03 Agosto 2014
DARÍO GONZÁLEZ C.
Con el perceptible anhelo de ampliar conocimientos en el devenir histórico de nuestra escasa industria colonial, y estimulando nuestra ávida curiosidad, emprendimos la tarea de escudriñar testimonios de archivo, de este importante rubro que constituye una de las principales manifestaciones de la vida social de nuestros pueblos. Interesados en profundizar los mecanismos de la comercialización de la zarzaparrilla, añil, brea, liquidámbar etc. y refocilados en la bibliografía patria, encontramos en la revista “Tegucigalpa” cuya edición data del año 1938, un interesante artículo escrito por don Manuel de Adalid Gamero, quien hace alusión a las viejas industrias coloniales en cuyo texto se expresa: Si dirigimos una mirada a la época colonial de Honduras y a los años que siguieron a la independencia, notaremos que hemos adelantado en cierto sentido, al mismo tiempo se ha retrocedido en otro.

Don Manuel de Adalid Gamero.
Los indios antes de la conquista, trabajaban muy buenas piezas de alfarería, y la industria alfarera prosperó bajo el dominio español, ollas, vasijas, alcarrazas, pucheros, bacines, tinajes etc., pregonaban la habilidad de los alfareros nacionales: y los caños que trajeron el agua potable a Gracias, Comayagua, Danlí y otras poblaciones, eran de excelente calidad.
El vaso de noche de nuestras abuelas (bacín) era de barro vidriado, llamado “Loza de Comayagua” en algunas iglesias y aún en casas particulares, se encuentran azulejos, imitación de los españoles, pero obra de nuestros alfareros. Hoy esta industria casi ha desaparecido, hasta los apastes o barreños que le dieron fama a Ojojona, dejan ahora mucho que desear.
En tiempo de la colonia se cultivaba el algodón, y las mujeres lo cardaban, hilaban y tejían con envidiable habilidad. Toda la lencería de los hogares hondureños era producida por la industria nacional, así como las telas de colores que eran teñidas de grana, añil, mora etc., y que lucían tonos tan vivos como firmes.
Honduras es un suelo muy a propósito para la cría de ganado caprino y ovejuno, por lo que los ejemplares importados de España, se produjeron admirablemente y constituyeron una de tantas fuentes de riqueza del período colonial. Los carneros merinos traídos de Extremadura daban una lana muy apreciada para faldas de señora, basquiñas, chales, bufandas y otras prendas de vestir.
Recuerdo haber visto siendo niño, zaleas de hermosos colores usados por damas y caballeros sobre monturas, todas de procedencia criolla.
Hoy los algodonales, las ovejas, los telares y las tintorerías han desaparecido, tuvimos antaño orfebres que hicieron primorosas filigranas para nuestras abuelas, cubiertos de plata maciza para los hogares acomodados, chapas y llaves hábilmente cincelados, tuvimos herreros expertos que hacían clavos, chatones, goznes, y toda clase de cerrajería, un artesano de Danlí de apellido Tomé, hizo con hierro de Agalteca un reloj para la iglesia parroquial, prestó sus servicios a los vecinos de aquella población hasta 1907, fecha que fue sustituido por un nuevo reloj de manufactura norteamericana.
Tuvimos ebanistas y talladores que hicieron los retablos de nuestros templos, con dorados que han resistido el tiempo y los clavos y pegotes de cera que las beatas les ponen colgajos de papelillos chillones y que desde luego deterioran la madera estofada de los retablos.
Fueron otros tiempos, Tristán, aquellos en que todo se hacía en casa, nada era necesario comprarlo en el extranjero. Desde el calzado, hecho de cueros curtidos en e país de las pieles de nuestros ganados y demás animales del monte, estaquillados con espigas de madera, sacada de nuestros manglares hasta los sombreros y tapados de hombres y mujeres, ora de palma, ora de junco, todo procedía de la industria nacional. Es cierto que las damas encopetadas usaban mantones de Manila y sayas de seda y que os gamonales lucían en las grandes festividades, calzones y capa de ñaño de San Fernando, prendas estas que servían a varias generaciones; pero tales lujos eran excepcionales. Se comía, se bebía, y se vestía lo del país, se viajaba sobre las extremidades inferiores, o sobre caballos, asnos y mulos del país, de esta guisa, la moneda que el hondureño echaba a rodar, recogíala otro hondureño, y la riqueza nacional iba siempre en aumento, los ganados se reproducían que era una bendición; la tierra pagaba pródiga el escaso cultivo que daba todo hijo de vecino, varón o hembra, aplicaba sus facultades a un oficio, una labor, algo útil, y las únicas distracciones (rezar, pelear gallos, jugar con baraja o con taba, sacar imágenes en procesión y otras). Si ocasionaban algún gasto, dejaban siempre el dinero en casa.
Hogaño las cosas han cambiado hemos sufrido la cosquilla económica del extranjero, gustamos de alimentos y bebidas exóticas; de la cabeza a los pies, llevamos prendas de Allende los mares; en nuestra costa norte se importan las legumbres y los granos; los hombres dejaron el arado por el fusil o se dedicaron a holgazanear, las mujeres maldijeron la rueca del telar, y las labores caseras para escoger en e comercio, telas con que vestir a la última moda de París, mejunjes con que teñirse el pelo o embadurnarse la cara y barajitas brillantes para orejas, manos y pecho, lo hemos importado todo, hasta la desvergüenza, comemos mal, para vestir bien, ir al cine y tener radio, dejamos nuestra paciente mula que muchas veces se alimenta por su propia cuenta para viajar en aeroplano y más de una muchacha finaliza don Manuel, ha dado el tesoro de su virginidad atrueque de un paseíto de automóvil.
Al concluir nuestro trabajo investigativo reflexionamos, las antiguallas pasaron a mejor vida, vivimos en otros tiempos donde se han expandido las vías de comunicación y se facilitan los medios de locomoción, los empresarios han acrecentado sus capitales y sus centros de producción, manteniendo en bonanza esas fuentes de riqueza, que son los precursores de la prosperidad y grandeza de nuestra querida Honduras.
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