17 Agosto 2014
Tito Ortiz
A mediados del siglo diecinueve, llegó a Amapala, procedente de Guatemala, un joven alemán llamado Ricardo Streber. Trabajaba como gerente de una compañía naviera en ese puerto. Su padre fue embajador de Alemania en la República de Nicaragua. Streber contrajo nupcias con la señorita Ana de la Trinidad Uclés Soto, hondureña. Tuvieron varios hijos.
Como hombre honesto, de carácter fuerte, disciplinado y trabajador, Ricardo Streber llegó a ser un prominente y respetado empresario, hombre acaudalado y muy apreciado en los círculos sociales de todo el país. Como militar llegó a ostentar el grado de general. Siempre fue tomado en cuenta por los gobernantes de turno con quienes los unía una buena amistad. Era un hombre muy importante.
Para los que quieran tener más información sobre la personalidad de Ricardo Streber, existe un buen libro, que todos deberían de leer, llamado “Soflama de un Juicio” del escritor Mauro Membreño Ferrera.
Cuando las hijas del general iban a Amapala, como todavía no había vehículos en Honduras, eran llevadas en camarotes en andas sobre los hombres de cuadrillas de mozos, que se turnaban cargándolas mientras hacían la travesía a pie desde la capital. Para ir a El Salvador lo hacían en diligencias haladas por caballos.
Anita Streber, una de sus hijas, se casó con el general salvadoreño Quirino Escalón, representante militar para El Salvador, Honduras y Nicaragua. Procrearon tres hijos, Roberto, Elena y Marina.
La señora Agustina Espinal, una buena mujer, empleada de la familia Escalón Streber, quedó embarazada de Roberto Escalón siendo soltera. Ella se fue a vivir con otra familia durante su embarazo. Tuvo a su hijo, un 7 de septiembre de 1924. Después de un año y medio, buscando mejores oportunidades de trabajo en la costa norte, dejó a su hijo al cuidado de unas parientes de apellido Lanza, del barrio Buenos Aires, en Tegucigalpa. El niño se llamó Armando Escalón Espinal.
Al darse cuenta su abuela paterna, Anita, de que su nieto no estaba con su madre, mandó a su chofer y dos empleados más, a recoger el niño a como diera lugar. Ese día en la casa de los Lanza estaban celebrando una fiesta patronal, habían muchos invitados, lo que facilitó la entrada de los empleados de la familia Escalón, tomando el chofer entre sus brazos al niño, cumpliendo así con la misión encomendada. De manera que “Escalón” como todo el mundo lo llamaría en el futuro, se crió con su abuela.
Desde su juventud se pudo apreciar su clara inteligencia y sus altos valores morales así como su afición al fisicoculturismo. Era un joven extremadamente galán.
Después de terminar la escuela secundaria, a los 19 años de edad, ingresó a la Fuerza Aérea Hondureña. A los 23 años obtuvo el grado de subteniente en la rama de aviación. Se destacó entre sus compañeros de armas, por su pericia para pilotear todo tipo de aviones existentes en la Escuela de Aviación.
Pronto ascendió en rangos y responsabilidades dentro de la institución. Siendo primero jefe de Instructores de Vuelo. Luego jefe de Operaciones, subcomandante y a los 31 años de edad ya era comandante general de la Fuerza Aérea Hondureña, puesto que desempeñó durante 15 años con gran acierto, gracias a su gran capacidad de trabajo, don de mando y honestidad. Era un hombre incansable. Ayudó a las personas de escasos recursos volando hasta los puntos más recónditos del país llevando medicinas con su programa “Alas para la Salud”.
Durante algún tiempo el coronel Escalón fue comandante de la base y ministro de Defensa ad honorem simultáneamente. Recibió las máximas condecoraciones y distinciones nacionales e internacionales que un militar hondureño podía recibir. Después de la guerra con El Salvador, se formó la Base Aérea Coronel Armando Escalón Espinal, en honor al que una vez fuera su comandante. El coronel Escalón tuvo 6 hijas: Claudia, Gilda, Marta, Anita, Norma y Roberta.
Tuve el honor de conocer personalmente al coronel Escalón. Por casualidad él y mi papá, que era jefe de Mantenimiento de la Fuerza Aérea, cumplían años en la misma fecha, entonces lo celebraban juntos. Así fue como conocí a su hija Gilda con quien me casé en 1970 hace 44 años. Escalón era un hombre poseedor de un magnetismo personal. Hombre culto. Amaba los caballos.
Le gustaba pescar y no digamos la cacería. En los años 50’s vino un circo famoso salvadoreño al campo La Isla de Tegucigalpa, nadie sabe cómo un león se escapó de su jaula. Escalón andaba de cacería en los alrededores de la ciudad, por donde es ahora la colonia La Primavera, cuando se topó con el gran felino. Tuvo que matarlo. En el diario El Cronista apareció en primera plana la fotografía del león muerto y amarrado encima del tonó de su Willys.
Una vez estaba yo visitando a mi padre ya jubilado en el Hospital Militar, cuando llegaron dos personas, ya mayores. Uno de ellos saludó respetuosamente a mi papá y le decía a su compañero a manera de presentación: el coronel Ortiz es uno de los pilares de la Fuerza Aérea. Y dirigiéndose a mi papá le dijo: Como Escalón, verdad coronel? Fíjese que yo trabajaba en el Ministerio de Defensa. Hubo una reunión cumbre para todos los ministerios de Defensa de Latinoamérica en ciudad Guatemala, patrocinada por los gringos. Y continuó diciendo: Yo le entregué al coronel un sobre sellado con la cantidad de $2,000 como viáticos para el viaje.
El lunes que regresó, me entregó el mismo sobre, siempre sellado y me dijo: deposítelo que allá me pagaron todo. Era la primera vez que yo veía un ministro devolviendo los viáticos. Así era Escalón. Otra vez, yo fui testigo, en una navidad, como devolvía a sus dueños las grandes cajas sin abrir, con una nota de agradecimiento a los empresarios que se la habían enviado como regalo. Así era Escalón.
Escalón nuca fue rico, pero heredó para su familia una fortuna: El honor. Han pasado 44 años de su muerte y aún seguimos disfrutándola.


