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Miguel Larreynaga prócer de la Independencia Centroamericana

07 Septiembre 2014

 

DARÍO GONZÁLEZ C.

Septiembre mes de la efemérides patria, se vuelve propicio para recordar aquellas provincias ubicadas en la circunscripción geográfica del Reino de Guatemala por fin llega el esperado y jubiloso 15 de septiembre de 1821 y se declaran libres, soberanas e independientes del dominio español. El extinto historiador Víctor Cruz Reyes en sus variadas investigaciones independentistas afirma: aquella transición del antiguo régimen no fue tan fácil para las nuevas formas de gobierno autónomo, pues tuvieron que recorrer un largo camino, del cual las primeras cinco décadas de vida independiente se vieron caracterizadas por una atomización de territorio, en una doble confluencia política de unionistas y separatistas, que envueltos en luchas fratricidas dieron lugar a una época de completa anarquía y una debilidad económica crónica, difícilmente superables hasta el último cuarto del siglo XIX.

Lic. Miguel Larreynaga.

Lic. Miguel Larreynaga.

Al conmemorar la emancipación Centroamericana, nos viene al pensamiento la sobria presencia del redactor José Cecilio del Valle y los demás firmantes Mariano de Betranena, José Matías Delgado, José Mariano Calderón, Isidoro del Valle y Castriciones, Mariano de Larrave, Pedro de Arroyave, Lorenzo de Romaña y Miguel Larreynaga, como miembro de la Junta Nacional Consultiva, estampó su firma en el auto de su instalación en representación de la provincia de León, para dar estricto cumplimiento al numeral 8 del acta del 15 de septiembre de 1821.

Gracias a nuestra pesquisa cotidiana, fue factible encontrar en la Revista Anales del Archivo Nacional de septiembre de 1973, una interesante semblanza escrita por el laureado poeta Salomón Ibarra Mayorga, autor de la letra del Himno Nacional de Nicaragua, que intitula Miguel Larreynaga “Constructor de América”, texto que por limitaciones de espacio condensamos, expresándose a esta guisa: Fue un hombre de los más esclarecidos de Centroamérica en las postrimerías del régimen colonial, y aún después de la independencia, se destaca la austera figura de Miguel Larreynaga, nacido en León, Nicaragua el 29 de septiembre de 1772, precisamente observa Pedro Ortiz el propio día en que por singular coincidencia, nació el sabio Francisco José de Caldas, en Popayan.

Aún se conserva como una reliquia histórica la solariega casita donde nació el Prócer, situada frente a la antigua iglesia de San Sebastián, en el barrio de su nombre, por cierto el más poblado y aristocrático de aquellos tiempos, y que ahora con el andar de los años se ha convertido en un deshabitado remoto suburbio de la población.

En ella posteridad fijó una placa de mármol con esta significativa leyenda: Aquí nació el Padre de la Patria Licenciado Miguel Larreynaga, Prócer de la independencia nacional. “En el primer centenario de su muerte, León le consagra esta placa recordativa a su hijo inmortal”.

Hijo único de don Joaquín Larreynaga y de doña Manuela Balmaceda y Silva, de ilustre prosapia, no tuvo la suerte de conocer a  sus padres porque al nacer murió su madre, y unos días antes ya había perdido a su progenitor.

Pero el niño no quedó desamparado, su abuelo paterno y unas amorosas tías se hicieron cargo de él, le prodigaron sus cuidados y protegieron su primera educación. En contraste con su naturaleza enfermiza, el pequeño huérfano poseía una inteligencia precoz, que a los 7 años justos ya leía con extraordinaria perfección. Un monje del convento de La Merced, que le quería con paternal cariño, le enseñó a leer y a escribir y algunas breves nociones de aritmética. Sobre las ruinas de ese monasterio en donde Larreynaga recibió su primera iniciación intelectual, surge ahora el  imponente edificio de la Universidad Nacional de Nicaragua, consagrado a su memoria al celebrarse en León el Primer Centenario de su muerte 1847-1947.

