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El obispo Vélez, un hombre culto pero aislado

03 Agosto 2014

 

Juan Ramón Martínez

Después de la Reforma Liberal, en la que la Iglesia había sido despojada de las últimas manifestaciones de su poder en la vida temporal de la nación hondureña, en el gobierno de Luis Bográn se había iniciado una especie de “modus vivendi”, en el que, el obligado intercambio de favores, entre el gobierno y la Iglesia, consiguieron normalizar, hasta donde era posible sus relaciones estropeadas. A Luis Bográn le sucedió Ponciano Leiva y a este, el general Domingo Vásquez, con el cual, igual que con Bográn, el obispo Vélez mantenía excelentes relaciones, al extremo que en algún momento llegó a expresarse de él diciendo que era un “hombre ilustrado, honrado y de verdadero patriotismo”.

Como eran los tiempos en que los miembros de la Iglesia habían vuelto a tomar partido en la lucha política nacional, el criterio conservador de Vélez, como es natural, no fue respaldado por todos los miembros del clero bajo su gobierno y dirección. Más bien la mayoría del mismo, como lo demostrarán los hechos futuros, terminarán inclinados hacia las posiciones de los que se oponían a Domingo Vásquez. Monseñor Vélez, por su parte, era un clérigo muy inclinado hacia los llamados liberales conservadores, cuyo mejor representativo en aquellos tiempos era el propio Luis Bográn. Por esa razón, se sintió muy cómodo durante el gobierno de Bográn y, por supuesto, con el de sus sucesores Ponciano Leiva y Domingo Vásquez.

Desde luego, estas inclinaciones le hicieron verse muy mal con los llamados liberales auténticos, liderados por Policarpo Bonilla quien, una vez muerto Arias, asumió la dirección del Partido Liberal, reorganizándolo y convirtiéndolo en una fuerza impulsiva y violenta, dedicada exclusivamente a obtener el poder por los medios que fueran. De igual manera, Vélez cosechó por su adhesión a los conservadores, el disgusto y el malestar de los sacerdotes que guardaban simpatía por los liberales. Incluidos algunos de los que formaban parte de su grupo más cercano, burocráticamente hablando.

Al concluir los cinco años en que Bonilla lucha en contra de Leiva y Vásquez para despojarlos violentamente de la Presidencia, cosa que logra como dejamos dicho el 4 de febrero de 1894, la mayoría del clero hondureño es liberal, “bonillista”, “especialmente el alto clero de Comayagua, esto es: mi vicario general, mi secretario y mi cabildo con su Dean, pertenecían, -va a decir en el borde de la desesperación el obispo Vélez- quizá con buena fe, a ese partido reprobado y condenado por la Santa Iglesia, a causa de sus tendencias anticristianas”. ¹?²

La queja de monseñor Vélez es natural. Aunque él, desde 1888, ha intentado poner orden en la Iglesia, curándola de los males naturales que desde adentro le habían afectado desde la mitad del siglo XIX, no ha conseguido mayores resultados. Tanto por su temperamento ligeramente autoritario y nervioso en alto grado, como porque la pobreza de los feligreses hace que los sacerdotes tengan que abandonar sus deberes para dedicarse a actividades extralitúrgicas para sobrevivir, como por el hecho que el gobierno y sus favores eran una tentación que solo los más firmes podían superar. Y para estar bien con el gobierno era necesario estar en la posición política ganadora, bien por las elecciones (cosa extraña) y que muchos sacerdotes no habían visto ninguna vez en sus vidas, o a favor de los actos revolucionarios, con los que frecuentemente incluso habían colaborado de diversas maneras.

Desde luego, humanamente era difícil para monseñor Vélez desarrollar algún tipo de admiración y simpatía por Policarpo Bonilla. Eran dos personalidades diferentes, llamadas a la confrontación en el caso que se aproximaran; o a la reticencia y la distancia si alguna de ellas disponía alejarse de la otra, como ocurriera con monseñor Vélez.

Sobre Bonilla se han dicho muchas cosas. Sus admiradores, le han llenado de piropos y de exageraciones, de la misma manera como sus adversarios le han atribuido las peores intenciones y las más exageradas responsabilidades.

Diego Alduvín, decía de él lo siguiente:

“Confesamos paladinamente, que nuestra admiración por Policarpo Bonilla es la más grande, la más intensa de las admiraciones que hemos tenido por hombre alguno. De manera que la grandeza de aquel hombre nos impulsó la admiración y esta el inmenso cariño que llegamos a guardarle… y sometiendo a Policarpo Bonilla a la más severa crítica en nuestro espíritu, su figura surge cada día más radiante, más luminosa, más pura. Policarpo Bonilla fue el último revolucionario de Honduras. Después de él, aparece la era de los revoltosos”. ¹?³

En cambio, en el curso de la campaña electoral de las elecciones de 1923, Paulino Valladares, que entonces impulsaba la candidatura del general Tiburcio Carías Andino, dijo que Policarpo Bonilla “dedicó los años de su vida a conspirar. En él la Presidencia es una enfermedad. No es hombre instruido, pues nada dejó como abogado. Y nada dejó como publicista. Los tres tomos que editó en la Tipografía Nacional, solo evidencian la estrechez de su espíritu. Habla, habla, habla, hasta las diez de la noche, hasta las doce, hasta las tres de la mañana y sigue hablando con la luz del sol. Eso evidencia su anarquía mental… Los amigos que le rodearon en sus correrías homicidas lo abandonaron tan pronto como lo conocieron a fondo. Cuando alcanzó el poder, sobre un mar de sangre, no contaba con la mayoría de la opinión pública. Fue una especie de pirata de agua dulce que amasó con la farsa un capital político.

