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Antonio R. Vallejo y la historiografía fundante en Honduras

30 Marzo 2014

 

Comprender el presente de la sociedad hondureña parece ser el desafío que se impone a inicios de este siglo XXI. El presente no puede confundirse con la actualidad, que puede ser lo contingente: el presente es el resultado de una elaboración, en la que además, de los anhelos y expectativas, ocupan un lugar primordial, tanto la herencia objetivamente recibida como el tratamiento al que la sometamos.

Es así que el objeto de conferencia es el de analizar el pasado hondureño desde la historiografía fundante del primer historiador hondureño de la segunda mitad del siglo XIX en Honduras. El por qué analizar la obra de este personaje, va más allá, que hoy día se esté conmemorando una fecha más de su natalicio, sino por su profundidad hermenéutica para la comprensión de la sociedad hondureña, como de las y los hondureños. Antonio Vallejo, según el historiador guatemalteco Ernesto Chinchilla: “Desde su juventud se puso en contacto con la tragedia política que afligía a Centroamérica y se le vio dedicarse a asuntos de gran interés nacional que le convertirían en uno de los intelectuales más destacados de su patria” (Chinchilla, E. “Dos historiadores hondureños”, 

(RABN).En esta línea de reflexión, al concluir la primera década del siglo XXI en Honduras, el presente parece recobrar la herencia de un pasado de inestabilidad, conflictos internos y de muerte, por lo que parece necesario revisar el pasado, con sus herencias, pero especialmente las formas de tratarlas. Una de las formas de tratar este pasado es la de realizar estudios para conocer la historia republicana, es centrarse en las miradas y registros de aquellos, que de alguna forma, intentaron abstraerse de la vorágine hondureña para meditar y analizar en profundidad alternativas frente a tal situación. Eso es lo que se encuentra en la obra historiográfica del padre de los estudios históricos en Honduras, como es Antonio Ramón Vallejo.

Antonio R. Vallejo, nació en Tegucigalpa el 17 de marzo de 1844 y falleció en esta misma ciudad el 28 de enero de 1914. Desde joven siguió los estudios clericales. Su madre era hermana del capitán general Santos Guardiola. En 1860 se le extendió el título de Bachiller en Filosofía, lo cual le abrió las puertas a la enseñanza superior. Estudió en el seminario Tridentino de Comayagua y el 8 de septiembre de 1868 fue ordenado sacerdote por el obispo Fray Juan de Jesús Zepeda y Zepeda. Fue cura párroco de varias parroquias del país. después de veinte años de ejercicio abandonó el sacerdocio, pero entre tanto, en 1871 decidió continuar los estudios de Derecho en Tegucigalpa y en 1874, presentó ante la Corte Suprema de Justicia la solicitud para obtener el título de abogado de los Tribunales, como ha expresado Oquelí, Vallejo, “… que escogió la vida sacerdotal, seguramente sin excesiva vocación y más bien por ser la única que permitía a los jóvenes pobres, la oportunidad de instruirse, colgó los hábitos y se permitió vivir en intermitente polémica con los obispos y sacerdotes que querían hacerlo volver al redil. Colaboró con el astuto José María Medina, y con el último sucesor de este, Marco Aurelio Soto. No perdió la confianza de Bográn ni de Vásquez, pero tuvo que abandonar el país a la llegada de las tropas de Policarpo Bonilla, a quienes previamente había calificado de “anarquistas” (Oquelí, R. Gente y situaciones, Tomo II, Editorial Universitaria, 1995, p. 23).

Fue un hombre con una sólida formación: “Admirador de Adolfo Quetételet, realizó múltiples tareas en los campos de la historia, la estadística y del periodismo” (Oquelí, R, 1986). Tenía especial afición por los clásicos españoles y grecolatinos, y leyó con seguridad a Tácitos, a Plinio y a Plutarco, cuyas sentencias impresionaron profundamente su espíritu. No creo que sus lecturas de autores europeos estuviesen al día pero, conoció, en cambio, casi todas las ideas en que estaba saturado el liberalismo político, y deben agregarse como factor importante de su formación las lecturas determinadas por su ministerio religioso.

