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LAS ENSEÑANZAS DE RAMÓN OQUELÍ

21 Agosto 2014

 

Juan Ramón Martínez

Ahora que acabamos de recordar el décimo aniversario del intelectual más completo que produjo Honduras desde 1959 hasta la fecha de su muerte ocurrida el 18 de agosto del 2004, conviene hacer un repaso de sus contribuciones. Para desde allí, identificar nuestras obligaciones de darle continuidad a un pensamiento que, buscaba –y busca por supuesto- orientar en las generaciones que recibimos su influencia, al cuestionamiento permanente de la realidad, el imperativo de buscar su transformación, unifica forma de salvarnos; y salvar a Honduras.

Y que además, nos dejó unas reglas éticas morales y científicas que no está de más recordar para utilidad de quienes han tenido la desafortunada circunstancia de haber vivido sin su influencia humanística, su distanciamiento deliberado de cualquier forma de poder, la obediencia ilimitada a la amistad y a sus 

manifestaciones subsecuentes, la renuncia al uso de la verdad, la investigación científica y el conocimiento moral para colocarlo al servicio de los caudillos, la mayoría de ellos responsables de todas las desgracias que le han caído encima a los hondureños desde aquel 15 de septiembre de 1821 que, afectado por el alcohol y los engaños de la música y los cohetes, el pueblo celebró como idiota, lo que no entendía; y por ello, no podía ser útil para sus vidas. Hasta ahora en que utilizando otros medios, inútiles conciudadanos, con pupitres o sin él, llevan a la gente como manadas engañadas al matadero bajo el cuento de la búsqueda de la libertad, el desarrollo y la revolución.

Oquelí es posiblemente, junto a Alejandro Rivera Hernández, Rigoberto Espinal Irías, Víctor F. Ardón, Rafael Bardales Bueso, Pedro Nufio, Pompilio Ortega y Miguel Morazán, uno de los más influyentes forjadores de las nuevas generaciones del país. Tuvo la fortuna de “hacer” alumnos –muchos de los cuales seguimos su ejemplo- crear, sin buscarlo un movimiento pequeño de seguidores suyos que creen que hay que continuar la senda del maestro que se entregó a la UNAH, que renunció al cargo de juez de letras para no volver más a la burocracia judicial para suerte de todos nosotros. Y extrañamente de los ladrones y otros delincuentes para enseñar incansablemente sus verdades simples y comunes: hay que renunciar a la vulgaridad, debiendo buscar en la realidad las señales que permitan su transformación cualitativa, como único medio para probar que seguimos vivos, dedicado al servicio de la Patria y de su permanente transformación.

Posiblemente es, después de Rafael Heliodoro Valle y de Medardo Mejía, el más trabajador de los intelectuales del país en el último siglo. Renunció a las vanidades del poder, le horrorizó siquiera la amenaza de los honores; y ni siquiera por motivos médicos quiso viajar a países a los de José que Martí había prevenido tocarlos siquiera, porque eran el verdadero monstruo de nuestras vidas. Y confirmó que la única fórmula para transformarse en un intelectual –cosa que posiblemente tampoco quiso ser siquiera- es mediante la investigación y la dedicación constante al trabajo. Ni siquiera la tarea universitaria, con la cual subvino las exigencias de la vida diaria, se alejó de las tareas de la investigación prolija, de la búsqueda del detalle mínimo para encontrar la explicación del porqué de las cosas habían sido como las conocíamos; y no de otra manera. No creía en la inspiración, en los pálpitos o en los alumbramientos fantásticos. Fue un hombre metódico que dedicó toda su vida a la investigación histórica, para crear las bases sobre las cuales las generaciones del futuro hacen posible la tarea de interpretar sus cambiantes y diferentes realidades a las que inevitablemente se enfrentarán. Aunque nunca supe que haya desechado las intuiciones o el pensamiento de Hume o de Huseri, desconfió de la explicación fácil, de la cohetería barata y de la popularidad de las cosas, como base para justificar a la verdad. En esto fue, como Borges, un hombre que nunca creyó que la verdad estuviera vinculada con la aritmética elemental, aunque aceptó que las encuestas, las investigaciones numéricas eran útiles para entender las tendencias de los grandes acontecimientos.

