09 Marzo 2014
Aro Sanso
Hacia mediados de abril creyó tenerlo todo listo para abandonar El Salvador, y el 20 se dirigió a Sonsonate para embarcarse en Acajutla, haciendo recuerdos de lo que le había sucedido en ese mismo lugar en 1907. Pero el vapor que debía zampar de Acajutla el 21, regresó de La Unión a Corinto, y ese día se encontraba en La Libertad, de donde saldría el 24 en la noche para aquel puerto. Fue a Acajutla, para saber si tropezaría con dificultades para su embarque. El comandante del puerto estaba en la estación y como supo que iba en el tren, lo aguardó para subir al vagón y acompañarlo. Resultó ser el coronel Gerardo Barrios Quezada, quien estuvo de alta en Olancho cuando el doctor Bonilla fue presidente, y se mostró muy agradecido. El doctor Bonilla exhibió el pase firmado por el director de policía y visado por el cónsul de Guatemala (a donde pensaba dirigirse por entonces), explicándole que no llevaba pasaporte porque se negó a darlo el ministro de Honduras y el comandante manifestó que los documentos que llevaba eran suficientes para él.
Llegó el vapor “San Juan”, pero el doctor Bonilla desistió al fin de embarcarse para Guatemala, porque allá tropezaría con iguales dificultades que en El Salvador para salir, y regresó a la capital. Aquí el ministro de Relaciones le ofreció un pasaporte para que pudiera dirigirse a los Estados Unidos, y necesitando ser visado por el ministro americano, según condición establecida para poder entrar a aquel país, este ofreció pedir instrucciones a Washington en tal sentido, las cuales le fueron dadas satisfactorias, aunque al llegar estas ya no hubo necesidad de que el ministro de Relaciones le extendiera pasaporte, porque había encontrado el diplomático que le había sido extendido aquí al salir en mayo de 1924.
Por ese tiempo llegó a sus manos un número de la revista “Lux”, editada en Tegucigalpa, cuyo editorial se refería a él, conteniendo una caricatura en que lo presentan como la encarnación del bandolerismo muerto por la opinión pública y los pactos de Washington. Como entonces había aquí estado de sitio y solo se publicaba lo que el gobierno quería, este respondía por el insulto, que chocaba contra la conciencia pública, no solo de Honduras, sino en Centroamérica y el exterior, donde la reputación del doctor Bonilla se hallaba fuera del alcance de la calumnia. Lo curioso es que entonces se rendía adoración, con bajo servilismo a los pactos de Washington, por los mismos que les habían hecho la oposición en el Congreso en 1923, frustrando su aprobación y solo fueron defendidos por los diputados bonillistas, cuyo partido quería la paz de verdad, mientras el cariismo preparaba la revolución armada.
El doctor Bonilla dejó el hotel “España” en San Salvador, a las siete y cuarto de la mañana del 1º de junio de 1925, para embarcarse en Acajutla a bordo del vapor “Corinto”, rumbo al norte, el cual zarpó en dicho puerto en la noche del 2. El viaje fue demorado. Desembarcó en Salina Cruz el 12 y el 13 a las cinco de la mañana, tomó el tren para Veracruz, donde se reembarcó en el vapor Sinaloa, con rumbo a New Orleans.
Con minuciosidad suma consignó el doctor Bonilla todas las circunstancias de su viaje de San Salvador a New Orleans, atravesando el Istmo de Tehuantepec; pero semeja su diario la libreta de apuntes de un ingeniero que atraviesa un campo, tomando medidas. No hay colorido. Solo hay datos. No se ve el cielo, y el mar solo cuando está agitado, pero no se oye. No se oye el rumor de la onda, no se ven los variados tintes de una puesta de sol. Solo una vez mira una acacia en flor en el zócalo de uno de los hoteles del puerto de Veracruz; pero se comprende: la rica coloración de las acacias del parque de la Merced en frente de la casa de su madre, lo había sorprendido desde niño y la impresión era antigua. Entonces resucitaba, haciéndolo rememorar los frescos años de la vida de escolar y de universitario. Había toda una agitada vida de por medio.
El día de su llegada a New Orleans, al amanecer, el doctor Bertrand tuvo que madrugar para irlo a recibir al muelle. Se inició, desde luego, la plática de la tierra y de sus hombres, camino de la posada, sintiendo aún en la cara el particular escozor de las picadas de los mosquitos que durante la noche, a pesar de las, puertas herméticas, se colaron al camarote. Sucedía esto el 23 de junio en la mañana.
Poco tiempo después llegó su familia a New Orleans y el doctor se sintió feliz entonces. Recobró la salud que había perdido en El Salvador, paseaba, charlaba con los innumerables hondureños y nicaragüenses que pululaban por New Orleans, de quienes se convirtió pronto en el centro de conversación. Naturalmente, pensó en trabajar, abriendo su bufete de abogado consultor, en cuyo carácter tuvo a su cargo dos o tres importantes asuntos de hombres de negocios relacionados con países de la América Española. La oficina se abría a las nueve de la mañana, teniendo como secretaria a su hija menor. Ambos pensaron utilizar las horas perdidas escribiendo las memorias políticas, que empezó relatando sus relaciones con el general Bográn; pero que no pudo concluir. Solo redactó once páginas, aunque nutridas de hechos de suma importancia para una historia de Centroamérica. Tienen el mérito de la sinceridad. Las visitas empezaban a llegar a las diez de la mañana. Se iban al cerrarse la oficina. No fue posible escribir mucho y la historia tendrá que lamentarlo.