Considerado por José Reina Valenzuela como, “el primer hondureño que se adentró en los estudios históricos”, fue un maestro, un filólogo, historiador “guía de almas, defensor de pobres e infatigable luchador por los derechos inalienables de la nación sobre el territorio con que vio la vida independiente…” (Reina Valenzuela), José. Biografía de Antonio R. Valel, o, 1965).

Cuando ejerció la profesión de abogado en Guatemala tuvo la oportunidad de realizar algunos proyectos de investigación histórica al servicio de la soberanía de Honduras. También investigó el Archivo Nacional de El Salvador, poco antes que esta institución desapareciera por la acción de un misterioso y voraz incendio (Martínez, José Francisco. Literatura generacional en Honduras, 1987: 122).

Para Vallejo el estudio de la historia tiene como fin construir un discurso favorable para la integración del pueblo y la creación de condiciones para formar en Honduras un estado nacional en Honduras, siendo uno de los elementos del Estado Nacional, la existencia de un discurso e identidad histórica común.

Hasta 1882 en Honduras se carecía de una tradición historiográfica. El estudio de la historia era prácticamente inexistente y no había un libro alguno escrito por hondureño sobre la historia nacional. Prácticamente el único libro conocido sobre el país era el de E. G. Squier. Apuntamientos sobre Centroamérica, publicado en inglés y traducido por un hondureño en 1856, impreso en París; luego estaba la obra de William y Wells. Explorations and Adventures in Honduras, publicado en 1857 por Harpers y Brothers de Nueva York. Estos libros en Honduras eran prácticamente desconocidos, como desconocido era también la primera descripción histórica-geográfica de la Provincia de Honduras, del obispo D. Cristóbal de Pedraza, que data de 1544.

Según José Reina Valenzuela, hasta esta fecha la enseñanza de la historia se impartía en forma anecdótica o usando los textos de historia de Centroamérica, que contenían muchos errores con perspectivas maniqueas y que muy poco decían sobre Honduras (Reina, J. 197.101).

Es en este contexto que Vallejo emerge como el historiador fundante cuando publica su libro: Compendio de la historia social y política de Honduras, Tegucigalpa, 1882, que es la primera historia de Honduras escrita por un hondureño y a iniciativa del Estado de Honduras. Bajo el mandato de Soto y Rosa se da a la tarea de escribir una historia de Honduras. Para ello el Ejecutivo emitió el siguiente Acuerdo del 15 de septiembre de 1878:

“1° Comisionar al presbítero licenciado don Antonio R. Vallejo para que redacte un compendio de historia social y política de Honduras, comprensivo de los hechos ocurridos desde 1821 hasta el año de 1878, con el objeto de que su obra sirva de texto en todas las escuelas de primera enseñanza y,
2° Autorizar al secretario general de los Despachos de Gobierno para que proporcione al señor Vallejo todos los medios que faciliten el cumplimiento de la importante comisión que se le encarga y regístrese” (citado por Reina Valenzuela, obra citada: 102).

El libro de historia de Honduras de Antonio R. Vallejo se trata de una historia oficial en el sentido de que responde a una perspectiva gubernamental y además a una perspectiva pedagógica. Es un texto educativo sencillo, siguiendo el método de preguntas y respuestas; sin embargo, registra interesantes datos políticos, sociales, religiosos, culturales y económicos de la historia de Honduras. Pero lo propio de este libro es el intento de Vallejo de superar las leyendas y las creencias de la historia nacional, y, aún cuando es una historia por encargo gubernamental, busca superar los parcialismos políticos e ideológicos. Durante mucho tiempo este libro será el texto de enseñanza de la historia nacional.

Por otra parte, este libro, si bien no tiene el carácter de historia general, ya que su período de estudio se ubica entre 1821 hasta 1878, es decir la fase republicana, coincidiendo con esa visión positivista de interpretar la colonia como un período de oscurantismo y de un pasado que había que superar, es el primer discurso histórico como tal construido sobre Honduras.

