrar de su faz toda huella que revelara la barbarie de la que son capaces los seres humanos.

En menos de 7 minutos el Tela fue abatido y sepultado, llevando dentro de sí los cuerpos de nueve valientes hondureños que no lograron sobrevivir. Aquellos que lograron alcanzar los botes salvavidas, a pesar de no contar con provisiones que aseguraran su supervivencia en la inmensidad del mar, dieron gracias a Dios por haber salvado sus vidas del infierno desatado por las llamas en las que ardió la infortunada nave.

Los sobrevivientes, incluidos los marinos con graves quemaduras, navegaron al garete un día y una noche, sufriendo hambre y sed; hasta que fueron avistados y rescatados por el navío inglés Port of Montreal de diez mil toneladas.

A bordo del Port of Montreal, bajo las pródigas atenciones de que fueron objeto por parte de su tripulación, los náufragos hondureños creyeron que todas sus desventuras habían terminado. Sin embargo el destino les tenía dispuesto otro desenlace y, el 10 de junio, a las 5 de la mañana, el Port of Montreal fue objeto de un fulminante ataque desde otro submarino, esta vez uno italiano, que mediante dos torpedos liquidó en un santiamén al buque inglés. La destrucción fue tan rápida que muchos de los miembros de la tripulación no tuvieron tiempo para abordar los botes salvavidas, y desde la cubierta saltaron al mar.

Hallándose en la inmensidad del insondable y tornadizo océano, sin más salvaguarda que sus frágiles botes salvavidas; escasos de alimentos y físicamente agotados, de pronto fueron acometidos por una fuerte tempestad con inocultables intenciones de ahogarlos, tanto con el agua de las insolentes olas que sobrepasaban sus botes, como con las de la recia lluvia que inundaba los botes con tal velocidad, que apenas eran capaces de achicarla. Bajo aquellas condiciones de permanentes adversidades, llegaron a creerse irremisiblemente perdidos y hasta abandonados de la misericordia divina. Los maquinistas Zúniga y Carranza, debido a las graves quemaduras sin tratamiento y los efectos de la tormenta, iban muy mal. Zúniga falleció el día 12 y Carranza el siguiente; sus cuerpos fueron envueltos en sábanas y entregados al mar.

Los náufragos hondureños, que habían sufrido en un lapso de dos días sucesivos ataques submarinos en dos diferentes barcos, fueron rescatados por la goleta costarricense Hilda el día 13 y finalmente desembarcados en Colón, de donde regresaron a la Patria a bordo del Abangares.

Las peripecias sufridas por los marinos hondureños fueron relatadas –y publicadas en “El Espectador” de San Pedro Sula aquel mismo año-, por el superviviente de aquellos hechos, Br. Ángel Casanova Borjas, originario de Danlí, quien más tarde decidiría mejor estudiar Ingeniería Civil, profesión que ejercería con éxito hasta su reciente fallecimiento, destacándose como un verdadero caballero, de conducta intachable. El Ing. Ángel Casanova, además de las innumerables obras civiles que erigió, también desempeñó acertadamente importantes cargos públicos, entre ellos: Director general de Caminos; gerente de la Empresa Nacional Portuaria; gerente de la represa El Cajón, etc.

Se dice que los hondureños muertos a consecuencia del hundimiento del vapor Tela fueron once, entre ellos los ochos siguientes:

1. Rubén Carranza, 2. Heriberto Zúniga, 3. Cyril Bodden, 4. José M. Escoto, 5. Lázaro Espinoza, 6. Mártir Martínez, 7. José Palencia y 8. Albert Simons.

¡Viva Honduras!