Hombre de carácter poco escrupuloso, fue un litigante en su propia causa. Revolucionario profesional. Conspirador incorregible, victimario de sus compatriotas, el más caro de los políticos profesionales”. ¹?? Antonio R. Vallejo, sacerdote sin beneficio, tenía igualmente una muy mala opinión de Policarpo Bonilla. En la página final del Primer Anuario Estadístico Correspondiente al año 1889 y en una nota en la que explica la imposibilidad de corregir algunos de los errores incurridos por Juarros en El Compendio de la Historia de Guatemala y el que le permitiera elaborar su Nómina de Obispos, dice que tal cosa no la pudo efectuar, debido al “quebranto de nuestra salud, la falta de tiempo y la intranquilidad en que el país se encuentra, promovida por la facción que encabeza el más estúpido y más ambicioso de los caudillos, Policarpo Bonilla, nos ha impedido llenar nuestros propósitos a este respecto”.

Durante sus cuatro años al frente del gobierno constitucional, después del interinato que obligara la irregularidad de su ingreso al ejercicio del poder, Bonilla realizó muy poca obra a favor de los intereses de la República. Y más bien la característica fue el ejercicio sectario del gobierno, lo que provocó una reducción total de la libertad y el disentimiento político. Aunque formalmente sometido su gobierno al imperio de la ley, se nota, a la distancia, un énfasis sectario y una vocación de parte de Bonilla hacia el exclusivismo político, el rechazo a la oposición y por consiguiente, la división de la opinión pública. Era pues, natural que monseñor Vélez le temiera a su gobierno y que sintiera, aún sin conocerle mucho, que representaba una amenaza, no tanto para su vida, sino para el ejercicio tranquilo de su ministerio. Posiblemente exageró sus temores y sus precauciones; sin embargo, es justificable su ansiedad y muchas de las cosas que hizo para poner distancia con respecto su gobierno, sin obras de la mayor de las prudencias.

Manuel Francisco Vélez, por su parte era un clérigo secular, nacido en Guatemala y con parientes dispersos en el territorio salvadoreño, que había sido preconizado como queda dicho, obispo de la Diócesis de Honduras, sufragánea de la Capitanía General, el 23 de mayo de 1887. El 26 de diciembre de ese mismo año, fue consagrado como obispo en la ciudad de Roma por el Papa León XIII. Una vez consagrado, emprendió viaje hacia Comayagua, en donde arribó el 6 de marzo de 1888, encargándose inmediatamente y desde esa fecha, del gobierno de la maltrecha Iglesia Católica hondureña.

Monseñor Vélez no era un hombre fuerte: ni mucho menos capaz de asociar el sacrificio de la vida dura llena de incomodidades, con el ejemplo de la vida cristiana. Se consideraba, a la usanza de entonces, como un príncipe de la Iglesia, ansioso de recibir honores temporales e inclinado a imponerse jerárquicamente sobre los demás. Inteligente y por ello, muy conocedor de la doctrina cristiana, no tenía sin embargo, el espíritu y la conducta humilde para serlo en la práctica.

“Poseía una sólida instrucción y un gran talento. Hombre de barragana aquel, según las malas lenguas, filósofo atrevido, naturalista erudito y filólogo de mucho peso. Con todo, no creo que sea ese el tipo del verdadero sacerdote. En este deben resplandecer las virtudes antes que los destellos intelectuales”.¹??

Ramón Oquelí refiere que durante el gobierno de Bográn, se “recomendó como obra de texto en las escuelas y colegios, las “Lecciones Teórico-Prácticas de Gramática Castellana”, escritas por el muy honorable doctor don Manuel Francisco Vélez”. ¹??

Es evidente pues que, imaginándose intelectualmente por encima de sus seguidores y careciendo de la humildad que producen la práctica de las virtudes más exigentes del oficio sacerdotal, tenía serias dificultades para obtener el cariño de los suyos y desde luego, de los fieles. Por ello, junto al melindre constante por la falta de comodidades que encuentra en Comayagua, exhibe un temperamento nervioso, solitario e impredecible casi siempre. Posiblemente, tal tendencia hacia el aislamiento es la que hace creer que -pese a la situación revolucionaria que le toca vivir en los primeros cinco años de su gobierno al frente de la Iglesia- la estabilidad política se aseguraría con Domingo Vásquez y que, en consecuencia, a él le debían dispensar todos sus respetos y esperanzas.

Por ello probablemente no se digna a estudiar a los políticos hondureños, a los que una vez en el poder, ni siquiera conoce y no sabe, en consecuencia cómo iniciar relaciones dinámicas y mutuamente productivas con ellos, tanto para el gobierno como para la Iglesia Católica que dirige. Así, cuando triunfa Policarpo Bonilla, reconoce que no le conoce siquiera. Apenas tiene contacto con alguno de sus generales, especialmente con uno de apellido Ortiz, de origen nicaragüense que, por más señas, tiene que dejar el país, como es natural, una vez que se consolida el nuevo gobierno.

¹?² Vélez, Manuel Francisco, Libro Segundo del Diario de Gobierno Diocesano del Archivo de Comayagua, página 110.
¹?³ Paredes, Lucas, Drama Político de Honduras, Editora Latinoamericana, México, 1958, página 87.
¹?? Citado por Paredes, en Drama Político de Honduras, página 89.
¹?? Paulino Valladares. El Cronista, número 833, julio de 1915.
¹?? Oquelí, Ramón, Honduras, Estampa de la Espera, Ediciones Subirana, Choluteca, 1997.