29 Junio 2014
DARÍO GONZÁLEZ C.
Conscientes de nuestro laudable empeño de continuar compilando la historia patria, con el firme propósito de descubrir en forma objetiva los valores morales y espirituales de nuestro entorno social; en donde se perfila sus hechos más relevantes y revestidos de esa curiosidad propia del investigador histórico, nos dimos a la tarea de visualizar el lejano escenario de aquella época que desaparece el General Presidente José Santos Guardiola, víctima del primer magnicidio que ocurre en nuestro país. Se vuelve perentorio fijar la lectura del libro “1862” escrito por el connotado historiador Ramón Oquelí, publicado por la editorial universitaria en primera reimpresión en agosto de 1990.
De Francisco Montes Fonseca afirma que había asumido el mando supremo de la nación un sábado 11 de enero de 1862, el mismo día del asesinato de Guardiola, en su condición de senador más inmediato, ya que residía en Comayagua, la capital, de conformidad al artículo 40 de la Constitución de 1848, y en ausencia del vicepresidente Castellanos, quien por motivos de salud se había trasladado a la población salvadoreña de Suchitoto. En su mensaje inaugural manifestó: “Un acontecimiento que la historia se encargará de dilucidar ha tenido lugar hoy.
Por lo consiguiente habiendo dejado de existir el señor Presidente Capitán General don Santos Guardiola, el voto de este pueblo presidido por su Municipalidad y de acuerdo con la guarnición de esta plaza me ha obligado provisoriamente dirigir el difícil encargo de gobernar el Estado, entre tanto viene a ocupar el lugar que le corresponde, el señor vicepresidente don Victoriano Castellanos, llamado por la ley en este caso. Este voto público ha sido sancionado por el tribunal de justicia de esta sección y por el consejo de Estado. A pesar mío y de mi carácter propenso a vivir concentrado en las delicias de la vida privada, lo supremo de la situación me ha alentado al extremo de admitir el desempeño de este espinoso deber, confiado en la garantía del sentido de los hondureños todos y a su innata tendencia por el orden y la paz, así como la certeza de que el señor vicepresidente no trepidará un momento en venir a ocupar el lugar que le corresponde, con cuyo objeto se le ha llamado hoy.
Dentro y fuera del país, se estimó que esta proclama había sido limitada bajo el temor que inspiraba los autores del magnicidio, ya que no se condenaba dicha acción ni se mostraba decisión en castigar a los culpables. Se supone que en la misma situación se encontraba el General de Brigada Vicente Vaquero, comandante de armas de Comayagua. En Tegucigalpa se organizó un contingente de 300 hombres que al mando del coronel Antonio Escobar alias el Zarco, se dirigió hacia la capital mal armada por no encontrar rifles en el cuartel, según Vallejo el primer encuentro tuvo lugar en la villa de San Antonio el martes 14, combate que según Guardiola Cubas no existió en la realidad, sino que se limitó a la planificación por arte de Agurcia de una emboscada y de situar aguardiente para embriagar a la tropa contraria. Es preciso recordar que este mandato provisional duró hasta el 5 de febrero de 1862 en que entregó al senador José María Medina, posteriormente fue entregado el mando al vicepresidente designado don Victoriano Castellanos.