La inapreciable salud que tanto lo había favorecido durante los primeros meses de su permanencia en New Orleans todo los del resto del año de 1925 y los primeros del siguiente, empezó a alterársele en 1926. Vinieron las inquietudes, las desesperanzas, los temores. Empezaron desde entonces los tanteos para consultar especialista en medicina y cirugía, se hicieron cálculos, proyectos y se tomaron determinaciones. La riente felicidad que sonrió unos meses, huyó, llevándose sus alegrías, sus esperanzas, como huye o se apaga un rayo de sol que dora los campos, un momento no más.
En el hospital Hotel Dieu se le hizo un examen general y se aconsejó una operación previa, que se practicó en el mes de junio –un año después de su llegada- en el mismo hospital. Esa operación no mejoró la situación de su salud. Empezó a debilitarse. A los quince días de esa primera operación debía practicársele una segunda, la principal de las dos, que sería definitiva, pero esta no se pudo practicar a causa de la debilidad del corazón. Se le prescribió entonces un tratamiento a base de medicamento para fortalecerlo y se le aconsejó una temporada en el campo. Se fue a un pueblecillo a orillas del lago Pont Chartrain, de clima delicioso, de aspecto bellísimo, que recordaba a Honduras por sus pinares, aunque les faltaba el olor de los de aquí, como él decía. A la sombra de los pinos pasó muchas horas. El cordaje múltiple enviaba a los vientos el rumor de aguas que se agitan en la lejanía, a veces muy suave, a veces sonorosa. Esos rumores le recordaron los pinares hondureños, enhiestos en la sierra en que tantas veces ha sonado la boca mortífera de los cañones. Su esposa y su hija lo atendían solícitamente; pero a veces esta última recobraba la libertad e iba a sumergirse en las linfas rumorosas del lago, siempre jóvenes y traviesas y alguna vez traidora. Acariciada por la frescura de las linfas, la secretaria prolongó en una ocasión el tiempo del baño, y el enfermo, a la sombra de los pinos, recostado en una chaise-lingue, alargaba su diálogo con la Ker fatal que lo rondaba ya. El enfermo no hizo un reproche por aquel abandonado de unas horas, ni siquiera un rictus de disgusto o de enfado en su rostro alteró su habitual serenidad, a pesar del perenne dolor.
Una vez, solo una, se le agrió el carácter: era la obra de los años y de la enfermedad, y, entonces, regañó a su secretaria con dureza. Esta le hizo ver que la reprendía injustamente, y de repente en él asomó el arrepentimiento y el propósito de enmienda: “Son los años y la enfermedad, hija mía –contestó-; perdóname: haré lo posible por dominarme de hoy en adelante”. Así lo hizo lo que es difícil en casi todos; pero el doctor Bonilla se había guiado durante toda su vida por este principio: “Hacer lo que otros no habían logrado o superarlos”. Se le ve a los diez y siete años nadando en las aguas del Río Grande que bordea su ciudad natal, durante una hora; siendo presidente, entregando el poder en paz, a pesar de todo cuanto hicieron los que lo rodeaban para que se quedara con él, favorecido por circunstancias tentadoras; en Versalles, oponiéndose a la tendencia de extradición del ex Kaiser, y, en los días postreros, manteniendo la habitual serenidad de alma que hubiese naufragado en cualquiera otro de carácter menos acerado que el suyo, y sosteniendo las naturales facultades de su espíritu, más grande que el odio y superior a los estragos de la dolencia que rasgaba su entraña. Los años, que eran 68, no se los ocasionaron tan sensible: su retentiva no decayó casi; siempre la tuvo buena, si bien olvidó algún nombre, o una fecha, pero aún así nunca fue peor que la de muchos que se envanecen de tenerla excelente. Uno de los orgullos del doctor Bonilla fue su memoria; otro de sus orgullos fue la visita: nunca usó gafas; pero cuando estuvo en New Orleans esta última vez, la sentía cansada y turbia. Lo mismo ocurría con el oído, aunque en grado poco sensible.
La permanencia a orillas del lago Pont Chartrain fue deliciosa para su secretaria Emmita. Esta estrenaba un Ford nuevo y las carreteras invitaban a echarse a rodar, de tan suaves y tan limpias como cintas de seda tendidas al través de los pinares. Su padre la había excitado para que comprara un nuevo carro y lo había hecho, a pesar de que tenía uno en buen estado de servicio, a pesar también de que su situación económica no era desahogada. Más bien era difícil y ya no había esperanza: una a una, del árbol de la vida, habían ido marchitándose las hojas, otrora tan llenas de savia jocunda. Ya no había por qué luchar. El sol iba a ocultarse y pronto sería de noche. La fosca sombra iba a invadir todo el horizonte. Lo sabía, y, sin embargo, sonreía siempre. “Le extrañará a Emmita –había dicho al doctor Alduvín- que yo insista tanto en que comprara un carro nuevo, estando bueno todavía el otro; pero es que yo ya me voy a morir y cuando esto suceda, no podrá comprarlo y regresará a Tegucigalpa sin Él”.