A los diez años de edad ingresa al seminario San Ramón y a los 18 le vemos enseñando cursos completos de Filosofías y Geometría, a la juventud de su ciudad natal. Por ese tiempo, llevado por su afición a los estudios físicos, que tanto entusiasmaban, solía hacer frecuentes excursiones a los volcanes más próximos como el “Telica y Momotombo”, circunstancia que le inspiró a escribir más tarde sobre el fuego de los volcanes, que fue traducido a varios idiomas, y se comentó favorablemente por sabios extranjeros, como los redactores de la revista trimestral de Edimburgo.

Al fin de completar sus conocimientos, Larreynaga emprendió viaje a Guatemala y conquista brillantemente en la Universidad de San Carlos las borlas de bachillerato en ambos derechos: el eclesiástico y el civil (1798).

Inmediatamente, la sociedad económica de amigos del país, le nombra, con buen acierto catedrático de Matemática, pero siente la nostalgia de su tierra y vuelve a ella en compañía del excelentísimo señor obispo de la Huerta Casso, quien en reconocimiento de sus actitudes, le nombra catedrático de Filosofía y Retórica del Seminario Conciliar. En su ciudad natal permaneció todo el año de 1800, y todavía sin ser abogado se impone con su genio a los más expertos y notables juristas de su tiempo, como Los Buitrago, Portocarrero, Iglesias, Fernández Lindo,  Peralta, Carrillo, El Prócer Costarricense y el español Asenjo, al decir del acucioso historiador nicaragüense don Luis Cuadra Cea.

Las autoridades coloniales fijan su atención en los merecimientos de Larreynaga y lo llevan a los más altos puestos, tan difíciles entonces para los que no eran españoles. Y es fama que los desempeñó con discreta habilidad, prudente sabiduría y fanática honradez. Entre otros muchos cargos de significación ocupó los de Defensor General de bienes intestados, relator de la Real Audiencia Territorial y de la Junta Superior de Hacienda, Conjuez de la Real Audiencia de Guatemala y Oidor de la Provincia. En el desempeño de la Relatoría de la Audiencia, dejó huellas imborrables de su inteligente y fecunda laboriosidad, como lo evidencia “Su método para extractar las causas” que sirvió de guía por mucho tiempo a profesores y estudiantes universitarios y su “Reglamento de Intendencias”, que fue abolido con el advenimiento de la República.

Elegido por los pueblos Diputado a las cortes españolas, se dirige a la metrópoli en febrero de 1818 a bordo de la fragata  “Desiré” que escapó de naufragar, pero antes de partir tuvo la provisión patriótica de legar a la Universidad de León su valiosísima biblioteca particular, compuesta de más de 3000 volúmenes, la mayoría de los cuales contenía curiosas e interesantes anotaciones escritas de su puño y letra. Dos años después en marzo de 1821, sale de Cádiz de regreso para América, en una de las naves de la escuadra español, que conduce al Virrey de México don Juan O’Donojú; se detiene en Cartagena de Indias y llega providencialmente a Guatemala el 21 de agosto del mismo año de 1821, para decidir un mes más tarde con el prestigio de su nombre y la elocuencia de su palabra los futuros destinos de Centroamérica y el 15 de septiembre de 1821, las firmas de Molina, Barrundia, Valle, Larreynaga y otros ilustres patriotas rubricaban el Acta de Independencia de Centroamérica, sin derramar una gota de sangre.

Para finalizar este apunte histórico, recuerdan sus biógrafos que presintiendo sus postreros días que aconteció en Guatemala el 28 de abril de 1847, visitó el cementerio, escogió el sitio de su sepulcro y dejó la lápida con la inscripción siguiente: “Lo que es tierra que vuelva a la tierra, y en ella se resuelve. La vida no fue dada al hombre en propiedad, sino prestada, suya no es sino ajena, que la naturaleza así ordena”. Sus cenizas reposan definitivamente en la necrópolis de su ciudad natal León, Nicaragua.

Loor al prócer inmortal.