Estaba convencido que los mejores talentos del país, teníamos que especializarnos, y que cada quien debía consagrarse a un afán, en el cual inevitablemente se articularía con los esfuerzos de los otros consagrados a la búsqueda de la verdad y a la construcción del país que él y otros habían soñado. La tarde en que espontáneamente le dije que esperaba no morirme sin antes escribir una novela, me dijo con su palabra suave, relativamente colérica dentro de lo que él consideraba que era una amistad que nunca pasó de los momentos iniciales, que dejara eso para Julio Escoto, que era el que sabía de estas cosas. “Su oficio es el de analista político e investigador histórico y sociológico como yo”, remató.

Desconfió siempre de las explicaciones ideológicas. Creo, sin pruebas debo confesarlo, que debió comprender –como lo hemos hecho nosotros- que la ideología es una fórmula de anteojos de color que al deformar las cosas, los hechos y los acontecimientos se invierte en uno de los obstáculos más fuertes y difíciles en la búsqueda de la verdad.  Aceptó siempre que había considerar la ideología para comprender el comportamiento de las personas y los grupos. Pero que jamás usáramos de ella para justificar, ordenar y facilitar conclusiones falsas sobre la verdad y características de los acontecimientos. Porque terminaríamos poniendo la primera al servicio de unos pocos, relacionados con el poder; o enfrentados con algunas de sus manifestaciones. Tengo la sospecha que creía, como toda su generación en la revolución como camino para lograr el desarrollo. Pero no creo que la haya imaginado como un estado de agitación permanente, como un fin en sí misma. Y a las personas como esclavas de sus exaltaciones de la manipulación de sus históricos dirigentes.

Lo más interesante de todo, es que nunca fue sectario. Militó –si acaso es admisible el término para un hombre que se consideró libre- en los llamados partidos de izquierda, con una discreción tal, que nadie logró que aceptara posiciones o cargos de elección popular. Este comportamiento le permitió entonces, ejercer un magisterio fuera de las capillas excluyentes, más próximo a movimientos diversos que, al final esperaba que integrarían sus diferentes visiones e interpretaciones de la realidad. Por ello es que más que un hombre de un solo libro, de una sola doctrina y de una sola filosofía, fue siempre un ser humano que le sorprendían los amaneceres, lo helado y dulce amargo de las cervezas, las elucubraciones de Eguiguren, las predicciones incumplidas de Marx; y por supuesto las enseñanzas de Ortega y Gasset que nos trasmitió a quienes desde la obligada formación que nos brindara, seguimos hasta el fin de nuestras vidas, siendo sus alumnos.

Convirtiéndose en nuestro inevitable maestro, ante el cual, nos quitamos el sombrero y agachamos la cabeza para dejarlo pasar en su camino hacia la gloria. Tratando de honrarlo, tanto en la investigación histórica, como en la divulgación de esta para que el pueblo pudiera encontrar en ella el camino de la libertad. A diez años de su partida, sentimos que está a nuestro lado, que sigue recordando fechas, amontonando fichas, titulando pequeños recortes, hurgando en viejos archivos y riéndose con cierta elemental sorna, de las fotografías en donde los que serían enemigos por mutuos sectarismos, se mostraban amigables. Casi hermanos, un poco tiempo antes de incendiar la campiña hondureña dirigiendo montoneras, para no aburrirse en una Tegucigalpa sin fiestas, tan solo por la búsqueda y ocupación del poder. O con su portafolio bajo el brazo, alejándose apresurado hacia su casa en Miraflores, para constatar un hecho, para llamar a alguno de sus amigos. Y contarle lo que había descubierto.