El 4 de diciembre el senador Montes volvió a hacerse cargo del ejecutivo en vista de la grave enfermedad de Castellanos, quien en forma solemne depositó en aquel el mando supremo, a las diez y media de la mañana, del jueves 11 de diciembre el cañón anunció en Comayagua el fallecimiento del ex Presidente Castellanos y según “La Gaceta” el pueblo entero de Comayagua asistió a su funeral que fue sepultado en un nicho de calicanto en la capilla del Sagrario de la catedral de Comayagua, anunciando una salva de 15 cañonazos, el descenso del féretro a la madre tierra envuelto en la bandera nacional, agrega la escritora Alexis Argentina González de Oliva en su libro “Gobernantes Hondureños siglo XIX y XX” que después de infructuosa existencia el gobierno que presidió don Francisco Montes fue al fin derrocado teniendo que dejar el poder el 21de junio del mismo año de 1863, Montes emigró a la república de El Salvador, pero pronto regresó a Honduras, avenido con el nuevo gobierno ya que era un ciudadano desapasionado, honrado y pacífico, en nuestro libro inédito “Relatos Jocoserios de la Comarca Danlideña” (2010) escribimos una faceta del gobernante hondureño Francisco Montes Fonseca y que a renglón seguido expresa lo siguiente: Hace tantos años que procedente de su pueblo natal, apareció en esta ciudad de las colinas un personaje pintoresco llamado Carlos Barrientos en el ambiente pueblerino, se le conocía más con su sobrenombre de Bachán, era un hábil platero, relojero, forjador de metales y muy entendido en achaques jurídicos, en la administración municipal, que rectoraba el abogado Bruno Arriaga en 1874, se desempeñó con gran acierto como regidor tercero, llegó a gozar de la simpatía de los danlideños por su espíritu jovial, siempre se le catalogó como un consagrado humorista, que no desperdiciaba ocasión para hacer reír a sus amigos, cuando alguien necesitaba su opinión como consejero matrimonial.
En la edición del semanario “El Piloto” del 15 de abril de 1899 su corredactor Manuel de Adalid y Gamero narraba lo siguiente: Allá por el año de 1863, era yo Regidor segundo en mi pueblo y trataba la Municipalidad de hacer al Presidente una solicitud a propósito que no recuerdo bien que cosa, es el hecho que nos reunimos en el cabildo y llamamos al consejo, el Alcalde hizo presente la dificultad en que estábamos y aguardó el parecer de los señores consejeros, don Gumersindo Canales opinó que los santos evangelios, encerraban toda la sabiduría de este mundo y que en ellos de seguro encontraríamos una forma adecuada para comenzar nuestra petición, el secretario municipal fue a buscar el libro y empezó a leer, Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judas y sus hermanos, Judas engendró… ah pues no, exclamó impaciente, deje a esos señores que se engrendren y busquemos en otra parte, yo creo que en alguna sección de la novena, susurró don Pío Medina, tal vez en las que yo tengo está lo que necesitamos, diciendo y haciendo fue a su casa y al cuarto de hora estaba de vuelta, con una carga de novenas, muchas de las cuales habían sido mordisqueadas por los ratones y cucarachas, pasamos a la vista, la novena de Santa Rita de Casia vencedora de imposibles, la de Santa Eduviges, la de nuestra señora de los desamparados, la del Corazón de Jesús, etc., etc., y ya íbamos desmayando en la tarea, cuando un regidor agitó por encima de su cabeza, aquellos cuadernos sucios y con aire de triunfo gritó ¡aquí está! ¡Eureka! Hubiera dicho Arquímedes, yo tomé el cuadernito para dárselo al Alcalde y de paso examiné la carátula en que se leía Novena de las Benditas Ánimas del Purgatorio ¡sí señor! en el acto de contrición del día primero de la predicha novena estaba como hecho de encargo según dijo don Pío, el encabezamiento de la nota que debíamos enviar al Presidente.
Acordamos por unanimidad aceptar la novena de las ánimas y todos nos fuimos a nuestras casas muy satisfechos, al año siguiente vine a establecerme a Danlí, aquí me dediqué con éxito a la platería, a la relojería y a la magia; pero muchas veces he pensado después de aquel incidente en la cara que pondría el señor Francisco Montes, presidente de Honduras en aquella época cuando al abrir la nota de la municipalidad leyó: Eterno Dios creador de todas las cosas, universal padre, consuelo de afligidos y atribulados, nosotros ovejas vuestras que, descarriadas de vuestro rebaño, hemos muchas veces elegido los pastos venenosos de este engañoso mundo, dejando lo saludable de vuestra doctrina, os suplicamos… (aquí venía la petición).
El maestro Bachán prosiguió su trabajo, interrumpido al compás de una canción picaresca y reflexioné acota don Manuel de Adalid sobre la conveniencia que las municipalidades deben de tener en sus archivos, una colección completa de novenas, con la seguridad que allí podrán encontrar modelos adecuados para todos los casos, y cosas que ofrecerles puedan.
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