Desde la perspectiva de la teoría y metodología de la historia Vallejo se inscribe en una línea positivista, en auge en la Centroamérica del momento, por ello Vallejo plantea lo siguiente: “Me impuse por ley no decir nada falso, ni omitir nada verdadero; asumiendo la responsabilidad y las amarguras que este propósito pueda traerme en cualquier forma del odio o la calumnia”, y puede decirse que no se apartó del programa de rectitud que se había impuesto. Su censura de las obras históricas parciales tiene validez genérica aún en la actualidad, siendo interesante consignar que escoge con gran justeza las palabras con que expresa sus ideas al respecto: “Historiadores que solo han publicado documentos que pertenecen a su devoción”. Vallejo, tiene una limitada confianza en el conocimiento histórico que es, según él, “la única luz capaz de guiar a la humanidad en su larga peregrinación sobre la faz de la tierra”, pensamiento que resulta doblemente sugestivo en un eclesiástico: “Por eso se verán en este ensayo citados todos los escritos de todos los partidos que han estado en el poder en contraposición de ciertos HISTORIALES, que solo han publicado documentos que pertenecen a su devoción o que honorifican al partido en que están afiliados” (Vallejo, A., 1882). Así mismo intenta superar la visión ideológica de la historia, cuando expresa: “Esta, además de ser una insigne muchachada o niñería, en la que a sabiendas no incurrirá nunca, ni por pasión de bandera ni por odios personales, ni por miedo, tanto por negligencia, menos por debilidad, es faltar a la misión imparcial de la historia y mentir, sin razón ninguna y respeto alguno, al siglo presente y a los futuros siglos” (Vallejo, A., 1882).

La mayor parte de estas ideas eran aceptadas generalmente por casi todos sus contemporáneos, y algunas veces repite conceptos tradicionales acerca de la manera y el sentido del conocimiento histórico, pero hay un momento en que su espíritu crítico se pone de manifiesto, no solo porque le da más crédito a las fuentes directas, sino porque confía en que su biografiador puede interpretar la verdad emanada de ellas: “Me he apartado –dice- de los inexactos y apasionados juicios de los escritores que se han ocupado de reseñar las contiendas de Centroamérica, y he seguido sin recelo “las revelaciones de los documentos” que he tenido a la vista, sobre todo, cuando estos han estado de conformidad con las narraciones de personas contemporáneas”.

De este modo, Vallejo presenta la clave de su método de investigación, pues pretende hacer un estudio objetivo de los acontecimientos, haciendo censura de quienes los juzgan de acuerdo con una valoración distinta a aquella en que tuvieron lugar: “Una historia que no estudia –dice-, que no ha querido estudiar los acontecimientos en su verdadero punto de vista, que los altera, que los desfigura, que los omite, o que cita únicamente los que convienen y como convienen, apenas creo que pueda llevar el nombre de tal…”. Sin duda, es una lástima que Vallejo no pudiera desarrollar más esa idea de estudiar los conocimientos en su verdadero punto de vista, es decir, procurando interpretarlos conforme a las circunstancias en que tuvieron lugar, según en la actualidad se aspira a conformar el conocimiento histórico.

El sujeto de la historia en esta obra de Vallejo se centra principalmente en las figuras y los hechos políticos de la República de Honduras. Durante la época colonial, pone de relieve la importancia indiscutible de Comayagua y el tardío surgimiento de Tegucigalpa; en el período de la independencia, expone con mucha claridad la especial ideología de aquella provincia, que fue marcadamente partidaria de la anexión a México; y desde entonces, hasta las revoluciones de Centroamérica, estudia el carácter y los ideales de los hondureños ilustres como Valle y Morazán, para no citar sino a los más conocidos fuera de las fronteras del istmo centroamericano (Chinchilla, Ernesto. Obra citada).

Así, lo propio de esta obra es que supera el relato común para construir un discurso histórico sobre Honduras y lo estructura sobre una base documental y crítica historiográfica. A la publicación de este libro le siguió, la edición de 1883 del texto: Apéndice. Documentos justificativos del tomo primero de la historia social y política de Honduras, que contiene 61 documentos que respaldan y complementan el texto de la obra publicada el 27 de agosto de 1882.

Por todas estas razones, la labor histórica de Vallejo es fruto de su patriotismo, pues ese ha sido el requerimiento que lo ha llevado a sus investigaciones del pretérito; pero a veces se desborda en franca doctrina centroamericanista, y aún continental, y de esa manera logra una superación de bienes que resultan del patriotismo sobre los males que puede acarrear las exacerbaciones nacionalistas.

En otra perspectiva, Antonio R. Vallejo publicó Necrología del Presbítero Miguel Ángel Bustillo, Tipografía Nacional, 1892, siendo este, quizá, su mejor trabajo escrito y de suma importancia para conocer la vida de una de las figuras más activas del clero hondureño en el campo  político de la segunda mitad del siglo XIX. Esta “Necrología” es necesaria para entender el conflicto conocido como la “guerra de los padres” entre el Vicario Miguel Del Cid y el presidente Santos Guardiola en 1861. En este texto Vallejo resaltó el carácter contradictorio de la historia hondureña, al expresar que Honduras es “el país de los contrasentidos” aludiendo con esto a que una de las tendencias de la larga duración de la historia de Honduras es la inestabilidad.

Uno de los trabajos por el cual Vallejo ha tenido un reconocimiento académico imperecedero es: Primer anuario estadístico de Honduras, Tegucigalpa, 1892, que si bien es un texto de estadística sobre el país tiene una perspectiva histórica y documental, ya que contiene el primer censo levantado para el cobro de las Penas de Cámara en el año de 1864; el censo que elaboró el obispo Fray Fernando de Cadiñanos en 1798; el de Ramón de Anguiano, gobernador intendente de la provincia de Honduras en 1801 y el primer censo realizado en la vida independiente elaborado por el director general de estadística Francisco Cruz el año de 1881.

Como historiador fundante Vallejo también se hizo cargo de unos de los temas propios de la historiografía centroamericana de finales del siglo XIX como fue el de los problemas limítrofes. En esta línea escribió por encargo del jefe de Estado general Domingo Vásquez. Historia documentada de los límites del Estado de Honduras con Nicaragua (1893); también publicó. Asunto limítrofe con Guatemala (1894) y que fue complementada con la historia documentada de los límites entre Honduras y El Salvador (1926), siendo su editor el profesor Gustavo Castañeda. En este libro se incluye otro de los textos importantes de Vallejo: replica al doctor Santiago I. Barbarena, en el que debate con el salvadoreño sobre las pruebas en torno a que el archipiélago de la Bahía de Fonseca pertenezca a El Salvador.

Vallejo, también, junto a Ramón Rosa formaron una generación de historiadores en línea positiva, que realizaron un gran acopio de datos documentales para dar al pasado hondureño una visión fundamentalmente política (Yankeñevich, Pablo. Honduras, 1988:168), tal como se puede constatar en la obra de quienes le sucedieron: Rómulo E. Durón, Esteban Guardiola, entre otros.

No cabe duda que Vallejo, como ha dicho José Francisco Martínez, “funda nuestra conciencia histórica y reconstituye el hábeas fundamental de nuestra historia, en su interpretación geográfica, social y política, a partir de una documentación tramada en vivo y reconstituida a partir casi del hecho histórico. Es vital, por ejemplo, su aporte documental a la historia geográfica de Honduras. Sus estudios jurídicos constituyen la columna vertebral de la soberanía de Honduras. Sus estudios jurídicos constituyen la columna vertebral de la soberanía de Honduras, en su exposición documental sobre la territorialidad, límites y sustentación legal de la misma (Martínez, J. F., obra citada: 120-121).

Sin duda, hoy día que se ha decretado el Día del Historiador Hondureño en la fecha del nacimiento de Antonio R. Vallejo es oportuno recordar lo que el gran Rafael Heliodoro Valle escribió a la muerte de Valle en 1914, en el periódico Nuevo Tiempo dirigido por Froylán Turcios: “Estaba seguro de la posteridad; y la tendrá mientras la polilla respete los tomos que dejó en el anaquel doméstico; mientras haya gloria local y el sol cabrillee sobre la bandera azul y blanco; haya casitas como en la que él murió, naranjas asoleándose en las ventanas antiguas, y en la iglesia de San Francisco la tribuna eclesiástica se acuerde de aquel padre Antonio, que en las tardes de mayo, frente a los devotos auditorios, que ponía a rezar plegarias de dulzura argentina”.